22 de enero
Sobre libertad de expresión, piratería y plagio... Estos últimos días han estado cargados de
tensión en torno a la propuesta de dos leyes en EEUU que pretenden regular y combatir la
piratería en Internet. No es para menos. Aunque a simple vista pareciera que es una ley
benigna la que se propone establecer, no pocas sorpresas desagradables se han encontrado
en el articulado tanto de una de ellas (SOPA) como de la otra (PIPA): por ejemplo,
otorgarle la potestad al gobierno de EEUU de cerrar sitios en Internet tras una denuncia
de que se quebrantan derechos de propiedad intelectual, o la de poder obligar a los
buscadores el que bloqueen los enlaces de sitios cuestionados. Ambas disposiciones, que
son solo un par de muestras de los alcances de la propuesta, aunque parecen defender los
derechos de propiedad intelectual de los creadores, en realidad cruzan una línea vital
que no debe ser traspasada nunca: se le da el poder de censura a un gobierno con base en
rumores. La censura de por sí es maligna, es una de las principales rutas por las que los
gobiernos despóticos logran acallar a sus conciudadanos y violentar sus derechos. Y si
encima le damos estatura legal a un rumor (pues la denuncia simple, mientras no se pruebe,
no es más que una especie de chisme formal), estamos derribando otros principios
fundamentales del debido proceso, de la justicia y del simple derecho a defenderse.
Me he preguntado por qué suceden estas cosas. Y pienso que la razón estriba en que se
ha venido a confundir los actos de piratería con el plagio y de alguna manera, al
confundirlos y al querer criminalizar muchas actividades que quizá no deberían ser
criminalizadas, se atenta contra la libertad de expresión misma y contra otros derechos
humanos.
En un interesante artículo, el escritor Moisés Cabello reflexionaba
sobre la naturaleza de la propiedad intelectual y cómo debería adaptarse su concepto
para los tiempos de Internet. Pienso que lleva mucha razón cuando dice que las reglas
actuales de la propiedad intelectual fueron diseñadas en un mundo en el que la propiedad
intelectual podía asimilarse a la propiedad física del soporte del contenido protegido y
era relativamente sencillo identificar tanto al que robaba propiedades físicas como al
que robaba propiedades intelectuales. Sin embargo, no es del todo exacto, porque la gente
siempre ha sabido diferenciar cuándo se adquiere una y cuándo se adquiere la otra, y sus
reglas siempre han sido distintas. Por ejemplo, si yo compro un auto, el auto es mío. Si
yo compro una casa, la casa es mía. Si yo compro un libro, el libro es mío. Pero en
ningún caso tengo derecho a creer (y de hecho, nadie lo cree, ni siquiera el comprador)
que la idea del auto, su diseño, su tecnología, o el diseño de la casa, o aún mejor,
el contenido del libro, son míos. Por mucho que me guste leer Harry Potter o leer Don
Quijote de la Mancha, tengo muy claro que si bien los libros físicos son míos, las ideas
contenidas en ellos no lo son y jamás podré decir que yo escribí esas historias.
¿Existía el robo de propiedad intelectual entonces? Por supuesto que sí. Y sin
embargo, ¿por qué ha habido tanto despliegue policial ahora? Porque Internet hizo
desaparecer esa frontera del soporte físico, y los contenidos ahora están circulando
fluidamente por las vías digitales, sin que nadie pueda decir ya que ha comprado el
"libro", o la "casa" o el "auto". Esta diferencia de
comportamiento de los contenidos en Internet ha hecho tambalear las leyes antiguas de
propiedad intelectual. Pero no ha hecho desaparecer el concepto mismo de propiedad
intelectual ni los derechos que todo creador posee sobre lo que ha creado. Y aquí es
cuando yo pienso que se hacen muchas confusiones.
La
libertad de expresión es un derecho humano. Cualquier persona en el mundo tiene el
derecho universal de expresar sus pensamientos o sentimientos en relación con cualquier
tema o situación del mundo o de su entorno. Y punto. Ese derecho ha sido avalado y
protegido por declaraciones, tratados, leyes y constituciones, y se supone que debería
ser compartido por todos. No es así. La libertad de expresión se violenta en todos los
regímenes despóticos existentes y también se violenta en sociedades democráticas y
pluralistas, por la sencilla razón de que es difícil de soportar, en especial cuando las
opiniones de unos chocan violentamente con las de los otros. Todo el mundo está muy
tranquilo protegiendo la libertad de expresión de quien coincide, pero no de quien está
en desacuerdo. Por eso es tan difícil para muchos gobiernos soportar la crítica, o para
las corporaciones, o para los poderosos en general. Y sí, también para los
activistas. Muchas veces nos encontramos con alguien, normalmente de tendencias
fanáticas, que defiende a ultranza la libertad de expresión. En el momento en que le
decimos que no pensamos igual con respecto al tema X o Y, enfrentamos su enojo y su deseo
de cercenar nuestro discurso. Así de delicada es la libertad de expresión.
¿Es libertad de expresión descargar sin pagar un contenido que no me pertenece y
distribuirlo o disfrutarlo a mi antojo? Humm... No parece que tenga nada que ver una cosa
con la otra. Eso es piratería: robo simple de contenidos que no le pertenecen a quien los
roba. Si tú descargas contenido en Internet o lo tomas y lo usas sin pagar el derecho a
hacerlo, eres un pirata y punto. Si alguien te reclama y te sanciona, NO está cercenando
tu derecho a expresarte, por favor. Si te impide defenderte, viola tu derecho a
defenderte. Si impide que te expreses en público o en la corte, sí que viola tu libertad
de expresión. Pero si solo está castigando tu piratería, no está cercenando tu
libertad de expresión. Y si cometes un ilícito, es lógico que pagues las consecuencias.
Pero... DEBEN DEMOSTRAR que cometiste el ilícito primero. Nadie puede ser sancionado por
rumores.
Y aquí es cuando las susodichas leyes incurren en graves atentados contra los derechos
humanos. ¿Que el sitio X está vendiendo contenido obtenido de manera ilegal? Que se
demuestre. Si no se demuestra primero, NO se puede cerrar el sitio.
Y en cuanto a cerrar o bloquear sitios de Internet, ¿es acaso una medida racional para
sancionar actos de piratería? Tengo el firme convencimiento que no.
Volvamos a la noción elemental de la propiedad intelectual. ¿Para qué sirve? El
escritor Moisés Cabello
hizo un interesante apunte sobre eso: sirve para proteger la retribución que todo creador
espera recibir por su creación. Es un asunto de retribución, entonces, y no solo
económica. Hay dos rutas en la retribución. Por un lado está el reconocimiento social, el prestigio moral, la noción misma de
que esa persona y no otra es la creadora de esta obra en particular. Es lo que se llama
derecho moral, porque la retribución que se espera recibir a cambio es enteramente social
y moral: todos saben que escribí este libro, o que diseñé esta casa, o que pinté este
cuadro, o que tomé esta fotografía, o que compuse esta canción, o que inventé esta
vacuna. Cualquier acto de creación del ser humano, sea tecnológica, artística o
científica, merece un reconocimiento social que es recibido por el creador como una
retribución. Y esta retribución es importantísima, más que cualquier otra retribución
si cabe. ¿Parece mentira? Sí, quizá, pero así es.
Ahora bien, no significa que la otra retribución que el creador espera recibir no sea
importante. ¡Claro que lo es! Es la retribución económica. Después de todo, al crear
algo hemos invertido nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestro presupuesto, todo. Y es
justo, muy JUSTO, esperar recibir una retribución económica también por eso. PERO, en
honor a la verdad, es una retribución que un creador cualquiera en X circunstancia puede
aceptar en no recibir. Puede decidir libremente que no espera recibir retribución
económica por su obra. O sea, puede aceptar REGALAR la retribución económica que por
justicia le correspondería.
Entendida así la esencia de la propiedad intelectual, ¿podemos ubicar la piratería?
¿Qué es lo la piratería daña exactamente? ¿La retribución moral o la económica?
Pues bien: la piratería no daña el derecho moral. Lo que daña es la retribución
económica. ¿Qué daña el derecho moral? Pues el plagio. La diferencia es importante.
Veámoslo así: supongamos que yo escribo una novela. Yo espero poder publicar esa novela
con una editorial y a cambio recibir una retribución económica en forma de regalías.
Pero supongamos que alguien encuentra mi novela y la publica en Internet como si fuera
suya. Y todos lo alaban y hasta encuentra una editorial que se la publiquen. Y nadie me
escucha a mí, porque ellos creen que la novela es del ladrón. ¿Cuál es mi reacción?
Indignación total. No solo ha robado mi trabajo, sino también mi reconocimiento social.
No solo ha copiado mi idea, ha suplantado mi originalidad, ha tomado mi prestigio. Es un
robo de todo lo que es esencial en el acto mismo de la creación y de la noción de la
autoría.
¿Cómo castiga la ley a los ladrones? Con cárcel o con graves multas. ¿Cómo se
considera el plagio? Un delito. ¿Hay lógica en que se considere un delito? Por supuesto.
El robo de la retribución social no es soportable para ningún creador en ningún
sentido. ¿Le afecta ese robo a la industria? Pues no. Si una editorial publica un libro
de Carlos, pero luego resulta que fue José el autor, puede demostrar que era inocente del
plagio y ya. No pierde su retribución económica ni le afecta sensiblemente el asunto,
que es, al fin y al cabo, entre Carlos y José.
Pero supongamos que mi novela está en línea y un grupo de lectores se la descargan
gratuitamente y la distribuyen entre sus amigos. Ellos la leen y la comparten. Saben que
es mía, incluso puede que les guste. Y hasta la recomiendan. ¿Estoy perdiendo algo en mi
derecho moral? No, nada. Mi reconocimiento social se está produciendo, pues nadie duda
sobre quién la escribió
y a quien deben dirigir sus elogios (o sus críticas). ¿Qué pierdo yo entonces? Y, pues
el dinero que podría haber recibido si hubieran comprado la novela, obvio. Y la editorial
también pierde ese ingreso, claro está. Eso es piratería. Un trastorno económico. Pero
no moral. No hay tragedia, solo enojo, vaya. Quizá a mí no me importe mucho que se la
descarguen gratuitamente. Muchos autores ofrecen sus obras en forma gratuita. Y hasta es
posible que nadie pierda (como a veces ha sucedido), porque si mi novela gusta mucho y la
editorial la publica de cualquier manera, muchos de esos "piratas" la comprarán
tarde o temprano. Es más enojoso cuando el pirata cobra por distribuir una novela que se
ha descargado ilegalmente. Pero en ese caso, la editorial o yo puedo demandar al pirata y
hacerlo pagar su osadía en metálico.
¿Amerita cárcel? Cielos, no, ¿por qué? No hay manera de considerar esa descarga un
crimen. No al menos desde el punto de vista del creador mismo, que es quien se supone es
el protegido de la propiedad intelectual. Entonces, ¿por qué la industria está tan
enojada y quieren criminalizar la piratería cerrando sitios y bloqueando accesos? Ah,
porque a ellos el derecho moral de autor les importa muy poco, dado que ellos no son los
creadores. A ellos lo que les escuece es perder un solo centavo de lo que ellos consideran
es su dinero.
Y he aquí el meollo del asunto. ¿Qué se busca proteger en realidad: la riqueza
creciente de las corporaciones y las industrias o a los creadores? ¿Tanto es el enojo de
la industria que están dispuestos a pisotear la libertad de expresión y el derecho a
defenderse y a alegar el principio de inocencia?
Lastimosamente, parece que sí.
No creo en el cierre de sitios ni en el bloqueo de enlaces. Creo en las demandas
civiles y en obligar a los infractores, tras un proceso, a retirar el material ilegal. Hay
que tener mucho cuidado cuando se legisla y qué es lo que estamos protegiendo, porque se
puede proteger lo equivocado.
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26 de diciembre
¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO 2012!
28 de noviembre
Un día como hoy
A veces nos preocupamos por
los acontecimientos que se avecinan o los que acabamos de vivir, como si el mundo girara
en torno a ellos y nunca hubiera habido un día igual al presente. En estos días, por
ejemplo, vivimos acontecimientos políticos y económicos graves, que afectan a millones
de personas, mientras el cambio climático sigue causando estragos y cientos de especies
se extinguen día a día. Los más pesimistas y los que gustan de alarmismos exacerbados
nos hablan de las profecías mayas y de lo que nos pasará en el 2012. Incluso hay quienes
le ponen fecha exacta al fin del mundo: 21 de diciembre del 2012.
¿No creen que esto ya es un deja vu? Por supuesto. Ya antes ha
habido predicciones del fin del mundo. Y no me refiero a los tiempos medievales, cuando se
pregonaba que el mundo se acabaría con el arribo del año 1000, que las trompetas del
Apocalipsis se escucharían en los confines del mundo y que los cuatro jinetes asolarían
la Tierra. Pasó el año 1000 y muchos más, y aún recuerdo cuando los agoreros del fin
del mundo hablaron de la debacle que sería la llegada del año 2000. Cuando pasó esta
fecha sin pena ni gloria -ni siquiera para las computadoras como se temía-, se corrigió
la fecha y comenzaron a hablar de los mayas y de otros pueblos y a acomodar fechas y
acontecimientos. Estoy segura de que incluso hicieron "hablar" de nuevo a
Nostradamus.
Hay morbo en los malos augurios, sin duda, pero fechas como las de hoy y
como las del 21 de diciembre se han repetido con y sin acontecimientos de renombre.
Veamos. Hoy es 28 de noviembre del 2011. ¿Qué ha sucedido hoy? Pues
dependiendo de dónde nos hallemos y qué nos interese, así haremos recuento de hechos.
Por ejemplo, estoy segura de muchos nacieron hoy y otros muchos murieron hoy, de causas
naturales y también de otras causas. En el mundo de Internet, y en particular en EEUU y
países relacionados con él comercialmente, se celebró el Cyber Monday, es
decir, el lunes de ofertas especiales en las tiendas virtuales. En Egipto, en cambio, dio
inicio a los comicios legislativos en medio de grandes tensiones. Hace 100 años, en
cambio, el 28 de noviembre de 1911, se proclamó el Plan de Ayala en México, por el cual
el jefe revolucionario Emilio Zapata desconoció la autoridad del presidente mexicano
Francisco I. Madero, con lo que dio inicio a la Revolución Mexicana, de triste memoria.
Por otro lado, hace 200 años, el 28 de noviembre de 1811, se estrenó el Concierto
para piano No. 5 de Beethoven, el último que el gran compositor escribió. ¿Qué
pasó el 28 de noviembre de 1711, hace 300 años? Nada de gran memoria para la historia occidental, por cierto, pero si
se revisa en los árboles genealógicos de algunas personas, se sabe que hubo mucha gente
que nació ese día, ese año, y también hubo quienes se casaron o conmemoraron a sus
muertos. Lo mismo sucede con el 28 de noviembre de 1611, o sea, hace 400 años, pues no se
registra nada de extraordinaria memoria, al menos para la historia occidental. En cambio,
el 28 de noviembre de 1511, se registra la reinstalación como gobernador de Puerto Rico
de Diego Colón, hijo de Cristóbal Colón, y la destitución oficial de Juan Ponce de
León en el mismo puesto. ¿Quién lo hubiera dicho? Para Ponce de León, entonces, el 28
de noviembre fue una fecha amarga.
Podemos seguir retrocediendo en el tiempo. Y también podemos imaginar
el futuro. Quizá suceda algo memorable el 28 de noviembre de 2111, o quizá en 2211, pero
son fechas tan lejanas que no pueden ni deben inquietarnos, como estoy segura nuestra
propia fecha no inquietó ni poco ni mucho a Zapata, a Beethoven o a Ponce de León.
Así que... dejemos de pensar en acontecimientos proféticos y magias
insondables. La vida continúa y los sucesos se producen en gran parte por nuestra
voluntad y en gran parte en contra de ella. Después de todo, somos siete mil millones de
personas habitando este pequeño planeta, intentando acomodarnos, convivir y no matarnos,
con la esperanza de que se sigan cumpliendo, centuria tras centuria, una fecha como hoy.
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