| Réquiem... La muerte produce sentimientos encontrados, reflexiones profundas y a veces
movimientos sociales, políticos o filosóficos. Es parte de la vida, se dice, pero pocas
veces la aceptamos con serenidad. Nuestro instinto de supervivencia es tan poderoso
que muchas veces la sola mención del término de nuestra existencia nos pone
nerviosos. No nos agrada tampoco que todo cuanto hemos logrado en el curso de una
vida se malogre en un minuto final de no existencia. De ahí que nos preocupemos
tanto por lo que dejamos, el inapreciable afecto que sentimos hacia la memoria. Los
muertos desaparecen, se van, no regresan, pero en nuestras memorias individuales y en el
gran cúmulo de los recuerdos colectivos, continúan viviendo.
¡Qué extraordinario honor desaparecer de este mundo pero dejar a alguien que te
recuerde con bien! Esperamos, al menos, que nuestros familiares y amigos lo hagan, pero
¿no es aún más abrumador saber que dejas una huella en miles de almas que no conoces
por algo hermoso que habrás hecho? Artistas, científicos, estadistas, inventores,
líderes espirituales, héroes militares, héroes sencillos... una gama de personalidades
destacadas que por algún logro especial permanecen fijos en la memoria de la Humanidad,
vivos a través de su legado. Y son todavía más
admirables cuando sabemos que nunca hicieron lo que hicieron por lograr la fama póstuma,
sino porque de verdad creían en su obra y la querían ver realizada. Gente que
alumbra el camino de nuestro mundo con rayos de esperanza. Pienso ahora, naturalmente, en
Luciano Pavarotti, que dejó este mundo en estos días, para consternación de miles de
personas que veían en él no sólo a un gran cantante sino a todo un artista, embajador
indiscutible de la música. No sólo fue la mejor voz de nuestro tiempo desde los días de
Caruso, sino que era también el ejemplo del trabajo, la disciplina y la entrega a la
pasión, que lo convirtieron en un artista de estatura modelo. A él, pues,
dedicamos nuestros esfuerzos colectivos para mantenerlo vivo en la memoria.
También la muerte de los inocentes es causa de
reproches, reflexiones y nostalgias. Alguien que muere cuando no debía hacerlo
desde ningún punto de vista (ni del destino ni de la circunstancia accidental) nos
envuelve en la indignación, en el deseo de justicia y en la necesidad del consuelo.
Durante este mes, fue motivo de solemne recordario tanto las víctimas del tiroteo de
Virginia Tech, cuyos estudiantes inauguraban un nuevo curso lectivo con la consciencia del
hecho que cerró con sangre inocente el semestre anterior, como las víctimas del atentado
terrorista del 11 de septiembre, hecho que cumple hoy 6 años de haberse perpetrado, y que
aún sorprende, aún indigna y aún produce dolor y deseos de reparación. Seis
años de reconstrucción lenta, pausada, mientras se vuelven a ver los rostros d quienes
partieron, sin haberlo merecido, ni esperado ni querido. La muerte, en este caso,
como acto de injusticia irreparable y definitivo.
No venceremos a la muerte. Ni siquiera parece que sea aconsejable intentarlo.
Entretanto, deseo de corazón que sí venzamos lo que podemos combatir, lo que no es
irreversible, ni final, y que podamos llenar de significado, mientras la tengamos, la
existencia que llevamos.
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