lauraname.jpg (3793 bytes)

fb2.gif (1086 bytes)
Inicio Sobre Laura Publicaciones Eventos Blog Contacto

 

Camino perdido
Relato publicado en la antología de varios autores (Per)Versiones: Misterios sin resolver (2013, Sedice). Basado en la figura legendaria del conde de Saint Germain.

Página 2 de 7

—No podemos tomarla con nosotras. Ya nos ocupamos del pequeño Francisco…

La anciana asentía, mientras miraba con ojos agudos a la niña silenciosa, quien sólo tenía ojos para su padre muerto.

—Lo sé— susurró, con voz extraña—. Francisco no pasará de esta noche, como te dije, y ya hemos de arrostrar por ello la cólera del señor… Pero ahora la Providencia nos regala un nuevo Francisco y nos permite salvar nuestra piel a la vez que salvamos a esta niña del desamparo.

Ilona la miró con sorpresa, pero al instante, asintió. Miraba ahora a la pequeña con otros ojos, y al momento sintió que su futuro se aclaraba y que el señor tendría a su heredero, después de todo.

*****

Eckenförde, 1784 d. C.

La noche había caído sobre la residencia del príncipe Carlos, y sus sirvientes aguardaban a que éste regresara a sus habitaciones para entregarse al descanso, pero él tenía otro destino, mientras caminaba con pasos apurados por la calzada que separaba su residencia de la casita del jardín, donde encontró a Francisco dispuesto a realizar su último experimento.

Era aquella la habitación más recogida del castillo, y estaba decorada con el gusto de un caballero de mundo, como era Francisco. Carlos no reprochaba su afición adicional por libros raros y artefactos traídos de los más oscuros rincones del mundo, siempre que no los mostrara en público o hablara de ello con las damas de la corte, pero Francisco era también el alma de la discreción, y en medio de sus tesoros solía sentirse bien. Aquella noche, sin embargo, sus planes estaban lejos de ser apacibles. Se proponía realizar un experimento extremo y Carlos temía los resultados.
Al entrar a la habitación, su sorpresa fue aún mayor. Francisco había colocado en medio una caja larga, en forma de ataúd, donde ya se introducía, vestido con extraños ropajes de evocación egipcia, mientras murmuraba extrañas frases.

—¿Qué haces?— exclamó el príncipe, azorado, corriendo hacia él— ¿Estás loco? ¿Crees que estoy dispuesto a secundar planes tan macabros?

—No es macabro lo que no puede terminar en dolor, sufrimiento o muerte— le dijo Francisco con aquella voz serena que tanto agradaba a unos y molestaba a otros. Sus grandes ojos azules brillaban con la luz de la inteligencia, mientras su cabello castaño caía desordenado en torno a su rostro lozano—. Debo continuar con la búsqueda que emprendí. Hace tiempo, cuando tú ni siquiera eras la sombra de un hombre por nacer, lo intenté por primera vez, y sólo obtuve una prolongación artificial de mi vida. Quise intentarlo de nuevo, pero lo retrasé, por consideración a ti. Ahora es el momento. Recorreré este camino otra vez. Te ruego cumplas con mi voluntad y anuncies al mundo que me has visto fallecer.

Carlos se estremeció. La habitación estaba sumida en la penumbra. Unas velas apenas iluminaban el ataúd y sus manos temblaban al darse cuenta de que Francisco ya ocupaba la caja y colocaba sus manos cruzadas sobre su pecho.

—¿Qué he de hacer si… abierto el ataúd en efecto estás muerto?— susurró, con voz temblorosa.

—Habrás de agradecer a la vida la oportunidad que te brindó al conocerme y habrás de alegrarte por mí, pues habré cumplido con mi cometido— contestó Francisco mientras cerraba los ojos.
Carlos asintió, sobrecogido. No se atrevía a discutir con él ni a intentar convencerlo de abandonar aquella locura, pero también temía no verlo más, por culpa de su obediencia. Con manos temblorosas, cerró el ataúd y gimió.

Al día siguiente, lo enterraría y anunciaría al mundo que el Conde de Saint Germain había fallecido en su residencia.

*****

<Página anterior

-2-

Página siguiente >

 

 

Copyright Laura Quijano