| ¿Consejos saludables o vidas estresadas? Estamos
en la onda de la salud. De entre todos los correos que recibo a diario con sus
correspondientes documentos adjuntos no es raro contar con una alto porcentaje que canta
las virtudes de una alimentación sana, de ejercicios frecuentes, de visitas al médico X
o Y, de apercibirse contra enfermedades del corazón, contra el cáncer, endémicas (como
las gripes), y otra serie de documentos que apuntan a sostener la salud
"espiritual" con frases filosóficas sacadas de pensadores del pasado o de
algunos del presente.
Además del correo electrónico están los noticieros. No hay uno solo que no
contenga algún segmento relacionado con la salud. Se saturan de reportajes sobre el
estado en que se encuentran las instituciones sanitarias del país, los problemas que
acarrean, la existencia de nuevas enfermedades o descubrimientos importantes sobre viejos
males, además de presentar segmentos en que se brindan consejos para los ciudadanos,
desde cómo atender una gripe hasta cómo pagar un seguro médico sin que represente la
ruina de la familia. Con respecto a la salud emocional o espiritual, abundan
también los consejos psicológicos para atender niños y adolescentes, para relacionarse
en el trabajo, para llevar una buena vida de pareja, o para alcanzar la paz espiritual
(que se da por sentado que casi nadie disfruta).
Las revistas, los periódicos y multitud de
títulos completan un panorama casi obsesionado con la salud, tanto física como
espiritual. Consejos y más consejos abundan entorno a cada aspecto que pueda enfermar
nuestro cuerpo o atormentar nuestro espíritu. Tal es la abundancia de información que
muchas veces, pienso, crea confusión e incrementa el estrés. He conocido a mucha
gente que alarmada de estar consumiendo calorías en exceso, de no estar haciendo
suficientes ejercicios físicos, de no haber bebido la cantidad de agua
"necesaria" y tal vez, de no estar "comprendiendo" a sus hijos o sus
amigos o su cónyuge, que se enferman de puro estrés.
Ante todo esto, me pregunto: ¿no nos estaremos enfermando de tanto preocuparnos por no
perder la salud? Me parece que la respuesta es un lamentable sí.
Y por otro lado, ¿dónde está el sano estímulo de la mente, el ejercicio que nuestro
cerebro requiere para no atorarse en sí mismo? De tanto que tienes que asistir al
gimnasio, tomar varios vasos de agua al día, seleccionar sólo comidas sin grasas,
fortalecer tus relaciones personales y escuchar a cuanto familiar abatido encuentres,
¿cuándo tomas un libro, por el puro placer de leerlo -no porque te aporte información sobre tu salud, ojo-, en el que tu
imaginación tiene un instante de solaz, donde tu estrés diario desaparece y tu cerebro
se ejercita sin que tengas que preocuparte por ello? La respuesta parece ser
"casi nunca". ¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste de una comida
deliciosa, sin que tuvieras que contar sus calorías o sus grasas, sin que te importara si
era nutritiva o estimulante, sentado a la mesa, sin pensar en otra cosa que no fuera el
disfrute mismo? Yo creo que eso ya casi no sucede. ¿Cuántas veces has estado
en casa, jugando una partida de naipes o un juego de preguntas con tus hijos mayores, o un
poco de pelota con tu hijo pequeño, o disfrutando de una película con tu cónyuge, sin
que te estés preocupando de su psicología o de su estabilidad espiritual o emocional?
Es una imagen tan infrecuente que muchos ni siquiera la reconocerían.
Gracias por los consejos, diría yo, pero ya no más. Si quiero estar de verdad
saludable, tengo que cerrar los oídos por un buen rato y olvidarme de la preocupación
por la salud para poder hacer algo que se ha quedado en el olvido: disfrutar la vida.
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