| Réquiem II Un mes de septiembre que se anunciaba tan húmedo, tan lúgubre, no podía
menos que proporcionar otro motivo de duelo. A niveles generales, los conflictos
armados continúan. Un accidente fatal en Tailandia cubre de luto muchas familias
de nacionalidades distintas. Y en el pequeño círculo de la literatura fantástica, ha
muerto un escritor grandemente apreciado, cuya saga es amada por miles de lectores, y que
deja un vacío en el horizonte: Robert Jordan.
Este escritor, cuyo verdadero nombre era James Oliver Rigney Jr., nació en Carolina
del Sur, en los Estados Unidos, en 1948. Se diplomó de física de The Citadel,
universidad militar, y participó en la guerra de Vietnam antes de dedicarse a la
escritura. Aunque escribió diversas obras, mucho se le conoce por una serie de
relatos basados en el personaje de Conan, creado por el escritor Robert E. Howard, entre
los cuales se haya la novelización de una de las películas del famoso personaje. Sin
embargo, su obra magna es la saga de  fantasía
épica llamada La
Rueda del Tiempo (The Wheel of Time), cuyo primer volumen se publicó en
1990 y se esperaba que terminara el último durante este año o el próximo. Sin
embargo, una enfermedad implacable, la amiloidosis, le cercenó todos sus planes y se
terminó por entregarlo a la muerte el 16 de septiembre pasado, con lo que dejó una
familia entristecida, una esposa viuda y una legión de admiradores no sólo dolidos sino
también atónitos.
Pienso que uno de los aspectos que más me conmovió de su repentino fallecimiento fue
el hecho de que, a pesar de saber que su enfermedad era mortal y de que posiblemente no le
quedaría mucho tiempo, hizo todo su esfuerzo por terminar su extensa y querida saga,
dictando notas, previendo esquemas, aclarando argumentos por si no le fuera posible
acabarla en persona. Y es que era una larga sucesión de 11 títulos que esperaban
el 12vo. como final glorioso de una aventura compleja. Este hecho lo retrata como un
artista responsable y dedicado, casi como el violinista de aquella escena del Titanic
(1997), en que hudiéndose el barco él sigue tocando. Este último volumen no será tan
sólo el final de una larga saga sino el homenaje póstumo hacia un autor apasionado con
su obra y que intentó vivir hasta el final con el optimismo de frente.
¿Qué más podemos decir? Lamentamos su muerte, pero agradecemos su legado, que
en términos de arte, suele ser universal y duradero. :(
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