| Ventaja comparativa El otro día vi un
programa -de forma accidental- que me causó una impresión agradable, no sólo por lo
bien hecho que estaba sino también por lo interesante que me resultó. De alguna
forma me puso a pensar en nuestra historia y en nuestros "valores" y del porqué
somos a veces tan insistentes en algunos de ellos. No era, como puede suponerse, un
programa religioso o filosófico, ni siquiera se trataba de uno de esos que intentan
darnos consejos sobre nuestra vida moral y
social. Era un documental puramente científico, que abarcaba desde la antropología
y la paleontología hasta la zoología más clásica. Giraba entorno a las diferencias y
similitudes entre la especie humana y los grandes simios y del porqué nosotros
dominábamos el planeta mientras ellos dependían de nuestra buena voluntad para seguir
existiendo, cuando compartimos más del 98% de nuestro ADN.
Ciertamente,
nuestras similitudes eran extrordinarias. La inteligencia de los grandes simios, su
capacidad de análisis, de resolución de problemas, de actuación en grupo, sus complejas
relaciones sociales y hasta políticas, nos hermanan. En algunos aspectos, ellos nos
superan. Por ejemplo, casi todos los grandes simios son físicamente superiores: más
fuertes, más resistentes, más ágiles. En relación con la memoria de corto plazo,
son claramente superiores: en todas las pruebas de memoria entre simios y humanos, ellos
ganaron (en particular, los chimpancés). Con respecto al pensamiento lógico,
fueron muy superiores a niños de 6 y hasta 8 años. Y nadie duda de que poseen la
capacidad para trabajar en equipo.
Sin embargo, los científicos descubrieron una interesante diferencia entre ellos y
nosotros. Aunque los chimpancés y los humanos tendemos a la cooperación
espontánea y al trabajo en equipo, en todas las pruebas fue evidente que nosotros
llevamos nuestro sentido de cooperación a extremos que ellos no comprenden. Somos capaces de ayudar sin recibir
nada a cambio, sin que esperemos recompensa o beneficio alguno. En otras palabras,
podemos ser fácilmente desinteresados, rasgo que se vuelve aún más interesante cuando
se descubrió que era genético y no cultural. Niños de menos de un año poseen el
fuerte instinto de ayudar al prójimo sin expectativa de recompensa y al mismo tiempo
asumen que el prójimo tenderá a ofrecerles una mano de ayuda sin interés. Aunado
a este rasgo, otra mutación genética importante lo reforzó: desarrollamos en algún
punto de nuestra evolución, la capacidad de combinación refinada de sonidos que dio
origen a nuestros complejos lenguajes hablados. Con esta característica adicional,
no sólo pudimos protegernos y ayudarnos, sino también supimos transmitirnos información
relevante de forma sistemática e inequívoca, no sólo entre nuestros coétaneos, sino
también de generación en generación.
Me dije
entonces que era interesante que aquellos rasgos genéticos que nos dieron la clave de la
supervivencia primero, y del dominio del mundo después, hayan sido expresados por
nuestras culturas en forma de valores supremos desde lo más oscuro de nuestros orígenes.
¿Qué son sino la compasión, la solidaridad, la hermandad, la lealtad, la amistad, el
amor, la ayuda mutua, la protección de los débiles más que expresiones refinadas de
esos marcadores genéticos que nos diferenciaron de nuestros primos y nos dieron la
oportunidad de trazarnos objetivos comunes, construir sociedades sólidas y complejas y
eventualmente un control patente sobre nuestro entorno? No es que no tengamos
también fuertes dosis de individualismo, egoísmo y otros rasgos comunes entre los demás
primates. Claro que los tenemos, así como otros instintos animales muy poderosos,
pero lo interesante es que también poseamos un distintivo propio, bien anclado en
nuestros genes, que nos hace precisamente humanos. ¿Y no es curioso también que
merced de ese marcador genético sepamos que tales "virtudes" son la única
manera de conservar vivo nuestro planeta y de garantizar a nuestros hijos y a nuestros
parientes primates un mundo adecuado para vivir? Así pues, esa ventaja evolutiva
que nos encumbró es la misma que nos mantiene vivos y la que nos da la esperanza de que
no destruiremos este planeta después de todo. :)
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