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BITÁCORA
28 de agosto de 2006

Libertad creadora

feria_libr.jpg (4699 bytes)El otro día leí por ahí que algunos sectores intelectuales de nuestra sociedad consideraban degradantes e inpropiadas las ferias de libros, por considerar que "mercantilizaban" la cultura y que ésta debe estar "por encima" de la mercantilización y el consumismo.  Supongo que se expresaban en esos términos por el hecho de que a tales ferias asisten muchas veces las editoriales encargadas de publicar los títulos y que uno de sus objetivos más claros es la de vender sus publicaciones.  De hecho, cuando la gente asiste a tales eventos, suele considerar la idea de adquirir nuevos títulos y mucho se dejarán llevar por la presentación de la editorial, sus precios y demás.  Un evento colateral de dichas ferias serán las conferencias de algunos autores, o de representantes de entes culturales patrocinados por los gobiernos, etc.  Pero lo principal seguirá siendo la compra y venta de libros.

De nuevo nos topamos con aquella manida dicotomía entre el arte y el comercio.   Que el arte es sublime, el comercio terrenal. Que el arte es expresión de ideas y sentimientos, el comercio es vil manipuleo de emociones prosaicas. Que el arte es vital expresión de una cultura con C mayúscula, mientras que el comercio no es más que vileza y degradación de esa cultura. Etc., etc.  Casi casi como si habláramos de la lucha entre el bien y el mal, lo cual no deja de resultar considerablemente exagerado y poco realista, me parece.  Pues ¿no son las formas de comercio parte de una cultura viva y dinámica?  ¿No es en la manera en que se plantea el intercambio de bienes y servicios en que se define una manera de vivir que a la postre será uno de los pilares de toda cultura? El comercio no sólo es un simple intercambio. Resulta medio dinámico de difusión, de comunicación, de interrelación.  Con el comercio los pueblos no sólo suelen vivir en paz, pues no hay mayor enemigo del trasiego mercantil que la guerra, sino que también suelen interrelacionarse, influirse mutuamente y comunicarse. Un comercio saludable suele corresponder a una sociedad dinámica, la cual por cierto suele dedicar grandes esfuerzos e interés a las manifestaciones artísticas. Desde este punto de vista, no parece que el comercio sea enemigo del arte.

Ahora bien, ¿qué ocurre en una feria de libros? ¿Vendemos y compramos la cultura?   Difícilmente, siendo la cultura una dimensión humana tan amplia y compleja. La cultura se crea, se difunde, lo que se compra es un artículo en particular, un libro, que de casualidad tiene la posibilidad de transmitir y activar la cultura misma. Cuando los libros son presentados, cuando se habla de ellos, cuando se ofrecen al público comprador, aumentan sus posibilidades de ser leídos y de ser transmitidos. El conocimiento, por tanto, fluye y llega a más personas.  No es el único medio, claro está. También existen las bibliotecas y los centros educativos, pero es un medio aún así poderoso. ¿Que hay libros de baja calidad, concebidos sólo para engrosar el patrimonio de las empresas que los producen?  Bueno, siempre habrá artículos de toda clase, pero también están los libros buenos, los libros que constituyen verdaderas obras de arte, y que serán apreciados a su debido momento. Libros que los autores crearon de lo que llevaban dentro, de lo que deseaban expresar y decir, que llegarán a un público que los juzgará según su sentir.  Fruto de una auténtica libertad creadora. (Por supuesto que las dificultades para publicar existen y no todos los artistas logran alcanzar a su público deseado, pero al menos se cuenta con la probablidad de que tal fenómeno ocurra).

¿Qué pasaría si elimináramos las ferias, si destruyéramos el comercio de los libros, si volviéramos imposible que los autores vivieran de la venta de sus libros o de que existieran diferentes empresas que los publicaran?  Bueno, pues tendría que ser un Estado el que proveyera de libros al pueblo y tendría que ser él quien pagara a los autores para que pudieran vivir decentemente de su arte.  La idea resulta entonces terrible. ¿Un Estado jefe de artistas? ¿A dónde iría a parar la libertad creadora, la libertad de escribir lo que llevamos dentro, si por casualidad estos sentimientos o pensamientos chocaran con los intereses de estado? ¿No sería tal vez una cultura... "comprometida"?

El comercio no será un medio ideal de difusión de cultura, pero al menos es un medio eficaz, que a la postre garantiza la libertad del artista.  Tengo la impresión entonces de que la dicotomía no existe, tan sólo se contraponen elemenos que son en sí complementarios... Esbozados estos pensamientos, entonces puedo decir... ¡Vivan las ferias!

 

 
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