| Poderosas aves que surcaban los cielos... Existe una magia inconfundible en la contemplación de la
naturaleza. Cuando entras en un parque zoológico, por ejemplo, y observas con
atención aquellas extrañas criaturas que comparten este mundo contigo y los tuyos, no
puedes menos que admirar la imponencia natural de un mundo en constante ebullición y en
lo colorida y maravillosa que puede ser la vida. Desde los imponentes mamíferos
cazadores que no querrías encontrarte en un paseo por la selva, como leones, tigres o
leopardos, hasta minúsculas aves de jardín o insectos de formas extrañas y hasta
escalofriantes, todos son cohabitantes contigo y luchan por conservar su lugar de la mejor
manera posible. Cuando los ves ahí moviéndose, comiendo, dormitando o jugando
quizá, te sientes en comunión y piensas en la vida. Pero qué diferente puede
resultar la experiencia si entras a un museo de historia natural. Un museo.
Como le tuve que explicar a mi hija de 6 años, en un museo todo está muerto. (Ella
reclamaba que los animales que veía ni se movían ni transpiraban y que no le gustaba
así).
Supongo que si entras en un museo tus reflexiones te llevan por los senderos de la
muerte y el final de las eras. El otro día visité con mi familia un pequeño museo
de historia natural ubicado en uno de los extremos de San José: el Museo La Salle.
Estaba organizado por tipos de animales y también por época. En el centro de la exhibición, antes de entrar a los
pabellones, se hallaba una pequeña colección de muestras de fósiles. Eran
réplicas de verdaderos fósiles de animales extintos hacía millones de años, en cuenta
un imponente tiranosauro rex, los huesos de una pata completa de braquiosaurio y hasta la
cabeza de un triceratops. Se exhibía asímismo fósiles auténticos de conchas y
animales acuáticos (que no impresionaron a mis hijos, como puede uno suponer) y un
esqueleto completo de un antiguo oso de las cavernas (¡que sí los impresionó! ¡igual
que a mí!). Mirar los fósiles y pensar en la extinción y la muerte es inevitable,
como lo es, supongo, considerar que nuestra especie en algún momento se encaminará hacia
su fin, como tantas otras miles lo han hecho en el pasado, preguntarse cómo seres tan
poderosos como aquellos imponentes dinosaurios no dejaron más que recuerdos y preguntarse
si alguna vez serán nuestros fósiles los que adornarán las salas de exhibición de
alguna otra especie inteligente, impensable hoy en día. Pero tales consideraciones
se pierden en la inmensidad de los tiempos, después de todo. No hay angustia ni
culpa en todo ello. Después de todo, el último tiranosaurio rex que respiró sobre
este planeta probablemente lo hizo hace 65 millones de años... ¡un periodo inconcebible,
en verdad!
En los pabellones adyacentes había muestras disecadas de animales que viven en nuestro
planeta hoy en día. Era una muestra diferente. Era la muerte enseñando sobre
la vida. Los ¡oh! y ¡vaya! se mezclan fácilmente entre los inocentes comentarios
de los visitantes cuando vemos aquellos terroríficas muestras de escorpiones y arañas,
por ejemplo, o las preciosas mariposas Morpho disecadas con sus colores
maravillosos intactos. Las exclamaciones continuaron al visitar los muestrarios de
peces y reptiles. Naturalmente, los que impresionan siempre son los grandes, los
imponentes. Tiburones, meros, tortugas loras, cocodrilos y lagartos gigantes. A
nadie le impresiona un pececito diminuto de color corriente, sino lo que es imponente, o
lo que es terrorífico o inmensamente bello.
En el apartado de las aves nos topamos de pronto con lo
bello, lo magnífico y lo temible a la vez. Un ejemplar disecado de águila arpía
estaba representado en el acto mismo de atrapar a su presa, un perezoso pesado y
voluminoso, sobre la copa de un árbol tropical. Miré esa ave con sumo interés. Ignoraba
que existiera, y mucho menos que lo hiciera en nuestra tierra. Era hermosa, más grande
que el águila real, de alas y patas muy poderosas. ¡Qué orgullo de ave! ¡Qué
magnífico despliegue de alas enormes! ¿Un animal así respira en nuestros bosques?
El paseo continuó con la contemplación de ejemplares disecados de mamíferos
imponentes, como un oso polar, un león africano, y hasta dos tigres de Bengala. Al
león y las leonas los conocíamos mi esposo y yo. Habían muerto años atrás en el
parque zoológico de la capital y los habíamos visto vivos cuando éramos niños. Buen
final. Orgulloso. El león estaba colocado sobre una roca y levantaba su cabeza con
gesto orgulloso. Tal vez nunca cazó en las sabanas africanas, no lo sé, pero al menos ya
muerto parecía que lo había hecho toda su vida. :)
Después de la visita, ya de vuelta en caza, supe que la magnífica águila arpía que
me había impresionado en el museo era una de las especies colocadas en la lista de
"peligro de extinción". En mi país, donde había cazado tantas veces, no
se veía a ningún ejemplar vivo desde 1963 y muchos zoólogos pensaban que ya estaba
extinta. Se sabe que algunos pocos todavía vuelan en algunas selvas de Suramérica,
y eso es todo. La muerte ronda en forma definitiva a una poderosa ave que zurcaba
los cielos con orgullo y no lo hace, como los grandes dinosaurios, porque ya le hubiera
llegado su fin natural, sino porque nosotros, los seres humanos, acortamos sus hábitats y
destruimos sus fuentes de alimento. La historia de siempre.
Me pregunté entonces qué debía aprender de mi visita al museo y si mis reflexiones
sobre la muerte y la extinción eran pertinentes. No lo sé. De lo que estoy
segura es que desearía fervientemente que esa extinción que nos amenaza a todos de forma
natural no llegue tan pronto para nuestros cohabitantes y vecinos exponentes de la vida.
Que podamos seguir contemplando podersoas aves surcando los cielos, respirando y
viviendo, como deseaba mi hija, y no sólo disecadas en un museo de historia
natural, mientras a nosotros mismos nos queden aliento y ganas de vivir. :)
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