| Un paseo al volcán Qué extraño sentimiento es aquel que te produce un
portento natural como es un volcán. Por un lado, te amedentra. Es un furioso
titán de fuegos desatados si estalla en erupción. Puede matarte con un aliento tan
sólo, vaporizarte en un santiamén. Puede remodelar todo su entorno en cuestión de
minutos o unas pocas horas. Y después de una erupción la región quedará
irreconocible. Su fuerza, su despliegue de energía, su intensidad desbordada es
realmente impresionante. Pero a la vez te atrae como un imán. Y ahí
estamos. Al borde del peligro, fascinados por aquella monstruosidad hermosa.
Hace un par de semanas recorrí de nuevo ese camino riesgoso. En Costa Rica
tenemos una gran cantidad de volcanes. Hay para escoger, pero de todos ellos muy pocos
están activos. En realidad, sólo uno nos da erupciones periódicas y aún así
muchos turistas se le acercan peligrosamente. Los otros están muertos o dormidos.
Los muertos no interesan a nadie, creo, pero los dormidos son tentadoramente
hermosos. Uno de los más famosos por estos lares es el Volcán Irazú.
El Volcán Irazú
mide unos 3400 metros de altura tan solo, pero es ya uno de los montes más elevados del
país. Su última erupción se registró en 1963 y en dicha ocasión se encargó de
destruir varias poblaciones pequeñas y de cubrir de ceniza por días enteros dos de las
ciudades más importantes, incluyendo la capital. La ceniza volaba por doquier,
cubría los techos, los jardines, a la gente misma. Fueron días cenicientos y no se
olvidan, a pesar del tiempo transcurrido. Sin embargo, desde entonces, dormita un
sueño profundo y una naturaleza exuberante ha crecido en sus laderas y alrededor de sus
cráteres. Un parque nacional
permanece abierto al público. Los visitantes pueden asomarse por una barandilla y
contemplar la fuente del gran peligro armados de una cámara fotográfica y una buena
chaqueta. Luego se acercan al café, se toman un refrigerio, compran tal vez algún
recuerdo y luego se marchan tranquilamente, disfrutando en el camino de una vista
maravillosa. Así somos los humanos: nos fascina el peligro, pero también nos
adaptamos a él cuando permanece dormido o es sólo latente.:)
Disfrutamos de un
paseo delicioso, por demás. La vista del cráter, profundo, verde, calmo, te deja
un sentimiento de pequeñez casi poético, como cuando nos paramos frente al mar abierto o
contemplamos el gran firmamento estrellado. Los niños corrieron por la planicie al
borde del cráter, donde crecen flores y algunas plantas de forma rara y donde abunda la
la arena negra. La paz que se puede experimentar allí no se compara con ningún
sitio en medio de la ciudad y tan sólo es similar con la que puedes encontrar una noche
clara en una playa olvidada o en medio de la montaña. Resultó ser un paseo simple, sin
complicaciones, económico incluso, pero satisfactorio. En contacto breve con la
naturaleza, por su lado más intimidante, sin correr verdadero peligro, en compañía de
la familia sin estrés ni presiones. Ideal para estas vacaciones. :)
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