| Movimientos ciudadanos A menudo se categorizan las épocas y/o las
naciones por el tipo de acontecimientos que más frecuentemente se suceden en ellas y que
tienden a marcar la tendencia de pensamiento y la visión de mundo de las gentes que las
viven. Por ejemplo, el lejano 1492 y los años circundantes se caracterizaron por el
cúmulo de descubrimientos que marcaron la historia humana, tanto para europeos como para
americanos y hasta para asiáticos, y por eso se recuerda el 12 de octubre de cada año
con sentido histórico. No sé si la nuestra ya tendrá "marcas" definitorias,
pero sospecho que al menos uno de los acontecimientos que ilustrarán a los historiadores
del futuro sobre estos primeros años del decenio 10 del siglo XXI, será el movimiento
ciudadano.
Desde comienzos de año hemos presenciado el desarrollo de enormes movimientos de
masas, manifestaciones ciudadanas que se han caracterizado por ser multitudinarias,
mayoritariamente pacíficas, y por enarbolar los ideales generales de justicia, justicia social, justicia económica, paz y
prosperidad. En estas manifestaciones, miles de ciudadanos se lanzan a las calles a exigir
de sus gobiernos que se produzcan cambios drásticos en la manera en que los asuntos del
país se manejan o los problemas se resuelven. A diferencia de otras manifestaciones del
pasado, dichos movimientos han tendido a prolongarse en el tiempo, por días y días,
semanas y semanas, e incluso meses, y suelen estar inspirados, iniciados o comandados por
grupos jóvenes, muchos estudiantes universitarios.
Estos movimientos tan vistosos y tan
potentes comenzaron esta vez en el mundo árabe, aunque posiblemente sus bases
ideológicas se encuentren en un ideario más amplio, transmitido a través de los
modernos sistemas de comunicación que incluyen tanto Internet, como el avance en la
tecnología de teléfonos móviles. Así, vimos cómo de Túnez se pasó a Egipto, luego
estallaron en Yemen, en Bahrein, en Jordania, en Libia y en Marruecos, luego se sumaron
miles de israelíes en Israel, y miles de sirios en diferentes ciudades de Siria. No se
trataba de manifestaciones religiosas ni enarbolaban una revolución obrera. Era un
llamado a los gobernantes, cargado de frustración y enojo, que demandaba cambios
sustanciales en la forma en que se conducen los asuntos de Estado y la economía. En
Túnez y en Egipto cayeron los gobernantes, en Libia se desató una guerra civil, en
Marruecos se produjeron cambios a nivel constitucional y legislativo, y en Yemen está a
punto de renunciar su presidente de décadas. En Siria el gobierno ha optado por la vía
más dura y a diario mueren civiles en enfrentamientos con el ejército y la policía,
mientras en Bahrein los ciudadanos fueron brutalmente acallados. Sin embargo, el
movimiento siguió expandiendo sus ideales y su fuerza, y muy pronto cruzaron el
Mediterráneo y dio inicio a los "indignados"
España vio por primera vez masas de ciudadanos frustrados que exigían un cambio
sustancial en la forma en que se gobierna en su país, mientras los griegos enfrentaban a
gritos y a palos los despiadados recortes sociales que el gobierno hubo de hacer para
salvar su desfinanciada infraestructura. En otros países de Europa hubo otras
manifestaciones, y la frustración continuó exhalando lamentos y
reclamos. En el continente americano las cosas distan de ser frías. En Chile, los
estudiantes mantienen una dura postura de huelga y manifestaciones desde hace cinco meses,
en un denodado esfuerzo por alcanzar la justicia social para las mayorías chilenas que
desean estudiar, mientras en Colombia los estudiantes universitarios inician una huelga
multitudinaria en procura de evitar la aprobación de una ley que podría tornar injusta su situación
educacional. Y para mayor asombro, los "indignados" aparecen en las plazas
mismas de Wall Street, donde ciudadanos estadounidenses se atreven a cuestionar un sistema
que no ha resultado ser tan libre ni tan justo para la mayoría, donde los banqueros se
aprovechan de los recursos del Estado para salvar sus capitales y pagar a sus accionistas
mientras el ciudadano común sigue viendo cómo le arrebatan su casa, le suben sus
intereses, y hasta pierde su empleo.
Alguien criticó estos movimientos, en especial, a los jóvenes, tildándolos de
monigotes en manos de sindicatos o intereses políticos diversos, o quizá de vagabundos
irresponsables o de envidiosos oscuros. No lo veo yo así. Quizá algún joven enemigo del
trabajo haya encontrado una excusa para salirse de sus obligaciones, pero la norma es
otra: lo que veo, lo que se percibe, es un descontento general que crece con el tiempo y
que debe ser tenido en cuenta, pues nace de las entrañas mismas de los pueblos, cuya
estabilidad es vital para nuestra existencia pacífica. ¿Y qué están diciendo estos
pueblos a sus gobernantes? Algo muy sencillo: gobiernen pensando en nosotros, no en sus
bolsillos.
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