| Líderes y seguidores Pensaba el otro día en lo difícil que es
lograr una forma de gobierno satisfactoria para todos y lo imposible que resulta en el
mundo real. Pienso que la democracia es el mejor sistema político inventado por el ser
humano, en la medida en que puede garantizar cierto equilibrio entre el bienestar público
y las libertades individuales, lo que puede lograr a la larga una población feliz.
Sin embargo, en teoría es maravilloso y perfecto, pero en la práctica suele encontrar
muchos obstáculos psicológicos para lograr su aceptación y adaptación plenas. Lo
digo, porque me parece que los seres humanos no tendemos a la democracia como forma de
gobierno natural.
Se sabe que en tiempos prehistóricos, nuestros ancestros se agrupaban en familias y
tribus. Cada tribu solía tener un líder o un grupo de líderes, que serían
aquellos que guiaban al resto en la difícil lucha por la supervivencia. La
cacería, la construcción de casas, la organización de defensa, incluso, los primeros
cultivos, requirieron de sistemas organizativos progresivamente más complejos, aún en
nuestras primitivas sociedades. Esta designación de un líder no corresponde
necesariamente con el poder de un pueblo (demos=pueblo, cratos=poder), sino que sería el
más viejo o el más fuerte o el que mejor hablara frente al público. Solían ser
líderes naturales, cuyo carisma y personalidad los hacía imponerse sobre los demás y
ganarse su respeto, su admiración y, lo que es más significativo, su obediencia.
No necesariamente eran hombres, aunque solían serlo, pues los hombres son de natural más
fuertes físicamente y no están atados a la maternidad, pero se sabe que hubo mujeres que
ocuparon altos cargos de admiración, respeto y obediencia. No sería de extrañar
que en sus personalidades privara una voluntad de hierro, un carisma natural y la
facilidad de comunicarse de manera eficaz con sus conterráneos.
Vistas así las cosas, lo que parece natural para el ser humano es una organización
más similar a la de los lobos, los chimpancés y los gorilas que a la filosófica fuerza
de un pueblo soberano. Es decir, necesitamos líderes y somos de natural una especie
compuesta de jefes y seguidores. En todos los órdenes, en todas las comunidades,
siempre podremos notar que alguien lleva la voz cantante y los otros lo siguen, sin que
muchas veces sepan explicarse cómo o por qué.
¿Qué ocurre en nuestras sociedades
modernas, tan complejas, tan abultadas? Las naciones europeas del oeste y países
como Estados Unidos o Canadá se precian de haber logrado democracias ágiles, funcionales
y prósperas. El "poder del pueblo" se siente en dichos países, o al
menos tal se pregona. ¿Desaparecieron los líderes naturales, entonces? Por
supuesto que no. Siguen allí, necesitados, amados, denostados, en
competencia. A diferencia de sociedades del pasado, ahora los designamos con
nuestros votos y no con nuestras armas, pero es la misma historia. Se imponen por su carisma, por su
facilidad de palabra, por su voluntad de hierro, por su protagonismo y su fuerza
personal. Atraen nuestra atención, la captan y nos convencen de que debemos confiar
en ellos, podemos admirarlos y esperar que sean sabios y sean justos y lleven a nuestros
países hacia la prosperidad y la riqueza. Es exactamente la misma cosa. No
son reyes armados, son políticos prominentes, pero nosotros -los seguidores- seguimos
buscando ese líder natural de nuestros tiempos tribales, alguien en quien confiar.
Por eso es tan difícil entender la democracia. No es incompatible con los
líderes, es simplemente compleja de montar y de adaptar. Basta con mirar lo
sucedido en
Irán y en Honduras, donde las democracias se tambalean y los líderes arrastran a sus
seguidores en un sentido o en el otro. ¡Qué difícil es entonces pensar en el
poder del pueblo cuando un sólo hombre mueve a la multitud! ¿Qué podemos desear
en estas circunstancias? Yo, al menos, no eliminaría los mecanismos de la
democracia, pero desearía que la gente recibiera una educación refinada, mediante la
cual sepan distinguir entre un líder negativo (que abundan) y uno positivo (que se
necesitan), pues nunca dejaremos de buscarlos.
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