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BITÁCORA
24 de noviembre de 2009

Tormentas de polvo

du_ststor_msinusa.jpg (6716 bytes)Un día de estos vi un interesantísimo documental sobre las tormentas de polvo que se desataron sobre varios estados del centro y sur de los Estados Unidos durante los años 30. Parte de Texas, Oklahoma y Kansas se vieron intensamente abatidos por una terrible sequía que se prolongó por varios años y que causaron el derrumbe de muchos pueblitos y zonas de cultivo, agravados de por sí por la espantosa Gran Depresión que ya causaba estragos en el país. La sequía de esos años se vio acompañada por grandes tormentas de polvo que azotaban la zona, causaban muerte y destrucción y arrancaban la tierra pulverizada además. Llamadas "black blizzards" ("ventiscas negras"), se las recuerda especialmente por la más grande de todas, ocurrida durante el año 1935 en las grandes praderas, que alcanzó las costas atlánticas y pasó por Washington D.C.

dus_tdisaster.jpg (5587 bytes)Eso es historia, por supuesto. Luego de semejantes desastres, las cosas cambiaron durante muchos años, hasta que en el 2007 la sequía volvió a azotar la misma zona y los científicos del lugar comenzaron a lanzar químicos a las nubes para provocar las lluvias de forma artificial. Pero, ¿qué puede hacerse contra la sequía?, podría uno preguntarse, ¿y en qué me afecta a mí, si eso ocurrió hace ya muchos años y en la actualidad contamos con métodos para provocar lluvias y evitar las tormentas de polvo? Pues, yo pienso que la historia siempre es capaz de enseñarnos a evitar errores fatales, porque casi siempre somos culpables en alguna medida de nuestras propias desgracias. Y resulta que las "black blizzards" de los años 30 fueron causadas precisamente por la insensatez y la irresponsabilidad del ser humano.

Durante cientos de miles de años, sino millones, las grandes praderas norteamericanas presentaban un paisaje dominado por pastizales. Es una zona seca de por sí, pues no llueve mucho, pero sí lo suficiente para que reverdezcan los pastos y miles de animales, desde pequeños hasta grandes, se adapten y sobrevivan. Durante mucho tiempo, los indígenas habitaron las praderas sin causarles daño y todo fue muy bien hasta que llegó la civilización occidental y el gobierno instó a sus pobladores a sembrar masivamente en esa zona. Quemaron los pastizales y remplazaron la vegetación autóctona que mantenía la humedad del ambiente necesaria para crear la lluvia y la sustituyeron por cultivos foráneos, que dejaron la tierra expuesta. La humedad decreció peligrosamente, no hubo capacidad de regeneración natural de las nubes, y después de muchos años de abuso de cultivos sin rotación ni renovación del suelo, se instaló la sequía. Al mismo tiempo, como no llovía, la tierra expuesta se resecaba, se convertía en polvo y cuando llegaban los vientos, éstos la levantaban con facilidad. Así se crearon las espantosas tormentas de polvo, las cuales contribuían a su vez a mantener la sequedad de la tierra y la ausencia de lluvia. Un círculo vicioso. Sólo con la introducción de nuevos cultivos renovados, reintegración de zonas de pastizales y hasta la plantación de árboles, se logró cortar el círculo y que las lluvias regresaran. Sin embargo, el nivel de abuso de la agricultura extensiva se ha incrementado en los últimos años y hoy en día esas tierras vuelven a padecer de los mismos defectos que presentaban en los 30. Y sin que nadie quiera hacer nada por remediarlo.

a_gri_cult.jpg (11157 bytes)No debería ser sorpresivo. En un informe del 2001, la FAO ya determinaba que el 25 % del bióxido de carbono presente en la atmósfera provenía de la agricultura, en particular de la deforestación y de la pérdida de biomasa. Además de eso, otros factores ligados a la actividad agrícola, como los rumiantes domésticos, los incendios forestales, el cultivo de arroz en los humedales y los productos de desecho producen la mayor parte del metano que hoy se encuentra en nuestro aire, mientras que los fertilizantes y el tipo de labranza tradicional son culpables del 70 % de los óxidos nitrosos. Eso ubicaba la agricultura como una de las grandes causantes del cambio climático tan grave que se cierne sobre nosotros.

A escasos días de la celebración del cumbre sobre el cambio climático en Dinamarca, ¿no debería ser este el momento en que recordáramos algunas lecciones históricas y supiéramos ver que la ambición desmedida, las soluciones políticas facilistas y el desprecio por los equilibrios naturales fueron y serán el causante de futuros desastres? ¿No es mejor prevenir las próximas tormentas, de polvo o de cualquier otra cosa, que tener que sufrirlas? Es un deseo que nos permitimos expresar, pues en dicha cumbre tan sólo se reunirán, como siempre, los políticos.

 

 

 

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