| Pesimismo a la orden del día Se
dice que en tiempos de la Belle Époque (1900- 1914) y aún antes, durante el
estallido y maravilla de la Revolución Científica (o segunda Revolución Industrial) de
finales del siglo XIX y principios del XX, la sociedad europea vivía un ambiente de
progresismo, gran optimismo, brillante triunfalismo. Se pensaba que la ciencia
podía darnos las respuestas a todas nuestras preguntas, que la democracia moderna era un
sistema político perfecto, que la sombra de la revolución proletaria había sido
conjurada y de que el ser humano sólo tendría éxitos en un continuo avance hacia un
futuro promisorio.
Y
de pronto, estalló la Primera Guerra Mundial. El mundo idealizado de la ciencia
sufrió un quebranto, pero aunque trajo sangre y desolación en toda Europa, aún pudo
recuperarse durante los años viente, con un nuevo y desaforado optimismo que se vino
definitivamente al suelo con la Gran Depresión. Luego, los horrores del nazismo y la tristeza de una
larga Segunda Guerra Mundial, amenazaron con desvirtuar y traer sombrías perspectivas a
las sociedades occidentales que apenas se recuperaban de la debacle anterior, pero los
años 50 demostraron que el ser humano posee una enorme capacidad de recuperación
anímica y la posguerra volvió a traernos optimismo, progresismo y riqueza.
¿Qué pasó con eso? Ya se desmoronó otra vez. Demasiados problemas
afloraron en el mundo en los años que siguieron: la revuelta cultural, las inquietudes
estudiantiles, las horrorosas guerras asiáticas, el nacimiento de los extremismos, la
sobrepoblación y la presión creciente sobre los recursos, la contaminación ambiental, y
un galopante existencialismo que no ha generado más que otros fanatismos y más
tensiones. Sin embargo, ¿en qué se diferencian semejantes problemas de los que la
humanidad ha debido enfrentar a lo largo de su historia conocida? Yo diría que en
nada, sólo que ahora estamos sobre expuestos a la información y ésta llega de todas
direcciones, las 24 horas del día. Pero la tristeza, las crudezas de la guerra, la
crueldad, el hambre y los conflictos han marcado nuestro paso por el mundo desde que somos
humanos y no resolveremos nuestros problemas sólo porque nos deprimamos con tristezas
innecesarias.
El excesivo progresismo de la Belle Époque era irreal. Estábamos muy
imbuidos en nociones triunfalistas y es lógico que después la realidad se nos echara
encima. Pero hoy en día el pesimismo y la amargura campean por sus respetos.
Todo es gris, triste, terrible. Las películas que no son violentas y trágicas no
son buenas, los libros que no describen crudezas escalofriantes o no terminan con tragedia
no son "realistas", los políticos que no son corruptos no son confiables, los
seres honestos son "tontos" y el mundo se va a acabar en el 2012, sino antes.
¿Esto es realista?
El pesimismo galopante es tan irreal como el optimismo triunfalista. Jamás
habríamos llegado a dominar el mundo si hubiera sido verdad que somos tan bestiales y
crueles como nos pintan la literatura y el arte visual de nuestros días. Esas
novelas deprimentes que sólo riegan la idea de que el ser humano es un ser abyecto por
naturaleza no pintan la realidad de un mundo de zonas grises. La verdad es que la
humanidad es mucho más compleja que sus bestialidades. Cierto que somos capaces de
caer en lo peor de nuestra naturaleza (como sucede en Darfur, en Congo y en Afganistán,
por citar sólo algunas zonas de terrible conflicto), pero también somos capaces de dar
lo mejor de nuestra esencia para crear belleza, armonía y paz, para preservar lo que
está bien y para impulsar la felicidad (logramos cerrar el agujero de la capa de ozono,
logramos sacar de la lista de especies en extinción a muchas especies, hemos creado la
ciencia y el arte, etc.) y también poseemos la capacidad para salir adelante de nuestros
problemas y llevar consuelo donde antes solo había dolor (tal el caso de Ruanda).
¿Pesimismo galopante? Enfermedad pasajera. Pasen la página y sigan
adelante.
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