| Tradiciones que sí vale la pena conservar... He notado en los últimos tiempos que ha
habido un creciente movimiento en pro del rescate de "valores".
Artículos de periódicos, correos electrónicos no solicitados (que suelen traer
presentaciones de Power Point con dibujitos bonitos, fotografías nostálgicas y frases
cliché), sesudas conferencias y hasta discursos infantiles (los cuales no suelen ser
escritos o pensados por los niños que los exponen) se enfocan con repetida insistencia en
las desgracias que caen sobre nuestra sociedad porque "hemos permitido" que se
"pierdan" nuestros "valores". Nadie explica realmente en qué
consisten los tan defendidos "valores", pero la insistencia es evidente. Nuestra
juventud se ha perdido, por falta de valores. Nuestra política se ha
perdido, por falta de valores. Nuestras familias se han perdido, por
falta de valores. Etc. Etc. Etc. ¿De cuáles valores están hablando?
No lo sé. No suelen explicarlo con detalle. De pronto, y sin previo aviso,
luego de una larga cháchara sobre los devaluados valores, estos brillantes defensores de
antaño se enfocan en nostalgias por nuestras "tradiciones". Que hay que
conservarlas, que hay que preservarlas, y va de nuevo. Tampoco se especifican de
cuáles se tratan.
¿Por qué lo critico? Pues por la simple razón de que no todos los llamados
valores -que suelen corresponder a creencias de antaño de variada naturaleza- ni todas
las tradiciones son dignas de ser conservadas, ni siquiera conviene. Cuando hablamos de amistad, amor,
honestidad, valentía, lealtad, y ese tipo de cualidades humanas, son ciertamente valores
que deben conservarse. Pero no son valores propios de una tierra o de una
época. Son rasgos de la conducta humana cuya aplicación siempre ha sido
beneficiosa para nuestras vidas y nuestras sociedades en todo sentido. Por eso son
valores universales: valen para todo tiempo y lugar. El problema es que son tan
generales que han de ser especificados para cada circunstancia, lo que da origen a
múltiples interpretaciones. Es en tales interpretaciones donde surgen las diferencias de
opinión, las censuras y las lamentaciones. Un valor como la discreción no
se entiende de la misma forma aplicada a un hombre que a una mujer, a un niño que a un
adulto, en 1950 y en 2008. Ha de ser reexaminado, reeditado casi.
Con las tradiciones la situación es aún más complicada. Si un país no
conserva sus tradiciones, puede perder su identidad, pero al mismo tiempo, las sociedades
humanas cambian y se moldean a nuevas circunstancias y nuevas relaciones, en las que
algunas tradiciones quedan desfasadas. ¿Cuáles conservar? ¿Todas? Eso es absurdo. Por ejemplo, la ablación femenina es una tradición
africana muy arraigada. También ha existido en otras partes del mundo. ¿Debemos
conservarla porque es una "tradición"? Obviamente, no. En un ejemplo menos dramático, se ha perdido la
tradición de preparar tamales en familia (en mi país). Sin embargo, los tamales se
siguen preparando, se venden incluso. ¿Qué es lo que debemos conservar
entonces? ¿Reunir a todo el mundo a preparar un alimento que ya nadie sabe preparar
pero que a todo el mundo le gusta comer o simplemente la costumbre de comer tamales en
Navidad?
Pienso, entonces, que defender tradiciones y valores sin aspiración de cambio es una
lucha perdida de antemano. Cambiamos todo el tiempo y es necesario hacerlo.
Entonces, lo que se debe conservar no es necesariamente la tradición en sí misma sino
sus saludables o convenientes efectos, si los tenía. Pienso en comidas ancestrales,
saludables y beneficiosas, que se siguen preparando hoy en día y que son verdaderas
tradiciones humanas, como el pan, el queso, el vino, las tortillas, los preciosos tamales, etc. y en la manera familiar y/o amistosa con
que se usan en eventos o ceremonias también beneficiosas, porque celebran verdaderos
valores universales, como la amistad, el amor o la unión familiar. Pienso en una
tradición tan hermosa, tan plena de significados universales, como es la Navidad, y en
que no debemos celebrarla así o asá (como dirán algunos inflexibles defensores
de lo antiguo), sino conservar su espíritu básico (la celebración de esos valores
universales de los que hablaba) y hacerlo con convicción y no por obligación. Esa
es una tradición que vale la pena conservar.
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