| Ley, muralla y voluntad El otro día vi un documental sobre la Gran Muralla China. En
realidad, como comprobé, se trataba de las murallas
chinas, pues la grande y turística es tan sólo una parte de un
conglomerado de murallas construidas a lo largo de los siglos por las antiguas dinastías
imperiales de Beijing. El documental, como suele suceder, resultaba desmitificador,
en la medida en que mostraba las debilidades y fallos de dichas murallas y de los
fracasados intentos por detener las invasiones bárbaras que venían de los mongoles y
otros pueblos de la época. A pesar de tanto sufrimiento, sangre y sacrificios, los
chinos debieron enfrentar en más de una ocasión reiterados ataques y horadaciones en sus
preciosas murallas. Y es que vivir y defender aquellas construcciones distaba de ser un
pasatiempo: implicaba en la mayor parte del tiempo una importante voluntad de sacrificio
que no siempre se veía justamente recompensada por las autoridades imperiales. O
mejor dicho, nunca se veía justamente recompensada. O al menos recompensada
del todo.
Fue en el marco de dicho documental que se consignó la famosa frase de Gengis Khan: las
murallas son tan fuertes como los hombres que las defienden. O algo por el
estilo. Y es que si los defensores se encontraban desmoralizados o no tenían fe en
lo que defendían, cualquier horda de forajidos bien armados y bien dispuestos podían
derribar sus defensas y atravesarlas. Así sucedía y así sucede.
Pensar en lo que decía Khan me hizo recordar famosas escenas de la literatura, como
aquélla en El Señor de los Anillos, cuando a pesar de contar con una fortaleza
prácticamente inexpugnable, los hombres de Minas Tirith necesitaron de toda la voluntad y
de todo el valor de un solo hombre -Gandalf, en ese caso- para poder defenderse y no ser
engullidos en el primer asalto de un ejército poderoso.
Igual podemos rememorar la película 300, realización cinematográfica del cómic
del mismo nombre, el cual tan sólo dramatizaba y glorificaba la férrea defensa que hizo
Leónidas y sus espartanos del paso de las Termópilas en una de las famosas guerras
médicas. Mientras la voluntad de aquellos hombres se mantuvo inquebrantable, no
hubo manera de atravesar el estrecho desfiladero. ¿Murallas? Inncesarias.
En nuestros días no solemos preocuparnos de las murallas. Ya no existen ni son
necesarias. Pero los problemas, los conflictos y las crisis continúan abatiéndose
sobre nosotros. Y algunas condenadamente cotidianas, nada dramáticas en la mayoría
de los casos, aunque con potenciales consecuencias sangrientas. ¿Un ejemplo? Las carreteras. Viajaba sobre la autopista para
dirigirme a un supermercado, cuando me rebasó un enorme furgón de esos que transportan
material inflamable, a toda velocidad por el carril de alta velocidad. ¿Qué
hacían los inspectores de tránsito? Nada. Admirar su uniforme y lo lustroso
de sus motocicletas. Y bien me dije: aquí no hay murallas, pero sí leyes.
¿Acaso serán éstas tan frágiles como aquéllas? Evidentemente. Podemos
entonces parafrasear a Gengis Khan y concluir que las leyes son como las murallas:
tan fuertes como los hombres que las aplican y defienden. Si la voluntad flaquea, no
habrá ley ni muralla que pueda ayudarnos a resolver nuestros más elementales problemas.
|
-
- |