| Da qué pensar El
otro día tuve ocasión de mirar, por primera vez, el famoso documental de Al Gore llamado
"Una Verdad Incómoda". El tema central era el problema del calentamiento
global y las terribles consecuencias que acarreará para todos nosotros,
independientemente de nuestra afiliación religiosa o política, nuestra nacionalidad,
raza o sexo, nuestra posición económica o social. Al día siguiente de haber
visto el documental, el presidente Obama firmaba un decreto que elevaba las exigencias de
calidad y eficiencia en las compañías automotrices y otras similares, que se
caracterizan por la alta emisión de gases de efecto invernadero. Con las
consiguientes críticas, por supuesto.
Recordé entonces algunos sitios de propaganda anti-cambio climático que había visto
en el pasado. Pertenecen a gente que se autoproclama "no creyente" en el
cambio climático y que acusa a los gobiernos de usar el calentamiento global como una
excusa para "oprimir" a los pueblos más pobres, etc. Es decir, una
especie de teoría de la conspiración. (Lo de "no creer" en el cambio
climático o más bien, en el calentamiento global causado por el hombre, me parece un
argumento absurdo, pues no estamos hablando de postulados religiosos. No es cosa de
creer o no creer en el calentamiento global como si se tratara de creer en Dios o en los
ángeles. En todo caso, podría aducirse que las pruebas ofrecidas por los
científicos no son convincentes).
A raíz de las advertencias sobre el
calentamiento global, se ha gestado una fuerte reacción contra el uso de combustibles
fósiles, contra el despilfarro de energía, contra la tala indiscriminada de bosque,
contra la actividad minera tradicional y contra la urbanización masiva. Se habla a
favor del uso de energías de fuentes renovables, como el sol o el viento, a favor de un
cambio en las prácticas de construcción, de distribución de la energía, de la manera
en que cosechamos nuestros alimentos, etc. En otras palabras, el tema del
calentamiento global ha puesto sobre el tapete la necesidad de un cambio radical en la
estructura económica y energética del mundo entero. Es compresible entonces que
estos grupos escépticos se opongan y planteen nuevas teorías de la conspiración.
Yo creo que podemos dejar de lado el calentamiento global y centrarnos en cada uno de
estos temas por separado. ¿Es conveniente para el mundo seguir dependiendo de la energía proporcionada por el petróleo y el carbón?
No hablemos del impacto ambiental directo de la perforación de pozos, la desertificación
ocasionada por la tala de bosque y los desastrosos derrames de petróleo en grandes
extensiones de mar. Hablemos de la economía: ¿ha sido favorable para los países
petroleros, en particular para su gente, la industria petrolera? La respuesta, en la
mayoría de los casos es... no. ¿Qué pasa con la minería? Tristes,
desgarradoras historias en torno a los mineros, las consecuencias fatales en su salud y en
su vida, en la vida de sus pueblos, atestiguan que la minería tradicional, sea de oro,
diamantes, o carbón, sólo han traído malas consecuencias para grandes mayorías.
¿La destrucción de las montañas de Utah no es de por sí descorazonador cuando vemos
que bosques enteros son transformados en inmensos huecos desérticos? Las guerras
sucias del petróleo, mineral que se acabará más pronto que tarde, ¿no es señal
suficiente de que es mejor buscar una alternativa seria?
Creo que los problemas que ya tenemos con el petróleo, el carbón y la minería, da
suficiente qué pensar sobre la manera en que el consumo de energía se plantea en el
mundo. No es necesario creer que el calentamiento global es una amenaza directa a
nuestra seguridad y nuestra calidad de vida para comenzar a cambiar nuestras estructuras
de consumo. Ni es necesario pensar en teorías de conspiración. El mundo, de por
sí, ya llegó a un punto crítico. Seamos entonces valientes en nuestro modo de
pensar y de creer. Atrevámonos a cambiar.
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