| Esperanzas y realidades Estas semanas de octubre y noviembre han
sido intensas. Después de presenciar el desastroso desenvolvimiento del mercado
financiero global, los temores de una depresión y la inevitable repercusión en la
economía real, era de esperarse que las elecciones presidenciales en Estados Unidos
adquirieran matices dramáticos, como en efecto ocurrió, y que los otros países del
mundo las observaran con cuidado. Para bien o para mal, para alegría de unos y
enojo de otros, Estados Unidos sigue siendo el país más influyente del planeta: en lo
económico, en lo político, en lo militar. Dependiendo de sus movimientos, de
cuánto exporte o importe, de cuánto venda o compre, de dónde interviene o dónde deja
de hacerlo, lo que diga o no diga, lo que haga o no haga, así se mueven los demás, como
en una balanza de movimientos imparables, de un lado al otro, en medio de conflictos,
resentimientos, temores, y desgracias por un lado, y de prosperidad, felicidad y avance
por el otro. Quien ocupe la Casa Blanca también parece ocupar un lugar invisible en
cada palacio de gobierno en cada país, por lejos que esté.
¿Cómo lo sabemos? Con los ochos
-largos- años de George W. Bush. Declive económico combinado con pérdida de
respeto internacional ha dejado como saldo una situación más que difícil: guerras
abiertas, crisis económica, desesperanza, desconfianza y recalentamiento de los
extremismos. ¿Qué podíamos esperar entonces del término de su gobierno? Pues un cambio. En todo
sentido. Necesitamos que recuperen su confianza y su prosperidad, que se vuelvan
cooperadores y conciliadores, que sean sensatos y respetuosos, que asuman con
responsabilidad esa posición de preeminencia que siempre los ha llenado de orgullo pero
de la que no conocen aún sus alcances. En este sentido, el mensaje de esperanza y
conciliación del nuevo presidente electo, Barack Obama, nos llega en el momento en que
más se le necesita y más se le espera oír.
Vendrá
entonces el momento de los hechos. Tengo la esperanza de que Obama cumpla al menos
con la mitad de lo que propone, por ejemplo, sus planes relacionados con la solución de
la crisis económica, el fin de las guerras en el Medio Oriente y la restauración del
respeto por su país. Con eso tan solo, ya sería un triunfo magnífico con respecto
a Bush. Si además logra echar a andar sus propuestas en materia energética y
ambiental, podremos notar un avance importante en la lucha contra el cambio climático y
contra la enfermiza dependencia del petróleo. Si su tono cooperador y
multilateralista se manifiesta en su política exterior, habrá dejado de darle oxígeno a
los extremismos y a los populismos y se creará un clima más propicio para la moderación
y el equilibrio.
Nosotros, por nuestra parte, ya que no pudimos votar, sí que podemos contribuir a un
clima de más confianza y responsabilidad en nuestros propios países.
Responsabilidad en el manejo de nuestras cuentas personales, inculcar de nuevo el hábito
del ahorro y de la eficiencia, procuararnos maneras de incentivar prácticas sostenibles
de cultivos y de ganadería, de consumo de energía y de manejo de desechos, proponernos
más atención hacia lo que hacen y dicen nuestros políticos y ser ciudadanos más
exigentes, supondría un cambio importante para la manera en que se maneja nuestro mundo. :)
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