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BITÁCORA
24 de Marzo de 2006

Romances de época

A veces me asalta la sensación de que vivimos en una época demasiado cínica, demasiado dura, y tal vez... amarga.  Los libros, las películas, las campañas políticas, los discursos, las canciones y hasta las teleseries parecen destilar mensajes subliminales o abiertos del más puro desencanto. Se habla de amor, pero se esboza la sospecha de que tal no es.  Se habla de bienestar del pueblo, pero casi todos piensan que a ningún político le importa realmente.  Se habla de lealtad o justicia, y todos temen que ya hayan pasado de moda. No es que lo censure, es que a mí ,y creo que a muchos coétaneos, me sucede lo mismo.  Mirar las buenas acciones bajo la lupa de la desconfianza se va volviendo un acto automático, ni siquiera pensado.

Pero el otro día, mientras leía un poco sobre Tolkien (uno de mis autores favoritos), que no tenía nada de cínico, por cierto, me dejé inundar por una ola de romanticismo por el cual corría el riesgo de verme tildada de cursi por mis compañeros de generación. Y es que como un detalle sin importancia, se hacía referencia a que Edith, la esposa del escritor, fue la base de inspiración del personaje de Lúthien, con cuyo nombre la llamaba su propio esposo y que muy bien se ocupó de fijar en el epitafio de su tumba.  Lúthien... pensé en miles de cosas, pero confieso, y no me importa, que me dejé ilusionar. ¡Qué hermoso romance de época! Y si puedo sentirlo tan fuertemente en mis venas, significa que no todo está perdido para mí, que aún soy capaz de ser romántica, de creer en sentimientos sublimes, de pensar en el amor como una fuerza espléndida, sin amarguras, sin segundas intenciones, sin sospecha. ¡Qué hermoso sentimiento! Lúthien, Estrella de la Mañana, la más hermosa y gentil criatura del Pueblo Hermoso creado por Tolkien. Digna de amor, de reverencia, de profunda admiración.  Su linaje no se extingue jamás. Y Tolkien no duda en decir, entre líneas, "es mi esposa".  Un detalle romántico, lleno de promesas.

Y volví a mirar de nuevo a mi alrededor. Creo, si pongo atención, que en realidad el cinismo es una máscara, por el temor al desencanto, pero aún se escribe sobre hermosos romances, que no son ingenuos pero tampoco amargos, y aún se habla de esperanza, de justicia y de lealtad, como valores auténticos y válidos.

Aún producimos auténticos romances de época (de la nuestra).

 
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