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BITÁCORA
17 de abril de 2006

Un viaje a la montaña

La semana pasada tuve la feliz oportunidad de viajar a la montaña sin la presencia ruidosa de mis pequeños traviesos. Era sólo una noche, así que no tendría que lidiar con sentimientos de culpa de que los había dejado atrás, como suele acontecer con madres como yo, y me sentía feliz de tener un breve contacto "natural" en mi existencia permanentemente urbana.

Sin embargo, aunque los árboles comenzaron a abundar conforme ascendíamos, era notable la presencia constante de casas y comercios a lo largo de la carretera. Aún en cuestas empinadas podías notar edificios de variado tamaño y color en la vera del camino, así como casas de habitación con muros, rejas y portones metálicos, como son típicos en mi ciudad.

Casas, casas y más casas.  Muros y rejas.  Luces artificiales, calles perfectamente pavimentadas, y seguíamos subiendo. Yo miraba asombrada por mi ventana esperando encontrar el bosque. Bueno, pues, me quedé esperando.  Logramos llegar a un camino de ascenso flanqueado por una larga hilera de pinos, bellísima por demás, pero éramos conscientes de que detrás de aquella hilera arbórea había campos abiertos, calles y más casas.

Finalmente, llegamos al hotel. Un lindo hotelito de montaña, con cabañas de madera, avenidas de flores y árboles, puentes de piedra, habitaciones con chimenea y demás atributos románticos. Alrededor del hotel, un hermoso bosque de cipreses gigantes completaba el cuadro. Sin embargo, detrás del cuadro, ¡había un residencial!
¿Dónde está la naturaleza? ¿Dónde están los bosques? No vi siquiera una ardilla saltando de rama en rama, ni siquiera un pajarillo perdido. Nada. Residenciales, centros comerciales, muros y rejas invaden la montaña de la misma manera que predominan en el valle.

 

 

 

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