| Imaginemos (II parte)... ¿Es que,
apartando el problema del precio del petróleo y sus derivados, es tan nociva
nuestra actual manera de manejar la energía? Imaginemos...
Don Marco llega exhausto a la parada del autobús. Se siente
cansado, agitado, se pregunta desesperadamente si ha olvidado algo, esperando de corazón
no haberlo hecho, y desea desde el lunes que sea viernes. Pero apenas llega a su
destino, tiene un terrible presentimiento: algo anda mal. Hay demasiadas personas en
la parada, muchas mirando el reloj y en la calle sólo se ven los autos particulares.
El autobús no llega. Molesto por lo que adivina, pregunta si alguien sabe la
razón de la tardanza. La mayoría deniega con la cabeza, pero de pronto un transeúnte
les muestra un periódico: ¡Huelga en el transporte público! Los autobuseros
quieren subir las tarifas, aducen el alto costo de los combustibles, pero el gobierno no
transa. Vaya, pues, don Marco no tiene más remedio que regresar a casa y sacar a la calle
su diminuto auto económico.
Como es de esperarse, los embotellamientos son
gigantescos. El sonido de los claxons, los gritos, los insultos, los intentos
fallidos de adelantar en falso, algún desesperado conduciendo contra vía y adentrándose
entre la marea de vehículos con total desprecio de la prudencia y el respeto. Don
Marco bufa de cólera y frustración. Ha tenido que desviarse de su ruta habitual,
no sólo para dejar a sus hijos en sus centros educativos, sino también para evitar los
embotellamientos. Pero no los ha evitado. Hay por doquier, y la huelga del transporte
público no da trazas de cesar. Doña Alicia, preocupada, viaja a su lado, pues necesita
alcanzar el centro para poder ir a su oficina.
La mañana comienza a tornarse bochornosa. Es un día húmedo, que
vaticina fuertes lluvias en la tarde o al término de la mañana, pero que se inicia con
un calor inaguantable. Don Marco siente además el humo de los coches penetrando en
su pequeña cabina y cómo se mezcla con el calor. Se ha aflojado la corbata y se ha
quitado el saco, pero ya está sudando. La rabia y la frustración que lo carcomen
no hacen si no empeorar su estado de ánimo. Doña Alicia siente que su maquillaje
se deshace sobre su rostro y que sus pies gimen aprisionados en sus zapatos de oficina.
Mira a su marido, suplicando silenciosamente por el aire acondicionado. Don Marco, en
cambio, tuerce el gesto. ¡Ni pensarlo! ¡No con los precios del combustible! A aguantar
el calor...
Una ruta alternativa se abre repentinamente a sus ojos. Sin dudarlo,
don Marco se desvía y penetra por estrechas callejuelas a una velocidad altamente
censurable. Pronto tiene que reducirla, de todas maneras. Las calles están en mal
estado. El pavimento se encuentra salteado de huecos y depresiones y el auto de don Marco
sufre con cada golpe. De repente, desemboca en una calle principal, extrañamente
descongestionada. Aliviado, continúa su camino, pero a los pocos metros vuelve a
bufar de cólera. ¡La calle ha sido recién asfaltada y el pavimento caliente amenaza con
estropearle las llantas! ¡Como si no tuviera suficientes tribulaciones!
Finalmente, en medio del ruido ensordecedor de los claxons, del humo
asfixiante de los tubos de escape, del febril tránsito de personas en tensión, don Marco
logra llegar a su oficina. Está muy malhumorado, sudoroso, cansado y hasta enfermo.
El humo le ha provocado una fuerte reacción alérgica. De pronto, sobre su
escritorio, vislumbra el colmo de su desdicha: ¡facturas! Vaya, además tiene que pensar
en pagar cuentas, varias de ellas de reparaciones pasadas del automóvil (muchas por culpa
de los huecos de las calles y el pavimento mal colocado, por cierto). Ah, y una
notificación: pronto estará al cobro el impuesto del ruedo, que "utilizará el
gobierno para mejorar el estado de las carreteras nacionales" (como si eso
ocurriera). Y un periódico del día, con su noticia cliché: el aumento (otro más) en
los precios de los combustibles y de todos los derivados del petróleo. ¡Vaya
comienzo de día!
Don Marco se encuentra deseando, no por primera vez, haber nacido mono
y pasarse la vida colgando de un árbol.
¿Existe alternativa? ¿Y si don Marco y todos los demás seres
humanos que pululamos por este planeta contáramos con otro tipo de energía?...
Imaginemos...
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