26 de octubre
Lecciones y recordatoriosYa han pasado dos semanas aproximadamente
desde el famoso rescate de los 33 mineros de Chile. Ya ha corrido tinta, se han estrenado
documentales, se han pasado videos, entrevistas. Ayer mismo el presidente Piñera los ha
recibido en el Palacio de La Moneda y los ha obsequiado con una ceremonia formal,
agradable, en la que el señor Luis Urzúa, ex jefe del grupo y arquitecto de gran parte de su magnífica resistencia, ofreció un breve y
muy sensato discurso de agradecimiento y esperanza, que quedó mejor que los usuales
discursos de los políticos, quizá por no ser él mismo uno de ellos. También se les
obsequió una medalla del Bicentenario, pues todos recibieron el honor de ser los Rostros
del Bicentenario, y se les obsequió una banderita (al señor Mamani se le dio una de
Bolivia, gesto que me pareció muy cortés y acertado) y hasta había una pequeña
réplica de la Fénix, la cápsula que los sacó de su prisión.
Durante este tiempo hemos tenido la oportunidad de reaccionar a lo sucedido, de
comentarlo, de reflexionarlo. En mi caso particular, lo seguí con emoción (sí, lo
confieso, me emocioné, aunque ellos no fueran parte de mi familia, ni de mis amigos, ni
siquiera compatriotas, me emocioné), y luego me hizo pensar en la naturaleza humana, en
la manera en que abordamos nuestras tragedias y en la forma en que solemos reaccionar
frente a la desgracia. Somos seres emotivos, guerreristas, violentos, llenos de
contradicciones y a veces, por culpa de éstas últimas, aumentamos los problemas que de
otra forma se habrían resuelto con relativa facilidad. Y a veces, también, podemos ser
magníficos.
Pienso que la experiencia con los mineros en Chile sirvió de inspiración en un
momento dado a todo un mundo cansado de malas noticias, y también de lección de vida,
como se dijo muchas veces: lección de persistencia, de unión, de esfuerzo, de
dedicación, de disciplina (en el caso mismo de los mineros fue fundamental para su
supervivencia), y hasta nos mostró el rostro ansioso de un pueblo que quería creer y al
hacerlo, triunfó. Fueron, sí, lecciones de vida.
Pero también, creo, la experiencia sirve de recordatorio. ¿De qué? Pues de nuestra
naturaleza social y cooperativa. Mucho se ha dicho sobre la violencia y el egoísmo que
permea toda nuestra especie. Y se hace demasiado hincapié en nuestra capacidad
destructora. Existen, por supuesto, no lo vamos a negar y siguen siendo parte de nuestros
problemas. Pero si estamos aquí aún, en este mundo, si logramos sobrevivir en la larga y
cruel carrera evolutiva fue por otro rasgo bien inmerso en nuestra biología, tan inmerso
como los otros, tan importante y tan esencial como la misma necesidad de sobrevivir, como
es nuestra capacidad de unión. Como dije antes, somos seres sociales. En tanto nos
apoyamos los unos en los otros, de manera adecuada, es decir, a través del verdadero
esfuerzo de cooperación solidaria sin esperar beneficios directos y egoístas, somos
capaces de lograr casi cualquier cosa. Somos capaces de vencer, de sobrevivir, y de
moldear nuestro entorno y nuestro futuro. En la medida
en que mantenemos la confianza en el grupo, en que sabemos escuchar a un líder y éste es
responsable y auténtico, también sobrevivimos. ¿Qué habría ocurrido si los 33 mineros
hubieran dado pie a la desesperación, a la violencia y al bandidaje durante esos 17 días
que pasaron sin comunicarse con nadie? Habrían muerto todos, a la larga. O habrían
quedado pocos, y mal. Pero no cedieron al lado oscuro de la naturaleza humana. Contaron
con un buen líder, claro en sus ideas, seguro en sus premisas, y siguieron sus
indicaciones dentro de un margen de disciplina envidiable (sin castigos ni
autoritarismos), que les permitió sobrevivir solos, sin ayuda del exterior, sin
posibilidad de conseguir alimento por sus propios medios, sin posibilidad de llegar a
ninguna población o salir de la cueva por sí solos, por más de dos semanas. Cuando la
comunicación llegó, ellos estaban listos. Y cuando el rescate fue una realidad, la misma
disciplina, el mismo orden, la misma actuación en equipo, les permitió salir
relativamente rápido de esa cueva y disfrutar de su vida ahora en compañía de sus
familiares y allegados.
Por fuera, la solidaridad estuvo en el grupo
familiar, en el ánimo de los socorristas, en la voluntad de continuar una búsqueda que
bien hubieran podido dar por perdida y no lo hicieron. Lealtad al padre, al hermano, al
hijo, al esposo, al amigo. Lealtad que se traduce en cooperación, ánimo, apoyo. Que
contribuyó al éxito. Se demostró así que estos rasgos tan nuestros están vigentes, y
que a pesar de los problemas que podamos enfrentar, aún tenemos la capacidad de
resolverlos para bien y no para mal.
Ánimo, pues. Tenemos por delante el cambio climático, la desaparición de las
especies, el aumento de las enfermedades, el cambio energético, la posibilidad de luchar
contra egoísmos ancestrales. Y sin embargo, podemos resolverlos. Juntos, sin
individualismos extremos pero también, sin revoltijos absurdos. Cada minero cumplió una
función dentro de esa mina, pues aunque los seres humanos tenemos la misma dignidad, no
somos iguales como clones. Juntos, no revueltos. Sin extremos, somos capaces. Con ellos,
no sobrevivimos. :)
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