23 de diciembre
Hora de buenos deseosDedicaré este espacio, en estos últimos días
del año 2009, a desearles mis mejores deseos para una cálida celebración y un próspero
reinicio el año próximo, un 2010 mejor para todos (y más sensato, espero):
¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO 2010!

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16 de diciembre
1.5°
Como siempre, las divergencias humanas se imponen sobre
la lógica. A tres días del cierre de la Cumbre de Copenhague, los acuerdos están muy
lejos de ser alcanzados y sólo prevalecen las diferencias entre los países más
poderosos del mundo. "Responsabilidad histórica" y "compromisos
específicos" parecen lemas de partidos políticos, mientras nuestro futuro está en
juego.
¿Qué han dicho los científicos? Ellos no toman decisiones políticas. Ellos
estudian, observan, comprueban y diagnostican. La conclusión es estremecedora: 2° grados
es una meta insuficiente. El océano se está calentando a un ritmo mucho más acelerado
de lo que se había anticipado. Nos quedaremos sin hielo ártico en una década o incluso
en un lustro al paso que vamos, y muchas de nuestras islas desaparecerán
catastróficamente en unos cuantos años más. Es vital, es esencial que se corten las
emisiones de CO2 y que se instalen alternativas viables de obtención de energía limpia.
¿Qué se puede hacer? Los científicos han dicho que la humanidad tiene la tecnología y
el conocimiento para revertir el calentamiento global, pero no se puede hacer nada si los
políticos no deciden el curso de la historia.
¿Qué dicen los políticos? Tantas cosas y todas inútiles. ¿Responsabilidad
histórica? Bueno, permitir que China, la India, Rusia y Brasil sigan contaminando como
locos sólo porque son países "en desarrollo" es absurdo. Por más
responsabilidad histórica que tengan los países del Primer Mundo, al planeta le importa
muy poco quién lo inflama con gases de efecto invernadero. Si lo hace un país
subdesarrollado o un país desarrollado, la naturaleza lo procesa igual. En este sentido,
todos tenemos la responsabilidad histórica de parar la contaminación. Todos. Incluidos
los pequeños y con mayor razón, los emergentes, cuyos actuales "progresos"
vienen acompañados de mucha basura ambiental.
¿Compromisos específicos? Es hora de que los países ricos paguen la factura. Deben
impulsar sus propias reformas energéticas, pero a la vez, poner un coto a las actividades
de sus empresas, que hacen lo que quieren en países tercermundistas, a donde llegan a
contaminar sin consecuencias. No más. Es hora de que los países ricos financien
programas específicos también en países subdesarrollados, y hagan posible el desarrollo
de manera "limpia". Y en cuanto a los políticos de países pobres: se acabó la
fiesta. La corrupción, la demagogia, las dictaduras disfrazadas son enemigos del progreso
y del ambiente. Aquí no estamos con asuntos de ideología. Al planeta no le importa si
quien lo contamina es un país socialista o capitalista. Ninguno debe contaminar y ciertos
países mal llamados "socialistas" deberían enfocar sus energías en crear
sociedades sostenibles en vez de invertir tanto dinero en armas, plantas nucleares y
retóricas inútiles.
1,5 ° grados es el techo: ya está dicho. En Copenhague está la última palabra.
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7 de diciembre
Ahora, en Copenhage
Después
de tantos preámbulos sin mucho éxito, finalmente la Cumbre de Copenhage (Dinamarca) ha
comenzado, con representantes de 192 países y con vistas recibir a grandes líderes
mundiales, incluyendo a Barack Obama hacia la otra semana. Nadie duda que sea importante a
estas alturas, pues puede decirse que se discute el rumbo que nuestro planeta habrá de
tomar en materia energética y económica durante los próximos años, aunque las voces
escépticas insistan en afirmar que el cambio climático ni es nuestra responsabilidad ni
es tan grave como se anuncia. ¿Qué se decidirá? ¿Se decidirá algo? Eso está por
verse. El problema con este tipo de conferencias internacionales es que suelen quedarse en
intenciones más que en medidas concretas y puede que la situación del clima siga tal
cual durante los próximos años.
En mi humilde opinión, hacer algo es
indispensable. Creas o no en que el calentamiento global es causado por el ser humano, lo
que es innegable es que vivimos rodeados de una extrema contaminación ambiental que no
puede traernos beneficios. Los países petroleros insisten en que el ser humano no es
responsable de que la Tierra se caliente, obviamente intentando defender un status quo que
sólo a ellos conviene, pues en el cuadro sus productos -petróleo y derivados- son los
principales causantes del aumento de la temperatura. La verdad, poco importa a estas
alturas si el calentamiento lo producimos
nosotros o no. La contaminación del aire es ostensible responsabilidad nuestra y nuestros
pulmones están pagando las consecuencias ya y ahora. Los petroleros pueden decir lo
quieran, pero que sus productos nos son perjudiciales no lo oculta nadie de ninguna forma.
Que debemos cambiar nuestras estructuras energéticas es imperioso, más allá del
calentamiento global, y que debemos hacerlo ya, también.
Ahora bien, estimo poco probable que las emisiones de CO2 sean tan inocentes como ellos
quieren hacerlo ver. La verdad es que la Tierra se está calentando y la verdad es que
nuestras emisiones de gases invernadero están contribuyendo a ello, lo hayan causado en
primera instancia o no. Doble razón para regularlas, e inclusive, para eliminarlas.
Por otro lado, es evidente que estamos extinguiendo especies a un ritmo anormal y
peligroso, no sólo en el Reino Animal sino también en el Vegetal. También es evidente
que nuestras estructuras agrícolas no están funcionando de manera eficaz para alimentar
a toda la población del mundo. Se necesita un cambio sustancial en la manera en que
tratamos a la naturaleza y también en la manera en que aprovechamos nuestros recursos. Y
en cómo los desechamos. Recordemos que el
Océano Pacífico sostiene en estos momentos una inmensa mancha de desechos que no
desaparecerán hasta dentro de cientos de años, mientras que nuestro espacio exterior
comienza a llenarse de desperdicios. Reciclaje, reutilización, reconversión, tantas y
tantas ideas han surgido para deshacernos de la basura y proveernos de energía sostenible
que es un sinsentido seguir pensando que podemos mantener el estado de las cosas tal cual
están.
Esta responsabilidad es compartida. No es cosa sólo de los países "ricos"
ni significa que los "pobres" tienen licencia para contaminar en aras de un
supuesto "desarrollo", porque no es cierto eso de que sólo se puede avanzar
económicamente de una sola manera. Existen miles de formas de ser próspero sin necesidad
de arrojar nuestra basura al vecino. El cuento chino de muchos de nuestros países
subdesarrollados de que limitar las emisiones o adoptar medidas de reciclaje retrasa el
desarrollo es sólo eso: un cuento chino. Y va lo mismo para las medidas contra la
minería tradicional y otras plagas "industriales" que sólo han contaminado
nuestros recursos naturales y anclado nuestros países en el subdesarrollo que pretenden
combatir.
Así que pensemos bien lo que debemos hacer. Esta Navidad puede traernos el mejor
regalo o la peor desilusión. Por el bien de todos, espero que sea lo primero.
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24 de noviembre
Tormentas de polvo
Un
día de estos vi un interesantísimo documental sobre las tormentas de polvo que se
desataron sobre varios estados del centro y sur de los Estados Unidos durante los años
30. Parte de Texas, Oklahoma y Kansas se vieron intensamente abatidos por una terrible
sequía que se prolongó por varios años y que causaron el derrumbe de muchos pueblitos y
zonas de cultivo, agravados de por sí por la espantosa Gran Depresión que ya causaba
estragos en el país. La sequía de esos años se vio acompañada por grandes tormentas de
polvo que azotaban la zona, causaban muerte y destrucción y arrancaban la tierra
pulverizada además. Llamadas "black blizzards" ("ventiscas negras"),
se las recuerda especialmente por la más grande de todas, ocurrida durante el año 1935
en las grandes praderas, que alcanzó las costas atlánticas y pasó por Washington D.C.
Eso es
historia, por supuesto. Luego de semejantes desastres, las cosas cambiaron durante muchos
años, hasta que en el 2007 la sequía volvió a azotar la misma zona y los científicos
del lugar comenzaron a lanzar químicos a las nubes para provocar las lluvias de forma
artificial. Pero, ¿qué puede hacerse contra la sequía?, podría uno preguntarse, ¿y en
qué me afecta a mí, si eso ocurrió hace ya muchos años y en la actualidad contamos con
métodos para provocar lluvias y evitar las tormentas de polvo? Pues, yo pienso que la
historia siempre es capaz de enseñarnos a evitar errores fatales, porque casi siempre
somos culpables en alguna medida de nuestras propias desgracias. Y resulta que las
"black blizzards" de los años 30 fueron causadas precisamente por la insensatez
y la irresponsabilidad del ser humano.
Durante cientos de miles de años, sino millones, las grandes praderas norteamericanas
presentaban un paisaje dominado por pastizales. Es una zona seca de por sí, pues no
llueve mucho, pero sí lo suficiente para que reverdezcan los pastos y miles de animales,
desde pequeños hasta grandes, se adapten y sobrevivan. Durante mucho tiempo, los
indígenas habitaron las praderas sin causarles daño y todo fue muy bien hasta que llegó
la civilización occidental y el gobierno instó a sus pobladores a sembrar masivamente en
esa zona. Quemaron los pastizales y remplazaron la vegetación autóctona que mantenía la
humedad del ambiente necesaria para crear la lluvia y la sustituyeron por cultivos
foráneos, que dejaron la tierra expuesta. La humedad decreció peligrosamente, no hubo
capacidad de regeneración natural de las nubes, y después de muchos años de abuso de
cultivos sin rotación ni renovación del suelo, se instaló la sequía. Al mismo tiempo,
como no llovía, la tierra expuesta se resecaba, se convertía en polvo y cuando llegaban
los vientos, éstos la levantaban con facilidad. Así se crearon las espantosas tormentas
de polvo, las cuales contribuían a su vez a mantener la sequedad de la tierra y la
ausencia de lluvia. Un círculo vicioso. Sólo con la introducción de nuevos cultivos
renovados, reintegración de zonas de pastizales y hasta la plantación de árboles, se
logró cortar el círculo y que las lluvias regresaran. Sin embargo, el nivel de abuso de
la agricultura extensiva se ha incrementado en los últimos años y hoy en día esas
tierras vuelven a padecer de los mismos defectos que presentaban en los 30. Y sin que
nadie quiera hacer nada por remediarlo.
No debería ser sorpresivo. En un informe
del 2001, la FAO ya determinaba que el 25 % del bióxido de carbono presente en la
atmósfera provenía de la agricultura, en particular de la deforestación y de la
pérdida de biomasa. Además de eso, otros factores ligados a la actividad agrícola, como
los rumiantes domésticos, los incendios forestales, el cultivo de arroz en los humedales
y los productos de desecho producen la mayor parte del metano que hoy se encuentra en
nuestro aire, mientras que los fertilizantes y el tipo de labranza tradicional son
culpables del 70 % de los óxidos nitrosos. Eso ubicaba la agricultura como una de las
grandes causantes del cambio climático tan grave que se cierne sobre nosotros.
A escasos días de la celebración del cumbre sobre el cambio climático en Dinamarca,
¿no debería ser este el momento en que recordáramos algunas lecciones históricas y
supiéramos ver que la ambición desmedida, las soluciones políticas facilistas y el
desprecio por los equilibrios naturales fueron y serán el causante de futuros desastres?
¿No es mejor prevenir las próximas tormentas, de polvo o de cualquier otra cosa, que
tener que sufrirlas? Es un deseo que nos permitimos expresar, pues en dicha cumbre tan
sólo se reunirán, como siempre, los políticos.
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9 de noviembre
Hace veinte años...
Yo fui niña en un mundo que daba al Muro de Berlín como un hecho dado. Para
mí y para toda la generación que nació conmigo, era casi un factor de la Naturaleza:
siempre había estado allí y nada nos hacía pensar que se iría algún día. Vivíamos
una infancia despreocupada en un ambiente de Guerra Fría: los Estados Unidos y sus
aliados por un lado, la Unión Soviética y los suyos por el otro. El Muro era tan sólo
un ejemplo físico, tangible, de una realidad política envolvente. ¿Había tensión?
Siempre. Y a veces, cuando nos poníamos sensibles, nos preocupábamos. A mí me pasó
hacia los doce años, cuando creí de verdad que la Tercera Guerra Mundial era un hecho
inevitable e ineludible...
Pero los años siguieron pasando y la verdad es que estábamos hechos a la idea del
Muro. Al principio, en mi inocencia, creía que rodeaba todo el borde de Alemania
Oriental. Luego aprendí que aunque había puestos de vigilancia y alambradas, el Muro
estaba sólo en Berlín, lo cual era más que suficiente. También aprendí que no era un
muro para impedir la entrada de nadie, como solía suceder con los clásicos muros que
rodeaban las ciudades medievales (o con algunos muros del presente, que también suscitan
resentimientos y conflictos, pero de naturaleza diferente). Era un muro para impedir la
salida de los ciudadanos. Era un muro-prisión.
¿Nos parecía horrible? Pues, en la medida en que niños y adolescentes podíamos
imaginar cómo era vivir encerrados, tal vez sí. Pero de nuestro lado del océano,
viviendo yo en un país libre -en casi todos los sentidos- era una noción digna de
película de Guerra Fría: distante, ajena, y siniestra. Iba acompañada de un sentimiento
fatalista: así habían sido las cosas antes de nacer y así seguirían siendo, pues nada
apuntaba a que Alemania Oriental fuera a cambiar su rumbo en el cercano o lejano futuro.
Y de pronto, un 9 de noviembre hace veinte años, cuando yo ya asistía a mis
cursos universitarios y moldeaba mi futuro personal de acuerdo a objetivos locales, la
noticia dio la vuelta al mundo e impactó mi realidad y la de toda mi generación:
¡Había caído el Muro! ¿Era posible vivir en la Historia? Encender los aparatos de televisión, leer los diarios, escuchar las noticias,
todo fue tan extraño como surrealista: ¡de verdad se estaba cayendo! ¡Lo estaban
botando a pedazos! Los alemanes jóvenes bailaban y gritaban sobre aquella construcción
tan odiada y odiosa, que jamás creímos ver derrumbada y que ahora corría el peligro de
desvanecerse de la noche a la mañana. ¡Había caído el Muro! (aunque en la realidad se
había abierto, era tan sólo el principio de su fin...) ¿Es posible entonces creer que
el mundo puede dar giros inesperados y cambiar el concepto que tienes de tu realidad? ¿Es
posible creer que se puede vivir y hacer Historia? Hace veinte años, supe que sí. Y a lo
largo de estas dos décadas, donde tantos cambios violentos e inesperados han continuado
dándose, no siempre en el mejor sentido, lo sigo creyendo. De verdad.
Mis sentimientos son positivos para los alemanes hoy. ¡La celebración está a la
orden! Y con razón. :)
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Mi relato inédito
Sueño Profundo
fue seleccionado finalista del
XXI Certamen Literario
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