| Imaginemos...  Ahora que vivimos en constante tensión por el
aumento en los precios del petróleo, y por ende, de los combustibles, del transporte
público y privado, y de todos los productos que tienen que ser llevados y traídos por el
transporte tradicional de carga, muchos nos ponemos a pensar en los fallidos intentos por
cambiar de fuentes de energía común que tanto han proliferado por ahí y que parecen no
haber cuajado. ¿Qué ocurrió con los autos eléctricos? ¿Qué hay de los combustibles
alternativos? Las respuestas
son dispersas y a veces es posible sospechar que muchos de tales iniciativas no
fructificaron porque topaban con grandes intereses, entre otras circunstancias. El
caso es que el tema vuelve al tapete y volvemos a oír sobre las ventajas de sustituir el
petróleo con otras fuentes energéticas. Para el caso, vi alternativas diversas y
me puse a imaginar las consecuencias de un cambio de esta naturaleza. ¿Es que, apartando
el problema del precio del petróleo y sus derivados, es tan nociva
nuestra actual manera de manejar la energía? Imaginemos...
Don Marco es un hombre de mediana edad que trabaja en una oficina en
el centro de la ciudad. Tiene unos 20 años de matrimonio con la misma mujer, doña
Alicia, y vive con ella en su pequeña casa familiar en los suburbios, junto a sus cuatro
hijos. Él es contador y ella se desempeña como secretaria de una firma de
abogados, que también se encuentra en el centro de la ciudad. Los hijos, dos
varones de 15 y 13 años y dos niñas de 9 (pues son gemelas), asisten todos al colegio,
tienen que desplazarse hasta sus centros educativos a varias cuadras de la casa en un caso
y al otro extremo del suburbio del otro.
Cada mañana, don Marco se levanta muy temprano y corre al diminuto
desayunador de la cocina para tomarse un café y comerse un par de tostadas, mientras mira
las noticias matutinas en el pequeño televisor que colocó por encima de los gabinetes,
mientras los chicos se pelean en el baño (el único de la casa), pues mientras uno
necesita usar el sanitario, el otro tiene que ducharse mientras que las niñas ya están
listas para cepillarse los dientes. Doña Alicia, por su parte, además de secarse
el pelo para quedar medianamente presentable, tiene que preparar los almuerzos de las
pequeñas y comer por lo menos una fruta para no viajar con hambre durante todo el
trayecto hasta el centro.
Don Marco desea fervientemente quitarse las orejas un rato, para no
escuchar el pandemónium que se sucede en el baño, pero sabe que es imposible escapar del
ruido familiar. Siempre ha soñado con poder comprar una casa más grande, con dos
baños al menos, donde pueda relajarse después del trabajo y donde no tenga que tropezar
con nada. Pero con su empleo y el alto costo de la vida, el sueño permanece como
sueño. Para empeorar las cosas, debe viajar en colectivo, pues aunque tiene un auto
pequeño y relativamente económico, en los embotellamientos del centro gasta tanto
combustible que hasta le duele el bolsillo. ¡Y ahora con los precios por las nubes...!
Finalmente, los chicos irrumpen en la cocina, justo en el momento en
que don Marco sale de ella. Apenas ve a doña Alicia de lejos, le tira un beso y
sale en estampida de la casa...
(continuará)
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