| La cultura de la impaciencia Veo un
anuncio comercial que anuncia un producto para quitar la celulitis y otros problemas
frecuentes en las piernas femeninas. Con numerosos testimonios de mujeres alabando
el producto, el narrador señala sus ventajas: "rápido, económico y sin
esfuerzo". En
no sé cuántas semanas -o días, creo-, las piernas de la cliente serán muy diferentes,
pues todos sus problemas habrán desaparecido por completo, gracias a los maravillosos
atributos del producto en cuestión. ¡En pocas semanas y sin esfuerzo! Otro
día, otro producto anuncia que se puede perder tallas y obtener un cuerpo escultural en
sólo unos minutos, si se aplica una crema cuasi milagrosa en la zona de interés.
Unos minutos y ya tendrías la cintura de tus sueños. En otro canal, un anunciante
te promete que dominarás una lengua extranjera -usualmente el inglés- en pocas
semanas. Dominio del idioma en pocas semanas. Rapidez y eficacia.
La
abundancia de estos productos anunciados se vuelve opresiva si se acompaña de la gama
maravillosa de productos tecnológicos que prometen comunicaciones instantáneas, según
las cuales ya no tendrías ni que esperar los segundos que ahora esperas para descargar tu
correo electrónico o para establecer una llamada. Ahora las comunicaciones son YA.
(Claro que no te pueden prometer que tu interlocutor te responda de inmediato si el
muy desconsierado no está prendado de la Internet las veinticuatro horas al día, cabe
señalar).
Hay que bajar de peso ya. Hay que tener un cuerpo escultural ya. Hay que
ganar muchos millones ya. Hay que recibir una respuesta ya. Todo es ya.
¿No estamos acelerando en demasía nuestras propias reacciones naturales, haciendo que el
tiempo sea un factor negativo en vez de considerarlo nuestro aliado para el éxito
seguro? Se dice que parte de la causa de la crisis financiera que hemos
atravesado y de la cual aún no nos recuperamos fue que los banqueros inventaron
instrumentos para ganar dinero rápidamente, sin percartarse de que construían sus
fortunas sobre bases nada sólidas. Otro factor fue el excesivo endeudamiento de los
deudores corrientes, quienes comenzaron hipotecar sus casas o a comprar más allá de lo
que sus ingresos les hubieran permitido, porque debían vivir su vida "ahora".
(Una conocida tarjeta de crédito tiene precisamente ese "eslógan"). No es de
extrañar que cuando la crisis estalló, nadie tuviera suficientes reservas para hacerle
frente.
Nuestra vida vertiginosa está mucho en nosotros. Nuestras películas aceleradas,
nuestras canciones aceleradas, nuestras respuestas aceleradas, nos han imbuido en un mundo
de impacientes, lo cual ha conllevado a colapsos y crisis cada vez más frecuentes.
La naturaleza lo hace todo a un ritmo pausado. Con paciencia erige enormes
montañas, taladra ríos, hace navegar inmensos témpanos de hielo. Con paciencia
evolucionaron las especies, el equilibrio fue perfecto en el universo y ninguna estrella
ni ninguna nube se acelera más de lo debido. Con paciencia se construyeron grandes
civilizaciones y se erigieron montañas enteras de conocimiento.
¿Por qué entonces nos hemos vuelto impacientes? Tal vez no sepa la respuesta,
pero creo que sería de ayuda si hoy mismo, a buen ritmo y con paciencia, construímos
poco a poco una vida sólida. :)
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