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BITÁCORA
9 de mayo de 2006

De paseo por una librería

El otro día nos fuimos de visita a la librería local.  Mis hijos habían concluido la lectura de sendos libros en nuestra hora especial de lectura y les hacía falta material, por lo que era preciso suplirlos de nuevas fuentes. El pedido fue externado formalmente por mi hijo mayor, lo cual no me sorprendió, pues se puede decir que ya es un lector con experiencia (tiene casi 9 años) y de paso pensé que sería apropiado buscar otro también para mi hija de 6 años, que se ha adentrado en la aventura de la lectura recientemente. El pequeñín, de 4 años, prelector inquieto, nos acompañó porque nos acompaña siempre a todo lugar al que vayamos.

Pequeña librería. La variedad no es muy grande, aunque considerable si tomo en cuenta el promedio de las librerías locales, y destina un rinconcito a la literatura infantil.   Es muy agradable.  Libros empastados en colores brillantes, con letras grandes y claras, historias pletóricas de imaginación y algunas con intenciones didácticas evidentes.  Sentados en silloncitos en forma de estrella, mis hijos se dedicaron a la tarea de revisar toooodos os libros que pudieran alcanzar. Pero con atención seria, lo cual no dejó de llamar mi atención.  Humm... éste me sirve, éste no.  Éste se ve interesante... éste, muy difícil.  Ah, no está aquel que buscaba.  Mi hijo mayor había llegado con la clara intención de hallar Las Crónicas de Narnia: El Príncipe Caspian, pero no se hallaba a la venta en aquel momento, lo cual no impidió que se pusiera a rebuscar.

Mientras miraba a mis hijos dedicados a su búsqueda, pensé de pronto que en mis años de infancia había muy pocas librerías y la única verdaderamente grande no solía destinar una sección de su local a los niños, pero los libros infantiles eran igualmente coloridos e imaginativos.  No cambian mucho los libros.  Las librerías sí. Son más vistosas, más astutas para presentar su mercadería, más imaginativas en sus actividades, mediante las cuales incitan a los clientes a visitarla y preguntar por las novedades o los más destacados.  Los libros, en cambio, siguen siendo ese montón de papel impreso encuadernado en una pasta suave o dura, de contenido variado, que hace siglos ya tentaba a cientos de lectores y que hoy en día sigue tentando. Otros artículos infantiles, al igual que los libros, han cambiado poco en el transcurrir de los siglos, como por ejemplo los juguetes básicos: las muñecas siguen siendo muñecas, las pelotas y los vehículos en miniatura aún agitan la imaginación de los niños, y hasta las falsas monturas y los disfraces ocupan un primer lugar en sus preferencias.  Son algo así como los grandes permanentes.  Juguetes típicos y libros.  Y si los juntas con las nuevas maravillas de la tecnología moderna, en especial con nuestras magníficas computadoras, tienes suficientes elementos para encender el pensamiento de los niños y llevarlos a niveles insospechados de desarrollo y habilidad.  Alguien decía que la computadora desplazaba a los juguetes o a los libros. Y por un tiempo, hubo quienes pensaban así.  Pero en realidad, la capacidad de complementación entre unos y otros es magnífica.  Ahí estaban mis hijos, creciendo en medio de un ambiente digital, super tecnológico, diestros usuarios de computadoras, inclusive de Internet (como mi hijo mayor), y además, completamente concentrados en medio de libros infantiles, buscando ansiosamente una nueva historia, un nuevo mundo de imaginación.

Mi hijo menor interrumpió mis reflexiones con una vocecita entristecida: "No zé qué puedo llevad".  Me hizo gracia.  No sabe leer, pero ya considera con seriedad tener un libro para la hora de la lectura y poder imaginar lo que sucede ahí a partir de la interpretación de sus imágenes.  Lo consolé diciéndole que escogiera uno de animalitos.  Al final, él mismo escogió un libro de cartón con forma de osito panda, recibió la autorización paterna para llevarlo y cuando habían pasado unos 20 minutos de búsqueda, iba mi esposo cargado con cuatro libros nuevos: una adaptación infantil de Don Quijote de la Mancha (¡increíble, pero magníficamente adaptado!), El maravilloso Mago de Oz (un clásico infantil para mi hijo mayor), La Bella Durmiente (una precisa adaptación del cuento clásico para mi hija) y El Osito Panda, para el menor.  Digno final para un paseo por la librería aquella tarde. :)

 

 

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