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BITÁCORA
6 de abril de 2006

¿Traducciones u originales?

La pregunta parece superflua. A nivel general, se piensa que no hay mejor manera de acercarse a un libro que leyéndolo en su idioma original. Primero, porque es posible captar de primera fuente el "espíritu" del libro. Segundo, porque resulta una útil herramienta de aprendizaje y práctica, tanto del idioma como de la cultura que le da soporte. Tercero, porque es posible entender muchos giros y juegos que hacen que un libro sea especial o diferente de otros. Las traducciones pueden ser muy frías, muy formales. En su estandarización, se pierden los coloquialismos, los localismos y hasta las expresiones idiomáticas más pintorescas, que reflejan e identifican a las culturas. Además, es como estar leyendo "de segunda mano", pues resultan ser la manera en que el traductor leyó el libro, "su" interpretación particular, no la tuya. Tu lectura resulta, pues, filtrada.
Un ejemplo simple lo encontramos en los títulos. "Harry Potter and the Half-Blood Prince" debería ser traducido al español como "Harry Potter y el Príncipe Mestizo", pero en la traducción oficial del libro, que fue lanzada el 23 de febrero pasado, le pusieron "Harry Potter y el Misterio del Príncipe". ¿Por qué hicieron tal cosa? No lo sé, pero ciertamente despojan al libro de la primera fuente de información importante con respecto a él. Habiéndolo leído, nos damos cuenta de que lo más importante del título no está en la palabra Príncipe como en las palabras Half-Blood (Mestizo), lo cual se pierde con el título que le impusieron en español. Otro ejemplo, siempre relacionado con Harry Potter, es la costumbre que tiene Rowling de jugar con las palabras (como Diagon Alley, diagonally), que en la traducción necesariamente se pierde.
Por otro lado, la lengua original siempre tiene inconvenientes. Uno de los más importantes es que no necesariamente la conoces lo suficientemente bien como para leer un libro entero escrito en ella y entenderlo. O no la conoces del todo (yo me imagino frente a un libro escrito originalmente en japonés, en árabe o en alemán, con los ojos abiertos de par en par y sin entender siquiera una coma). En este caso, debes firmar un pacto de confianza con el traductor y esperar que haya hecho un buen trabajo, lo cual ocurrirá con la mayoría de las obras.
Con una buena traducción se puede también aprender. Sobre culturas ajenas, sobre giros imprevistos del idioma (los buenos traductores suelen incluir explicaciones a frases o vocablos de uso popular o regional, incluso histórico), sobre la relación que dicha lengua tiene con la tuya (especialmente si conoces un poco la lengua original), y también puedes disfrutarlo con gran intensidad, lo cual no ocurriría si sólo tuvieras que leerlos en sus lenguas originales y no estuvieran traducidos.
A mí me parece aconsejable, de todas maneras, conocer y comprender idiomas extranjeros, no sólo en contextos de negocios o sociedad, sino también en su literatura y en sus documentos científicos o históricos. Si uno tiene la oportunidad de aprender uno de ellos y de leer libros enteros en tal idioma, creo que debería emprender la aventura. Resulta, pienso, una experiencia novedosa y reconfortante. Y si no, pues confiar en buenas traducciones. En este caso, si uno conoce bien su propia lengua puede percibir inconsistencias y absurdos en una traducción, lo que le daría idea de su calidad, y se haría sensible a lo hecho con excelencia.
Entretanto, disfrutar de una buena lectura (en el idioma que se pueda leer) siempre es una agradable idea en una hermosa tarde de lluvia.
 

 

 

 

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