Un viaje a la montaña
La semana pasada tuve la feliz oportunidad de viajar a la
montaña sin la presencia ruidosa de mis pequeños traviesos. Era sólo una noche, así
que no tendría que lidiar con sentimientos de culpa de que los había dejado atrás, como
suele acontecer con madres como yo, y me sentía feliz de tener un breve contacto
"natural" en mi existencia permanentemente urbana.
Sin embargo, aunque los árboles comenzaron a abundar
conforme ascendíamos, era notable la presencia constante de casas y comercios a lo largo
de la carretera. Aún en cuestas empinadas podías notar edificios de variado tamaño y
color en la vera del camino, así como casas de habitación con muros, rejas y
portones metálicos, como son típicos en mi ciudad.
Casas, casas y más casas. Muros y rejas. Luces
artificiales, calles perfectamente pavimentadas, y seguíamos subiendo. Yo miraba
asombrada por mi ventana esperando encontrar el bosque. Bueno, pues, me quedé
esperando. Logramos llegar a un camino de ascenso flanqueado por una larga hilera de
pinos, bellísima por demás, pero éramos conscientes de que detrás de aquella hilera
arbórea había campos abiertos, calles y más casas.
Finalmente, llegamos al hotel. Un lindo hotelito de
montaña, con cabañas de madera, avenidas de flores y árboles, puentes de piedra,
habitaciones con chimenea y demás atributos románticos. Alrededor del hotel, un hermoso
bosque de cipreses gigantes completaba el cuadro. Sin embargo, detrás del cuadro,
¡había un residencial!
¿Dónde está la naturaleza? ¿Dónde están los bosques? No vi siquiera una ardilla
saltando de rama en rama, ni siquiera un pajarillo perdido. Nada. Residenciales, centros
comerciales, muros y rejas invaden la montaña de la misma manera que predominan en el
valle.
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