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BITÁCORA
30 de septiembre de 2008

Sube y baja

wallstreet_crisis2.jpg (3888 bytes)Primer escenario: Wall Street.  Segundo escenario: el Capitolio.  Acciones: baja en la Bolsa, votación del Plan de Rescate de la administración Bush.  Resultado: debacle financiera.  Consecuencias: en todo el mundo.  Parece ajeno, pero no lo es y preocupa a mucha gente.  ¿Habría sido así si los congresistas estadounidenses hubieran apoyado el plan?  Posiblemente no, porque los inversores habrían recuperado su confianza y los bancos habrían comenzado a respirar con la esperanza de la recuperación. ¿Significa que un plan de ley puede corregir el terrible desastre financiero de Wall Street con la simple emisión de un voto?   No, por supuesto, pero el efecto en las emociones de los inversores es inmediato.   No es lógico, no es racional, es simplemente emotivo.  Y es que somos un compendio de emociones mezcladas, diarias y necesarias, que nos hacen actuar en un sentido u otro.

emot_ions.jpg (4099 bytes)Hace unos días leí un reporte sobre la incidencia de las emociones en el actuar humano.  Según las investigaciones de diferentes científicos, esa incidencia es significativa, tanto, que son la palanca que permite nuestras acciones en un sentido o en otro.  No importa cuán inteligentes seamos, o cuán tontos, si nuestras emociones no "entonan" con nuestro medio, podemos caer en el miedo y dejar de movernos en la dirección que necesitamos.  O por el contrario, gracias a ellas podemos sobrellevar e incluso superar las peores crisis, resolver problemas angustiantes y hasta salvar nuestras vidas.

No es casualidad ese dicho popular de que la necesidad es madre de la inventiva.   No hablamos del frío razonamiento de la conveniencia, sino de la profunda emoción de necesitar algo, lo que dispara nuestros canales creativos y logramos desarrollar grandes inventos o realizar importantes descubrimientos.  Son las emociones las que paralizan nuestra vida cuando nos deprimimos y son ellas las que disparan los resortes de la acción cuando nos llenamos de confianza.

Por eso se cayó la Bolsa.  El pánico, la depresión, el desánimo inmovilizaron a los inversores, embargaron a los banqueros, paralizaron entonces el progreso.  Una emoción poderosa y determinante.


 

 

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