| El placer de escuchar Acariciar una tela
fina o una hermosa joya, aspirar el delicioso aroma de un perfume de perfecto acabado,
admirar los colores o la composición de una obra pictórica o escultórica, dejarse
acunar por los acordes de una bella melodía, degustar un plato hecho con maestría,
sentir el ritmo recorrer nuestro cuerpo cuando ejecutamos un baile, en fin... podría
decirse que nuestros cinco sentidos tienen la plena capacidad de conectarnos directamente
con el arte. Y no tiene que ser de forma convencional. No supongo que uno deba
limitar un sentido en particular para una forma de arte específica. Es decir, si tenemos
por ejemplo un plato realizado por un chef de alta calidad frente a nosotros, se le puede
considerar como una obra de arte que apreciaremos con el gusto, pero también con el
olfato y con la vista. Los trajes de diseñador son admirados a través de la vista
y también a través del tacto. Y la música, naturalmente, la disfrutamos con nuestro don
de escuchar. La vista, por su parte, suele ser la gran dominante: con
ella apreciamos prácticamente cualquier forma de arte. Pero entonces, si los
libros son también manifestaciones artísticas, ¿cuál es el sentido que predomina a la
hora de acercarnos a ellos?
Vaya, pues, lo primero que pensé fue en la vista. Leemos con nuestros ojos y a
través de ellos las palabras resuenan dentro de nosotros. También, en cierta
forma, las escuchamos. Por dentro. Pero es tan sólo una especie de metáfora.
Estamos muy acostumbrados a apreciar la literatura exclusivamente a través del
sentido de la vista. Alguien me dirá que también es un placer palpar el papel y la
cubierta del libro, aspirar su aroma, etc., pero en general puede decirse que son placeres
bastante accesorios al simple disfrute de la lectura. Y allí acabaría todo.
Pero, ¿y qué pasa con la literatura oral?
En general, nuestra cultura está dominada por la vista. Todo lo vemos,
inclusive las producciones musicales de los intérpretes de moda son apreciadas mejor en
los famosos videos musicales, en los cuales no sólo escuchamos la canción en cuestión
sino también la "vemos". Cualquiera
sabe que algunas cantantes son famosas no tanto porque canten muy bien sino porque se
ven muy bien, y lo mismo puede decirse de las películas y las series de televisión,
etc. El dominio de la imagen es enorme hoy en día, y paradójicamente, parece
dominar los libros también.
Pero hubo un tiempo en que la literatura se contaba y se escuchaba y así se apreciaba,
tiempo que pertenece principalmente al pasado. Los famosos juglares y trovadores que
dominaron la escena medieval son figuras muy interesantes, pero arcaicas, y supongo que
todo se debió a la aparición de la imprenta y de la masificación de la lectura.
No digo que este hecho haya sido inconveniente. ¡Para nada! Todos tuvieron acceso a la
cultura y al desarrollo pleno gracias a la lectura, pero al menos en lo que se refiere al
arte de la literatura oral, fue bastante catastrófico. Claro que aún existen los
cuentacuentos. Y en algunas regiones son particularmente populares. He ido a algunas
funciones de este tipo y son encantadoras. Pero en general, no es una costumbre
especialmente masiva. También, con la radio, fue muy popular la costumbre de
escuchar novelas enteras, narradas por capítulos, pero tal costumbre se perdió en cuanto
la televisión hizo su aparición. Hoy en día, nadie escucha una novela por la
radio. Se escuchan discursos, noticias y música, pero historias literarias no. Como
consecuencia de tal fenómeno, casi podría pensarse que hemos perdido el placer de
escuchar una buena historia, sólo escucharla, lo cual es distinto a leerla o a
mirarla en la pantalla. Y allí acabaría todo.
Sin embargo, en estos días he tenido el
enorme privilegio de revivir ese placer de escuchar historias. Como consecuencia de una
costumbre implantada por mi esposo y por mí en mi familia, todas la noches leemos una
parte de un libro a nuestros hijos pequeños. El objetivo era incentivar, en ellos, el
deseo y el placer de leer, de acostumbrarlos a los libros como fuentes de diversión, no
sólo de consulta, y pasar un agradable rato de familia. Con el tiempo, sin embargo,
se hizo notable el hecho de que no sería suficiente que uno de nosotros leyera
solo. Pronto, los niños quisieron protagonismo, nuestra hija de 6 años aprendió a
leer en el interin, y cuando nos dimos cuenta, todos querían contar su propia
historia. Y hete aquí el fenómeno: nuestros hijos nos leen.
Pero leer no es tan sólo repetir en voz alta las palabras que captan sus ojos. Oh,
no. Ellos están contando historias, y contar una historia es un arte, un arte que
ejecutan con deleite y cierto grado de inconsciencia infantil. No son juglares. No
inventan historias (no al menos todavía), pues las tienen a la mano, en los libros, pero
las narran con ejecución de juglar: simulan las voces, los sonidos,
recrean las expresiones, se ríen o se ponen serios. Y los cuentos, en sus labios,
adquieren una dimensión nueva. Yo, antigua y viciosa lectora, acostumbrada a
devorar libros, me encuentro de pronto fascinada como una niña, disfrutando a plenitud de
un placer nunca antes vivido por mí o por muchos de mi generación: el
placer de escuchar una buena historia.
Mi hijo mayor está a cargo de El maravilloso mago de Oz, libro que no he
tenido la oportunidad de leer antes. Y lo estoy viviendo encantada. La
"voz" de Dorothy no es la misma que la del Espantapájaros. Las
expresiones de los mushkins no son monótonas o sin vida. La historia no es para mí
visual, sino sonora. ¡Y qué preciosa manera de vivir el arte literario
a través de un sentido olvidado! Ahora entiendo la emoción que mi abuela experimentaba
cuando le tocaba escuchar su novela favorita en su estación de radio usual, o la angustia
real vivida por todos aquellos que escucharon a Orson Wells aquel día cuando desgranó La
guerra de los mundos, también por la radio. Era la emoción de disfrutar el
placer de escuchar. :)
|
-
- |