| Contar una buena historia Ahora que nos hallamos en medio del frenesí de los
premios cinematográficos, se me ocurrió pensar (de nuevo) en lo que hace que un filme
enamore o repela un público. A diferencia de un libro, la película se apoya
decididamente en su capacidad para crear impactos visuales. El libro (la novela o el
cuento, en este caso, incluso el ensayo, cuyo paralelo cinematográfico es el documental)
debe ocuparse de un plano enteramente mental, donde la palabra escrita juega el papel
fundamental de crear "imágenes" en la mente. En el cine, en cambio, la
imagen y el movimiento se convierten en esencias de dicho arte, y el artista (o sea, el
cineasta) debe valerse de tales ingredientes para arrancar una respueta emotiva e
intelectual poderosa en el espectador (como suele intentar cualquier producción
artística). De hecho, mucho se ha hablado del uso (y abuso) de los recursos visuales -y
de sonido también, para el efecto- como los factores que convierten al cine en una
actividad artística de acceso más masivo que la literatura. Pero entonces, ¿por qué
filmes desbordantes en recursos audiovisuales y de acción feroz fracasan en la taquilla y
en la crítica? Si se cuenta con grandes actores (o al menos, muy populares), o se
han realizado finísimas animaciones digitales, si se han diseñado majestuosas bandas
sonoras, si se presentan escenas de fuertes emociones y explosión a granel, ¿por qué
algunas películas fracasan?
El otro día tuve oportunidad de ver, por primera
vez, una película que ya tiene varios años de haber sido llevada a la gran pantalla: Eyes
Wide Shut (Ojos bien cerrados - 1999), del fallecido cineasta Stanley
Kubrik. Al margen del contenido específico de la cinta, que no interesa ahora, esta
producción me sirve de ejemplo de lo que una buena película tiene de arte.
Siguiendo la historia, te das cuenta de que te sientes intrigado, de que puedes sentir la
angustia del personaje o de que puedes enojarte con él. Cuando te preguntas en qué
puede acabar todo aquel embrollo, la película cierra con una sola palabra, la cual resume
magistralmente y en todo su significado el origen de todo el conflicto. Y dices "¡guau!".
Entonces, ¿las buenas películas se reducen a buenos finales? Podría ser,
pero no es posible desembocar en un "buen" final si antes no se ha tenido un
"buen" desarrollo que le dé pleno sentido a ese desenlace. En otras
palabras, hacer una buena película, como hacer una novela o un cuento, arranca siempre en
saber contar (saber narrar) una buena historia. Desde cómo
comienza, hasta cómo termina, el buen cineasta no sólo sabe hacer uso de los recursos
del cine (trabajo actoral, escenografías, efectos especiales, sonido, música, etc.) para
producir fuertes impactos visuales o provocar reacciones emotivas de importancia, sino que
lo hace en el marco de una estructura narrativa sin fisuras.
Claro que no todas las películas exitosas en taquilla poseen méritos artísticos,
así como no toda la literatura publicada exitosa en ventas es realmente arte literario.
Este tipo de producciones suele tener argumentos simples sin pretensiones reflexivas o
estéticas, buenos elementos histriónicos y soberbios efectos, pero creo que no carecen
de ingenio narrativo suficiente, tal como sucede con algunos best sellers que a
pesar de no contar con una escritura excelente ni con un diseño profundo y complejo de
personajes o situaciones, suelen desarrollar argumentos bien armados que logran enganchar
a un público lector que sólo busca entretenerse. Volvemos, pues, a la habilidad de
contar una historia.
Dicen los responsables de Pixar que ellos no inician
una producción fílmica si no tienen una buena historia que contar. Observando su
desempeño a lo largo del tiempo, desde Toy Story (1995) hasta Cars (2006), se podría decir que llevan razón en sus
fundamentos: todas sus películas son memorables por su indiscutible calidad técnica y
por ser magníficos ejemplos de arte narrativo. En realidad, si nos paramos a pensar,
suelen ser las personas que saben contar historias (aunque sean de su vida diaria) las que
suelen llamar la atención de espontáneos auditorios muy atentos. ¿Dónde estriba
el éxito de algunos blogs si no es en su capacidad de emocionar a un público
anónimo con la historia personal del blogger contada casi por capítulos? Contar
una buena historia está en la esencia de los impresionantes poemas épicos del pasado, en
la popular actividad juglaresca, en los teatros abarrotados y hasta en la manera en que se
predica. Millones de productos se venden con base en "testimonios" (o sea,
buenas historias) contados con arte, con belleza, con ingenio. Y una buena historia
es lo que buscamos normalmente cuando compramos una entrada al cine. Resulta
entonces un arte de innegable valor, ante el cual un público oyente, o un público
lector, o un público espectador cae rendido sin condición, si está logrado, o se aburre
y cierra, si no ha logrado consumarse. Un arte que se despliega desde la
conversación más simple hasta la película más costosa. Cultivarlo equivale a asegurar
el éxito en la difícil misión de atraer audiencias. :)
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