| Llamado a la acción Recuerdo cuando el presidente Oscar Arias
recibió el Premio Nobel de la Paz en 1987. Se le otorgó por sus intentos de lograr
la paz en una Centroamérica desgarrada por la guerra civil. Se le llamó Plan de
Paz, y fue uno de los pilares sobre los que basó su campaña presidencial y su trabajo
como presidente. Se le criticó mucho, por cierto. Se decía que eran
intentos, no logros, y que un Presidente no debía ser digno de recibir premios de esta
índole, pues están simplemente en el cargo de sus funciones.
Sin
embargo, pienso (ahora) que estuvo bien. A la postre sí logró pacificar
Centroamérica, sentando las bases del diálogo y la cooperación, dando fuerza a los
intentos de reconciliación entre naciones y poniendo a la región en el mapa, una región
que hasta entonces yacía olvidada. Veinte años después, Centroamérica es una
zona pacificada, a pesar de los esfuerzos de muchos por sumirla en las guerras. La
pobreza, la inseguridad y otros muchos problemas aún persisten ¡qué remedio!, pero
jamás se respira el aire opresivo que se vivió durante los 80's.
Hoy
el Instituto Nobel de Noruega le otorgó el mismo premio a otro Presidente, en
circunstancias asombrosamente similares. Este Presidente no rige un país pequeño
ni olvidado, pero se enfrenta a desafíos que están muy lejos de ser superados.
Significa que es otro premio a la esperanza más que a los logros, tal como sucedió en
1987. El presidente Barack Obama sólo lleva ocho meses en su cargo (Arias tenía
como un par de años), pero en ese tiempo revolucionó la retórica política y la acción
misma. En su país ha provocado terremotos políticos, pues está decidido a llevar
a cabo una serie de reformas que pueden cambiar la faz de Estados Unidos de manera
radical, desde la reforma sanitaria hasta el impulso a la diplomacia, desde sus evidentes
intentos por replantear el esquema energético del país hasta su declarada cruzada por
liberar al mundo del armamento nuclear. No todo ha sido retórica: los
proyectos que buscan sus ansiadas reformas están físicamente en el Congreso
norteamericano, lo cual significa que no son promesas sino realidades. Desmanteló
el plan de escudos antimisiles en Polonia y se acercó a un diálogo más fluido con Rusia
y con China. Logró que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobara una
nueva resolución contra la proliferación de armamentos nucleares y ha sentado a Irán a
negociar, después de 30 años de no mantener ningún tipo de contacto con el
régimen. Envió dos negociadores especiales para lograr la paz en Israel y
Palestina por un lado, y por otro, en Pakistán y Afganistán, donde busca una salida
fiable a un conflicto que él no organizó ni inició. Cerró la prisión de
Guantánamo y anunció el fin de la presencia estadounidense en Iraq, a la cual siempre se
opuso por cierto, y volvió a presionar a Corea del Norte por la vía diplomática y no
militarista.
Pero, como él mismo lo declaró hoy, aún
está muy lejos de haber logrado algo tangible. Así como Arias en su momento, la
paz no es algo que se logra con buenas intenciones, pero se necesitan esas buenas
intenciones para alcanzarla eventualmente. Obama llamó este premio un "llamado
a la acción". Es una presión y él lo sabe. Una presión para que
continúe sin desviarse hacia la consecución de sus intentos por materializar la paz en
el planeta. Una presión para que su país, tan históricamente beligerante, no
abandone la vía del multilateralismo o de la diplomacia. Una presión para que
termine -de buena manera- con los conflictos armados en los que su predecesor en el cargo
envolvió a su país. Una presión también para que no olvide que el mundo lo está
observando.
Un llamado a la acción, y a la vez, un voto de esperanza en que él cumplirá
eventualmente con su parte del trato: el mundo confía en él y él no ha de traicionar
esa confianza, en la medida en que una sola persona puede marcar una diferencia. :)
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