| Soluciones ecológicas Recuerdo
la primera vez que compré mi primer árbol de Navidad artificial. Lo hacía a
regañadientes, porque siempre me habían gustado los árboles de ciprés, con su olor
natural y hasta con sus hojas pinchosas, pero mi esposo me había convencido de que era la
manera más responsable de cuidar de los árboles. Cada vez que compramos un ciprés
natural al final del año, lo estamos condenando a muerte. Y con nosotros, muchos
miles, cientos de miles de personas más. En cambio, con un árbol de plástico
habría un comprador menos, un ciprés que no muere, un año en que no somos parte de la
desforestación. Con semejantes argumentos, pues, accedí a la compra.
Era un árbol
grande, de color verde oscuro. Estaba bien dotado de ramas tupidas, por lo que una
vez armado por completo, se veía frondoso, bello, y podría soportar una carga abusiva de
los adornos que quisiera colgarle. No se parecía en realidad a un ciprés, pero al
menos era cumplidoramente decorativo. Y al menos había optado por una solución
ecológica.
Años después, tanta seguridad se vino al suelo. Leí en un artículo reciente
la enorme controversia suscitada precisamente por los árboles artificiales de Navidad.
Año tras año se producen por millones. Se gastan toneladas de plástico -el
cual es fabricado de fuentes no renovables y mucho menos limpias-, contamina el aire con
el humo de las fábricas, y luego, cuando se desechan, son arrojados a los vertederos,
donde permanecerán por los siglos de los siglos por venir. ¡Son de plástico! ¿Alguna
vez alguien ha visto que un árbol de plástico se degrade? Entretanto, los
cultivadores de pinos y cipreses limpian los campos, cubren
enormes extensiones de terreno de árboles naturales, que oxigenan el aire y sirven de
cobijo temporal para decenas de especies. No se cortan todos al mismo tiempo, pues
todos crecen a ritmos diferentes, por lo tanto, con la llegada de la Navidad, no hay
deforestación ni desiertos, tan sólo alegría en las tiendas y en las casas. Y al
final, los árboles muertos son devueltos a la tierra, donde desaparecen en cuestión de
semanas, por la acción de la naturaleza, que sabe muy bien qué hacer con ellos.
¡Ahí estaba mi solución "ecológica"! Me hice consciente de que mi
árbol de plástico -aún vigente y en pleno funcionamiento- sería algún día parte del
problema de la contaminación y no de su solución.
Ahora está en el tapete otra solución ecológica controvertida: los biocombustibles.
Son limpios, sí. No estropean los automotores ni la atmósfera, cierto.
Y son el producto de fuentes renovables de energía, como son las plantas (caña,
maíz, soya, etc.). Sin embargo, ¿son realmente ecológicos? ¿No están
representando la tala inmisericorde de miles de hectáreas de selva virgen para aplicarla
al monocultivo industrial de una sola especie vegetal destinada a llenar los tanques de
los autos? ¿Acaso están allí para solucionar el hambre y la pobreza? Los
alimentos suben, los combustibles no bajan, la tala continúa, el calentamiento global es
ya una realidad presente. ¿Estamos de verdad sosteniendo una alternativa ecológica
a los hidrocarburos? Pues tal parece que no es tan exacto.
Dependerá del tipo de cultivo, dicen algunos -pues
parece que la caña es más sustentable que el maíz en la producción del etanol, por
ejemplo-; dependerá del equilibrio que se sepa establecer entre las necesidades de
alimentar a los pueblos y las necesidades energéticas de estos mismos pueblos.
No lo sé.
Tan sólo pienso que deberían ser muy cuidadosas las soluciones que nos planteemos,
antes de llegar a descubrir que cuando pretendíamos ser muy ecológicos, tan sólo
aumentábamos el problema... :(
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