Reavivando reflexiones.
Confieso que cuando era adolescente me encantaba
sintonizar X-Men en dibujos animados principalmente por el tema musical de la
serie. Con respecto a los personajes, les prestaba poca atención, aunque algunas de
sus aventuras resultaban muy interesantes, y tal vez, de vez en cuando, pensé que
Wolverine era muy agresio pero atractivo, Storm muy suave en realidad y no terminaba de
comprender la angustia de Rogue, tal vez porque no entendía cuál era su mutación.
Y esa fue mi experiencia con los dibujos animados del cómic de Marvel. Años
después, llegó al cine X-Men de la mano de Bryan Singer y no le di la menor
importancia. Otra película más sobre superhéroes de viejo cuño. Ya había visto
bastantes "Superman" y "Batman" como para que me emocionara la nueva
película sobre los mutantes. Y pasó. Luego llegó la segunda entrega, X-2,
con la diferencia de que en esta ocasión mi hijo quería verla y por tanto no pude evitar
asistir al cine a "soportarla". ¡Y vaya sorpresa me llevé!
Pocas películas de superhéroes y ciencia ficción resultaron ser tan reflexivas y
extrañamente profundas como X-2. Cada personaje, finamente trazado,
perfilaba conductas y reflexiones humanas, relacionadas con la tolerancia y el difícil
arte de aceptar las diferencias en sociedad, que siguen teniendo vigencia a pesar de
tantas luchas emprendidas y tantas declaraciones de derechos humanos formuladas. Me
vi de pronto enfrentada a considerar los argumentos de Magneto, de sus posiciones
críticas, llenas de verdad, y al mismo tiempo, en las reflexiones éticas del Profesor X,
cargadas también de razón, de prudencia y de conveniencia práctica. Y pensar
también en lo humanos que resultaban los padres que rechazaban a sus hijos porque eran
mutantes, en lo humano que era el hombre que destruía a su propia progenie porque temía
las consecuencias de poderes desatados y fuera de control. Y en lo injusto que suele
ser una decisión que afecta a culpables como inocentes.
Tan vívida experiencia reflexiva con X-2, me
hizo alquilar la primera entrega y luego comprarla, convencida de la solidez de la
historia, de sus reflexiones y de sus denuncias. Y de paso me enseñó a no juzgar
un filme por el simple hecho de extraer historias de los cómics, que
posiblemente tenían mucho de filosófico, más de lo que uno pudiera imaginar. O esperar.
¡Lo que me recordó que cualquiera puede dejarse llevar por un prejuicio! :(
En días pasados, asistí, como era de esperarse, a la nueva película de los X-Men,
que parece ser la última y que sella en brutales finales, el destino de muchos de sus
personajes. Si bien es cierto que no logra la excelencia de las dos primeras, pues
deja algunos personajes en el limbo y algunas historias en medio desarrollo, consigue
nuevamente llegar a las esencias del problema propuesto: ¿con qué derecho un grupo
humano se arroga la facultad de "curar" a otro grupo humano de lo que considera
a priori una "enfermedad"? ¿están los mutantes enfermos? ¿o sólo son seres
humanos diferentes por un simple rasgo de herencia genética? ¿está justificada la
violenta reacción de quienes son marginados y hasta "seleccionados" para una
cura? ¿es la causa de Magneto justa? ¿O simplemente brutal, aunque entendible? Preguntas
y preguntas que permean cada acción, cada palabra, cada movimiento de los personajes en
un escenario cada minuto más hostil y difícil.
Uno de los aspectos de estas reflexiones que más me
llamó la atención fue el énfasis que se puso en el error doble cometido por los
cabecillas de los grupos mutantes enfrentados. Tan equivocado estaba el Profesor X
como lo estuvo después Magneto en la manera de enfrentar un problema angustiante: el
poder inestable y descontrolado de Jean Grey. Y es que tanto el uno como el otro se
consideran a sí mismos adalides de la causa mutante. Ambos son mutantes de extenso poder,
ambos son viejos y experimentados y han visto y oído mucho. Y entonces, esa
experiencia y ese conocimiento se vuelven contra ellos y los hace caer en un pecado de
arrogancia: creen que sólo ellos tienen las respuestas y sólo ellos saben por donde transitar. Y entonces, ocurre el
desastre: Jean Grey se sale de sus cánones y se vuelve una amenaza no sólo para los
humanos comunes sino para los mutantes también, en todo orden y en todo sentido.
Después de todo, ¿tenía derecho el profesor X a intervenir su mente, manipular su
psique y confinarla a un estado de permanente prisión? ¿tenía derecho Magneto a liberar
el poder de una criatura que no se conocía a sí misma y a intentar manipular ese poder
para su propio beneficio, por muy entendibles que fueran sus argumentos?
Una reflexión me quedaba entonces después de pegar brincos y encogerme en el asiento,
temiendo por la vida y el destino de cada personaje y preguntándome cómo iban a salir
del atolladero: ¿cuándo nos hacemos lo suficientemente viejos y sabios
para predecir los acontecimientos y saber responder las inquietudes humanas?... claro que,
de inmediato, uno piensa desalentado que tal como le sucedió al Profesor X y a Magneto,
ese momento no llega nunca. Tan sólo podemos emprender nuestra vida armados de
nuestras convicciones y, ¿por qué no?, de lo que realmente se siente en el corazón...
como Wolverine. :)
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