| Somos como hormigas Los seres humanos
solemos considerarnos de forma muy especial. Sin duda, hemos de tener algo especial
para que hayamos alcanzado el grado de poder afectar de manera profunda el curso de
nuestro planeta o el destino de tantas otras especies con las cuales lo compartimos.
Sin embargo, a veces parece difícil recordar que seguimos siendo parte de él y de su
naturaleza y que en nuestro ser abundan los instintos programados. Pongamos por ejemplo,
las hormigas.
Sí, las hormigas. Seres fabulosos son
éstos. Organizadas hasta el grado de la más perfecta sincronización, construyen
inmensos hormigueros, intrincados y complejos, donde alimentan a sus crías y cuidan a su
reina. No paran nunca, no olvidan su objetivo y luego mueren. Se desplazan en
hileras ordenadas -y llenas de sentido- y siempre se dejan llevar por la
"información" que alguna de las exploradoras -verdaderas avanzadillas- les han
traído: donde hay comida y por dónde transitar para alcanzarla. Puro instinto.
Y nos damos el lujo de mirarlas como "seres inferiores".
El otro día, sin embargo, me percaté de
cuán hormigas somos. No en relación con el tamaño del Universo, no. Sino en
ese comportamiento fijo. Paseaba por el parque, de esos muy bonitos con muchos
senderos empedrados, árboles frondosos y zonas verdes. Un joven se bajó de un
automóvil y entró al parque. Iba presuroso. El parque está al lado de un
río y un puente lo conecta con un distrito habitado. El joven iba obviamente en
dirección del puente, pero no entró por uno de los senderos sino que lo hizo a través
del césped. Pensé, por un momento, que atravesaría el césped para alcanzar el
puente más rápidamente. Sin embargo, una vez que atravesó el primer trozo de
césped pronto cayó en el sendero y sin titubear, lo siguió. Por completo.
Describía una larga curva y descendía y volvía a subir para llegar al puente, pero él
no pareció considerar ni por un momento cortar camino. ¿Para qué? Allí
están los senderos. Y así se comportó otra muchacha que llegó más tarde,
mientras yo misma seguía los senderos mientras paseaba por el parque. Quienes
parecían querer cortar por el césped eran mis hijos, pero sólo por el placer de sentir
la hierba bajo sus pies.
Pensando cuidadosamente en los senderos, me di cuenta de que hacemos todo así, todo el
tiempo. Seguimos rutas trazadas, nos dejamos llevar por lo que dicen los noticieros,
por lo que nuestro vecino piensa y por lo que dijo algún autor famoso. Nos
agolpamos para ver pasar gente "especial" y seguimos las instrucciones al entrar
y salir de edificios públicos. Construimos enormes edificios, donde vivimos
nuestras vidas con el fin básico de alimentar a nuestras familias (nuestras
"crías") y ser felices. No somos tan diferentes de las hormigas. Y
está bien que sea así, pues demuestra que somos, después de todo, parte de este mundo y
estamos conectados entre nosotros...
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