Cotidianeidades
Algunos abominan de las rutinas y
hasta se les achaca la culpa del hastío y del aburrimiento normal de la mayoría de los
mortales que habitamos este planeta complicado, y sin embargo, he estado pensando que si
no fuera por ellas, nuestras vidas se trastornarían hasta el punto de la locura.
¿No hay algo de tranquilizador en la rutina diaria? Yo, al menos, aunque detesto la
idea de tener que levantarme a las 6 de la mañana (antes me levantaba a las 5 y media y
era peor), encuentro en mi rutina diaria un no sé qué de tranquilizador. Ya sé
qué tengo que hacer, cuánto tiempo debo invertir en ello, y más o menos cómo
terminará todo. Saberlo me permite pensar en otros asuntos, relacionados tal vez
con mi familia o con mi trabajo, sin que se detenga el día por eso. Sé que he de
llevar a mis hijos a la escuela, que los besaré en el portón y que los volveré a ver
luego de unas 7 horas de clase y otras emociones. Sé que hacia las 10 de la mañana
estaré frente a la computadora y que a las 12 del mediodía en la cocina. Es un
saber ineludible, eterno, permanente. No me causa emociones especiales, pero tampoco
me las altera. Ahí está mi rutina, como un juego continuo de conductas
preestablecidas.
Y un día, ¡vas y rompes con la rutina! ¡Es muy
emocionante! ¡Divertido! Te sientes nuevo, te sientes alegre, te sientes incluso audaz.
Pero, ¿qué pasaría con esos sentimientos si no hubieras tenido una rutina que
romper? ¿No sería la vida más bien un angustioso cambio continuo sin expectativas
rodeado de inquietudes? A menos, claro está, que tu rutina sea precisamente tener
que enfrentarte día a día con lo imprevisto. Supongo que puede suceder, por
ejemplo, en ciertos tipos de trabajo, donde el día a día siempre es diferente. Y
sin embargo, alguna rutina doméstica habrá por ahí que proporcione estabilidad.
Me gusta mi café de las nueve. Me gusta recibir a
mis hijos a las 2 y media y abrazarlos de nuevo. Me gusta mi hora de lectura en la
noche, con todos ellos, antes de que se acuesten para su descanso nocturno.
Y me gusta la deliciosa sensación de que en cualquier momento puedo romper con una
de esas rutinas y de que me sentiré muy bien haciéndolo, para luego volver a ellas, en
el refugio de su estabilidad.
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