Buenos y malos hábitos
Me parece que es harto conocido aquella máxima de que todos los malos
hábitos se adquieren rápidamente mientras que los buenos son dificilísimos de
establecer. Y ciertamente lo creo. Los malos hábitos suelen corresponder con
costumbres fáciles, como no hacer nada productivo en horas muertas, como dormir más de
la cuenta o como comer embutidos con mucho queso y rosquetes envueltos en miel en vez de
hacer dieta. ¿Quién no sucumbe fácilmente ante conductas perezosas o indolentes? ¿A
quién le gusta realmente levantarse en la madrugada pudiendo dormir hasta las 10 de la
mañana? Malos hábitos, malos hábitos. ¡Qué fáciles que son!
El problema es que son malos precisamente porque más nos perjudican de lo que nos
benefician y terminan por hacernos pagar altas facturas médicas u hospitalarias, tanto en
el campo de la salud física como en el de la emocional. Por eso, siempre volvemos a la
necesidad de implantarnos buenos hábitos. Esos, los que cuestan.
No suelo leer libros de autoayuda con frecuencia, especialmente si están novelados, pues
me aburren, pero hace poco me di a la tarea de leer El monje que vendió su ferrari,
principalmente porque me lo dieron de regalo para mi cumpleaños y no quería defraudar a
quien me lo había dado, así que lo terminé. Como suele suceder con esta clase de
obras, venía cargado de consejos para alcanzar una vida mejor, la mayoría de ellos casi
utópicos para mí, y tal vez muy complicados. Sin embargo, un consejo que sí quedó
grabado en mi mente y que me pareció altamente práctico fue el del establecimiento de
los buenos hábitos. El libro establecía básicamente que ningún hábito se establece
realmente si no se le repite conscientemente por al menos 21 días seguidos.
Después de ese tiempo, la conducta ya no necesitará ser recordada conscientemente. Ya se
hará automáticamente, pues ya se habrá convertido en un hábito.
Me dije que era un buen consejo. Y me puse a pensar en todos aquellos actos que yo
hago como parte de una rutina y me di cuenta de que efectivamente los había iniciado sin
interrupción por más de tres semanas y allí se habían quedado, me gustaran o no.
He aquí entonces el objetivo de nuestro día: cualquier buen hábito que queramos o
necesitemos establecer... ¡hay que repetirlo por 21 días seguidos sin fallar!
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