| ¿Denuncia o espectáculo? El
otro día estuve en una interesante discusión entorno a la reciente liberación de Ingrid
Betancourt y otros catorce rehenes de las FARC. Aparte de la natural alegría que
proporciona este tipo de noticias -no en todos, hubo quienes estuvieron disgustados porque
no gustan de la señora Betancourt-, uno de los temas que salió a relucir era el del
papel de los medios en esta clase de eventos. Algunos decían que el rescate estaba
muy bien, pero les indignaba el "circo mediático" que se montaba alrededor y del uso "irrespetuoso y desconsiderado"
del sufrimiento ajeno para beneficio de las masas que sintonizaban los canales y medios de
comunicación o leían la prensa escrita. Otros justificaban estas acciones
aduciendo razones de interés público (Ingrid Betancourt no deja de ser una figura de
relevancia pública) e incluso como medio de presión para lograr más rescates o
liberaciones.
En general, pienso que los medios de hoy en día hacen un uso casi indiscriminado e
incontrolado del derecho de la información. Hay una sed tan voraz por informes que
son capaces de exponer cualquier cosa, sin mediar consideraciones humanas o de dignidad,
para lograr captar las audiencias. A esta sobreexposición del dolor, de la
desgracia y hasta de la crueldad humanas se corresponde una desesperada necesidad, a veces
morbosa, de la propia audiencia, por enterarse hasta del ínfimo detalle de una
experiencia narrada. ¿Por
qué sucede esto? ¿Hay alguna clase de trastorno psicológico entorno a estas
conductas? Ya no nos contentamos con las vidas privadas de las estrellas del espectáculo,
hemos extendido nuestra insaciable curiosidad a los políticos, los militares, las bolsas,
los desastres naturales, y al hijo del vecino. Todo debe saberse, todo. En medio de
este afán, un evento como el rescate de rehenes de las FARC es ideal para generar
audiencias y obtener dividendos en publicidad y consumo (los sempiternos compañeros de
los noticieros).
Posiblemente el fenómeno no sea nuevo. En realidad, tengo la impresión de que
los seres humanos siempre fuimos así: curiosos. Hemos disfrutado del chisme y la
murmuración desde que existe conciencia de nuestra existencia, y se da en el nivel
íntimo al igual que en el público. En aquellos lugares aislados, por ejemplo, a
los que no llegaban mercaderes o forasteros en mucho tiempo, lo que más se valoraba además de mercancías nuevas eran
precisamente noticias del mundo exterior. De ahí la importancia de los juglares, de las
caravanas, y de los barcos mercantes. La única diferencia que existe entre el pasado y el
presente es el disfrute de medios tecnológicos que nos hace conocer las últimas nuevas
al instante y desde cualquier rincón del planeta. Pero eso es todo.
¿Debemos seguir alimentándolo? Yo creo que seguirá existiendo, así no
encienda un televisor en meses. Y podemos obtener beneficios de ello. Las
organizaciones de ayuda humanitaria o de defensa del ambiente lo saben bien. ¿Cuál
es la mejor manera de combatir una práctica deleznable, de erradicarla o simplemente de
desacreditarla? ¡Pues dándola a conocer, denunciándola, haciéndola pública, y
haciendo ver las terribles consecuencias de ello! ¿Cuándo comenzaron a perder
credibilidad las FARC, por ejemplo? Cuando comenzarona secuestrar gente. Pero
la verdadera dimensión de su crueldad y su desvalorización como grupo vino después,
cuando aquéllos que eran rescatados o se escapaban contaban al mundo lo que habían
vivido. Si la gente no oye o no ve que algo sucede, este "algo" se vuelve
impune.
Entonces, no todo es desconsideración o falta de respeto. No todo es morbosidad
o manipulación. En el fondo de un fenómeno de gran envergadura podemos obtener
beneficios insospechados, precisamente para aquéllos que más han sufrido las vejaciones
que denunciamos. Sólo hay que saber verlo. :)
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