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BITÁCORA
5 de julio de 2006

Un paseo al volcán

volcanirazu.jpg (5665 bytes)Qué extraño sentimiento es aquel que te produce un portento natural como es un volcán.  Por un lado, te amedentra.  Es un furioso titán de fuegos desatados si estalla en erupción.  Puede matarte con un aliento tan sólo, vaporizarte en un santiamén.  Puede remodelar todo su entorno en cuestión de minutos o unas pocas horas.  Y después de una erupción la región quedará irreconocible.  Su fuerza, su despliegue de energía, su intensidad desbordada es realmente impresionante.   Pero a la vez te atrae como un imán.  Y ahí estamos. Al borde del peligro, fascinados por aquella monstruosidad hermosa.

Hace un par de semanas recorrí de nuevo ese camino riesgoso.  En Costa Rica tenemos una gran cantidad de volcanes. Hay para escoger, pero de todos ellos muy pocos están activos.  En realidad, sólo uno nos da erupciones periódicas y aún así muchos turistas se le acercan peligrosamente.  Los otros están muertos o dormidos.   Los muertos no interesan a nadie, creo, pero los dormidos son tentadoramente hermosos.  Uno de los más famosos por estos lares es el Volcán Irazú.

irazuvolcano.jpg (6680 bytes)El Volcán Irazú mide unos 3400 metros de altura tan solo, pero es ya uno de los montes más elevados del país.  Su última erupción se registró en 1963 y en dicha ocasión se encargó de destruir varias poblaciones pequeñas y de cubrir de ceniza por días enteros dos de las ciudades más importantes, incluyendo la capital.  La ceniza volaba por doquier, cubría los techos, los jardines, a la gente misma. Fueron días cenicientos y no se olvidan, a pesar del tiempo transcurrido.  Sin embargo, desde entonces, dormita un sueño profundo y una naturaleza exuberante ha crecido en sus laderas y alrededor de sus cráteres.  Un parque volcanirazuparqueo.jpg (7932 bytes)nacional permanece abierto al público. Los visitantes pueden asomarse por una barandilla y contemplar la fuente del gran peligro armados de una cámara fotográfica y una buena chaqueta. Luego se acercan al café, se toman un refrigerio, compran tal vez algún recuerdo y luego se marchan tranquilamente, disfrutando en el camino de una vista maravillosa.  Así somos los humanos: nos fascina el peligro, pero también nos adaptamos a él cuando permanece dormido o es sólo latente.:)

volcanirazu1.jpg (5934 bytes)Disfrutamos de un paseo delicioso, por demás.  La vista del cráter, profundo, verde, calmo, te deja un sentimiento de pequeñez casi poético, como cuando nos paramos frente al mar abierto o contemplamos el gran firmamento estrellado.  Los niños corrieron por la planicie al borde del cráter, donde crecen flores y algunas plantas de forma rara y donde abunda la la arena negra.  La paz que se puede experimentar allí no se compara con ningún sitio en medio de la ciudad y tan sólo es similar con la que puedes encontrar una noche clara en una playa olvidada o en medio de la montaña. Resultó ser un paseo simple, sin complicaciones, económico incluso, pero satisfactorio.  En contacto breve con la naturaleza, por su lado más intimidante, sin correr verdadero peligro, en compañía de la familia sin estrés ni presiones. Ideal para estas vacaciones. :)

 

 

 

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