| Hace veinte años... Yo fui niña en un mundo que daba al Muro de Berlín como un hecho dado. Para
mí y para toda la generación que nació conmigo, era casi un factor de la Naturaleza:
siempre había estado allí y nada nos hacía pensar que se iría algún día. Vivíamos
una infancia despreocupada en un ambiente de Guerra Fría: los Estados Unidos y sus
aliados por un lado, la Unión Soviética y los suyos por el otro. El Muro era tan sólo
un ejemplo físico, tangible, de una realidad política envolvente. ¿Había tensión?
Siempre. Y a veces, cuando nos poníamos sensibles, nos preocupábamos. A mí me pasó
hacia los doce años, cuando creí de verdad que la Tercera Guerra Mundial era un hecho
inevitable e ineludible...
Pero los años siguieron pasando y la verdad es que estábamos hechos a la idea del
Muro. Al principio, en mi inocencia, creía que rodeaba todo el borde de Alemania
Oriental. Luego aprendí que aunque había puestos de vigilancia y alambradas, el Muro
estaba sólo en Berlín, lo cual era más que suficiente. También aprendí que no era un
muro para impedir la entrada de nadie, como solía suceder con los clásicos muros que
rodeaban las ciudades medievales (o con algunos muros del presente, que también suscitan
resentimientos y conflictos, pero de naturaleza diferente). Era un muro para impedir la
salida de los ciudadanos. Era un muro-prisión.
¿Nos parecía horrible? Pues, en la medida en que niños y adolescentes podíamos
imaginar cómo era vivir encerrados, tal vez sí. Pero de nuestro lado del océano,
viviendo yo en un país libre -en casi todos los sentidos- era una noción digna de
película de Guerra Fría: distante, ajena, y siniestra. Iba acompañada de un sentimiento
fatalista: así habían sido las cosas antes de nacer y así seguirían siendo, pues nada
apuntaba a que Alemania Oriental fuera a cambiar su rumbo en el cercano o lejano futuro.
Y de pronto, un 9 de noviembre hace veinte años, cuando yo ya asistía a mis
cursos universitarios y moldeaba mi futuro personal de acuerdo a objetivos locales, la
noticia dio la vuelta al mundo e impactó mi realidad y la de toda mi generación:
¡Había caído el Muro! ¿Era posible vivir en la Historia? Encender los aparatos de televisión, leer los diarios, escuchar las noticias,
todo fue tan extraño como surrealista: ¡de verdad se estaba cayendo! ¡Lo estaban
botando a pedazos! Los alemanes jóvenes bailaban y gritaban sobre aquella construcción
tan odiada y odiosa, que jamás creímos ver derrumbada y que ahora corría el peligro de
desvanecerse de la noche a la mañana. ¡Había caído el Muro! (aunque en la realidad se
había abierto, era tan sólo el principio de su fin...) ¿Es posible entonces creer que
el mundo puede dar giros inesperados y cambiar el concepto que tienes de tu realidad? ¿Es
posible creer que se puede vivir y hacer Historia? Hace veinte años, supe que sí. Y a lo
largo de estas dos décadas, donde tantos cambios violentos e inesperados han continuado
dándose, no siempre en el mejor sentido, lo sigo creyendo. De verdad.
Mis sentimientos son positivos para los alemanes hoy. ¡La celebración está a la
orden! Y con razón. :)
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