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BITÁCORA
29 de marzo de 2006

Cotidianeidades

Algunos abominan de las rutinas y hasta se les achaca la culpa del hastío y del aburrimiento normal de la mayoría de los mortales que habitamos este planeta complicado, y sin embargo, he estado pensando que si no fuera por ellas, nuestras vidas se trastornarían hasta el punto de la locura.   ¿No hay algo de tranquilizador en la rutina diaria?  Yo, al menos, aunque detesto la idea de tener que levantarme a las 6 de la mañana (antes me levantaba a las 5 y media y era peor), encuentro en mi rutina diaria un no sé qué de tranquilizador.   Ya sé qué tengo que hacer, cuánto tiempo debo invertir en ello, y más o menos cómo terminará todo.  Saberlo me permite pensar en otros asuntos, relacionados tal vez con mi familia o con mi trabajo, sin que se detenga el día por eso.  Sé que he de llevar a mis hijos a la escuela, que los besaré en el portón y que los volveré a ver luego de unas 7 horas de clase y otras emociones.  Sé que hacia las 10 de la mañana estaré frente a la computadora y que a las 12 del mediodía en la cocina.   Es un saber ineludible, eterno, permanente.  No me causa emociones especiales, pero tampoco me las altera.  Ahí está mi rutina, como un juego continuo de conductas preestablecidas.

Y un día, ¡vas y rompes con la rutina! ¡Es muy emocionante! ¡Divertido! Te sientes nuevo, te sientes alegre, te sientes incluso audaz.   Pero, ¿qué pasaría con esos sentimientos si no hubieras tenido una rutina que romper?  ¿No sería la vida más bien un angustioso cambio continuo sin expectativas rodeado de inquietudes?  A menos, claro está, que tu rutina sea precisamente tener que enfrentarte día a día con lo imprevisto.  Supongo que puede suceder, por ejemplo, en ciertos tipos de trabajo, donde el día a día siempre es diferente.  Y sin embargo, alguna rutina doméstica habrá por ahí que proporcione estabilidad.

Me gusta mi café de las nueve.  Me gusta recibir a mis hijos a las 2 y media y abrazarlos de nuevo.  Me gusta mi hora de lectura en la noche, con todos ellos, antes de que se acuesten para su descanso nocturno.   Y me gusta la deliciosa sensación de que en cualquier momento puedo romper con una de esas rutinas y de que me sentiré muy bien haciéndolo, para luego volver a ellas, en el refugio de su estabilidad. 

 

 

 

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