| Tormentas de polvo Un
día de estos vi un interesantísimo documental sobre las tormentas de polvo que se
desataron sobre varios estados del centro y sur de los Estados Unidos durante los años
30. Parte de Texas, Oklahoma y Kansas se vieron intensamente abatidos por una terrible
sequía que se prolongó por varios años y que causaron el derrumbe de muchos pueblitos y
zonas de cultivo, agravados de por sí por la espantosa Gran Depresión que ya causaba
estragos en el país. La sequía de esos años se vio acompañada por grandes tormentas de
polvo que azotaban la zona, causaban muerte y destrucción y arrancaban la tierra
pulverizada además. Llamadas "black blizzards" ("ventiscas negras"),
se las recuerda especialmente por la más grande de todas, ocurrida durante el año 1935
en las grandes praderas, que alcanzó las costas atlánticas y pasó por Washington D.C.
Eso es
historia, por supuesto. Luego de semejantes desastres, las cosas cambiaron durante muchos
años, hasta que en el 2007 la sequía volvió a azotar la misma zona y los científicos
del lugar comenzaron a lanzar químicos a las nubes para provocar las lluvias de forma
artificial. Pero, ¿qué puede hacerse contra la sequía?, podría uno preguntarse, ¿y en
qué me afecta a mí, si eso ocurrió hace ya muchos años y en la actualidad contamos con
métodos para provocar lluvias y evitar las tormentas de polvo? Pues, yo pienso que la
historia siempre es capaz de enseñarnos a evitar errores fatales, porque casi siempre
somos culpables en alguna medida de nuestras propias desgracias. Y resulta que las
"black blizzards" de los años 30 fueron causadas precisamente por la insensatez
y la irresponsabilidad del ser humano.
Durante cientos de miles de años, sino millones, las grandes praderas norteamericanas
presentaban un paisaje dominado por pastizales. Es una zona seca de por sí, pues no
llueve mucho, pero sí lo suficiente para que reverdezcan los pastos y miles de animales,
desde pequeños hasta grandes, se adapten y sobrevivan. Durante mucho tiempo, los
indígenas habitaron las praderas sin causarles daño y todo fue muy bien hasta que llegó
la civilización occidental y el gobierno instó a sus pobladores a sembrar masivamente en
esa zona. Quemaron los pastizales y remplazaron la vegetación autóctona que mantenía la
humedad del ambiente necesaria para crear la lluvia y la sustituyeron por cultivos
foráneos, que dejaron la tierra expuesta. La humedad decreció peligrosamente, no hubo
capacidad de regeneración natural de las nubes, y después de muchos años de abuso de
cultivos sin rotación ni renovación del suelo, se instaló la sequía. Al mismo tiempo,
como no llovía, la tierra expuesta se resecaba, se convertía en polvo y cuando llegaban
los vientos, éstos la levantaban con facilidad. Así se crearon las espantosas tormentas
de polvo, las cuales contribuían a su vez a mantener la sequedad de la tierra y la
ausencia de lluvia. Un círculo vicioso. Sólo con la introducción de nuevos cultivos
renovados, reintegración de zonas de pastizales y hasta la plantación de árboles, se
logró cortar el círculo y que las lluvias regresaran. Sin embargo, el nivel de abuso de
la agricultura extensiva se ha incrementado en los últimos años y hoy en día esas
tierras vuelven a padecer de los mismos defectos que presentaban en los 30. Y sin que
nadie quiera hacer nada por remediarlo.
No debería ser sorpresivo. En un informe
del 2001, la FAO ya determinaba que el 25 % del bióxido de carbono presente en la
atmósfera provenía de la agricultura, en particular de la deforestación y de la
pérdida de biomasa. Además de eso, otros factores ligados a la actividad agrícola, como
los rumiantes domésticos, los incendios forestales, el cultivo de arroz en los humedales
y los productos de desecho producen la mayor parte del metano que hoy se encuentra en
nuestro aire, mientras que los fertilizantes y el tipo de labranza tradicional son
culpables del 70 % de los óxidos nitrosos. Eso ubicaba la agricultura como una de las
grandes causantes del cambio climático tan grave que se cierne sobre nosotros.
A escasos días de la celebración del cumbre sobre el cambio climático en Dinamarca,
¿no debería ser este el momento en que recordáramos algunas lecciones históricas y
supiéramos ver que la ambición desmedida, las soluciones políticas facilistas y el
desprecio por los equilibrios naturales fueron y serán el causante de futuros desastres?
¿No es mejor prevenir las próximas tormentas, de polvo o de cualquier otra cosa, que
tener que sufrirlas? Es un deseo que nos permitimos expresar, pues en dicha cumbre tan
sólo se reunirán, como siempre, los políticos.
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