| Nuestra "época" Pasando de los temas graves a los livianos, el otro
día recordé una caricatura de Mafalda, en la que Quino hacía un apunte interesante
sobre nuestra manera de vernos a nosotros mismos. Ocurría algo así como que la
niña se acercaba a su padre y le preguntaba cómo era X cosa en sus
"tiempos". El padre, como era su costumbre, caía inocentemente en la
trampa verbal de su hija y respondió que en sus "tiempos" las cosas eran así y
asá. Mafalda entonces, con una de sus peculiares observaciones, le decía:
"Esperaba que me dijeras que éstos todavía son tus
tiempos, pero ya veo que estás ¡fiuuú!" Y cuando digo "¡fiuuú!"
volcaba el pulgar hacia abajo. El pobre hombre quedaba, como era de esperarse, muy
deprimido.
Por entonces pensé que Quino tenía razón. ¿Por qué decir "en mi época,
las cosas eran así" o "en mis tiempos, nosotros decíamos asá"? No hablo,
por supuesto, de todos aquéllos que aún no sobrepasan los 25 años, como mucho. Me
refiero al resto de los mortales que hace tiempo dejamos atrás dicha edad y comenzamos a
referirnos a nuestro pasado más remoto como "nuestra época". ¡Como si
estuviésemos acabados! ¡Como si fuésemos zombies o algo similar! Es
absurdo. Seguimos viviendo, respirando, trabajando y afectando nuestro entorno como
de costumbre. ¡Todavía vivimos en "nuestra época"! Todo aquel
vasto caudal de tiempo que transcurrió desde el infinito hasta el día antes de nuestra
concepción y todo aquel otro vasto caudal temporal que se extenderá tras nuestra muerte
son los únicos períodos que no podríamos calificar como "nuestra época".
El tiempo que se comprime entre ambos momentos, en cambio, es por derecho
legítimo, "nuestro tiempo".
Pensando en la posible razón que nos mueve a hablar de forma tan nostálgica, y hasta
cierto punto, deprimida, di con una explicación que se me antojó satisfactoria,
al menos para mí: Cuando somos niños, todo lo que encontramos en nuestro entorno,
está dado. Simplemente existe. Las reglas que se nos imponen tienen su razón
de ser en el porque sí y no suele ser motivo de preocupación o análisis si sucederán
cambios, si serán positivos o si nos conviene la situación que vivimos. El punto
sencillo es que encontramos la vida arreglada de cierta manera y aprendimos a verla como
lo natural.
Tal
percepción, creo, persiste durante la adolescencia. Vivimos tantos cambios
internos, y son tan perturbadores, que solemos encontrar reconfortante que el entorno
exterior continúe con su imperturbabilidad aparente. Y no nos percatamos gran cosa
de los cambios exteriores. Para nosotros, aún el mundo sigue siendo como es: como
lo encontramos en nuestra niñez.
Llegada la
adultez, firmes finalmente en nuestra verdadera naturaleza, nos hacemos conscientes de los
cambios que azotan continuamente el mundo. Y nos damos cuenta de que lo único
estable es que nada lo es. Aprendemos a vivir, a veces a sobrevivir, las diferentes
situaciones que la vida nos va presentando y tal vez, en el fondo, no deja de asustarnos
un poco la incertidumbre del futuro, en una u otra medida. ¿Dónde hallamos
entonces el consuelo de lo estable, de lo definido, de lo sólido? Pues en nuestra
niñez, cuando las cosas eran como eran y punto, sin cuestionamientos. Entonces,
comenzamos a hablar de "nuestros tiempos". "En mi época, las
maestras hablaban así" "En mi época, los niños jugaban en las
aceras", etc.
Llego entonces a la conclusión de que esa, "nuestra época", es en realidad,
el último refugio de nuestra cansada psicología en busca de lo seguro. Y seguimos
viviendo, tan campantes, sin percartarnos de que seguimos viviendo nuestra verdadera
época, de la cual el cambio es una constante. :)
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