| La Tierra y la cultura La semana que recién concluyó celebró dos días
significativos: el Día de la Tierra y -en el mundo hispano- el Día del Libro. El
primero, conmemorado a nivel internacional -aunque nada vistoso, si lo hemos de comparar
con otros días similares- se basaba en la necesidad de hacer conciencia en torno a los
peligros ambientales de nuestro tiempo. El ser humano, como parte integral del
planeta Tierra y principal destructor de sus ecosistemas y equilibrios climáticos,
debería hacer conciencia sobre su papel en el concierto general de la naturaleza y
emprender un nuevo curso, basado integralmente en el respeto, la conservación y la activa
solución de los problemas que él mismo ha causado.
No es nuevo el
daño que causa la actividad industrial. Desde mediados del siglo XVIII hasta
mediados del XX, la inconciencia ambiental marcó la pauta. Socavamos montañas,
arrojamos toneladas de gases tóxicos, abusamos de nuestros recursos y ensuciamos ríos,
lagos y mares. Incluso el espacio exterior fue víctima de nuestra irresponsable
manera de lidiar con los recursos planetarios. Las voces de alerta contra la
contaminación se vienen escuchando con mayor fuerza desde los años 70 y hoy en día
presenciamos algunos buenos resultados de toda esa actividad, como la reducción en el
agujero de la capa de ozono y la remoción de algunas especies de la lista en peligro de
extinción. Sin embargo, las amenazas continúan y sigue habiendo niveles de
contaminación gigantescos, gran cantidad de desechos químicos en ríos y lagos, y otras
formas de contaminación ambiental como el ruido, la congestión vial, etc. Aún
aquéllos que no "creen" en la responsabilidad del ser humano en el cambio
climático y el calentamiento global, no deberían tener más excusas para cambiar su
comportamiento con respecto a la Tierra: décadas de contaminación lo exigen.
Con respecto al Día del Libro, nos
enfrentamos a una realidad similar: más que celebrar la cultura hispana expresada
en el conocimiento y el arte que encierran los libros, el Día del Libro se ha
transformado en un día de conciencia, en una carrera por salvaguardarnos de la ignorancia
y el analfabetismo. Éste último no está presente sólo en aquéllos que no saben
leer y escribir, sino también en todos aquéllos que pueden leer pero nada de lo que leen
queda en sus conciencias. Aquéllos que no saben apreciar un libro, lo que éste
contiene y el inmenso favor que les hace a sus mentes y a sus vidas. Tantos niños y
jóvenes de hoy pasan sus días mirando la televisión o sumergidos en juegos de video no
contribuye a ese nivel de analfabetismo sutil que corroe la mayoría de nuestras
sociedades hispanas. Entonces, recordar lo que los libros significan, lo que
importan, y lo que conllevan, es un acto de conciencia vital para nuestros países.
Leer ya no será entonces una actividad simple, sino una necesidad social para el
desarrollo y la prosperidad.
La conexión entonces se establece en materia de conciencia, de lucha y de desafíos.
Cuanto más leemos, más nos informamos, más comprendemos... menos destruimos,
más edificamos, mejor vivimos. Cuanto más respetamos a nuestro planeta, mejor
prosperamos como seres humanos y como civilizaciones. Ambos días, entonces, están
íntimamente conectados en un mensaje común: nuestra conciencia.
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