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Fantasías controladas
Relato participante de la edición VIII del concurso "Tierra de Leyendas" del portal Sedice.com.

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Rodrigo no se arredró ante la nueva amenaza. Desenfundando su espada, apuntó hacia el Dragón dispuesto a presentar batalla.

Pero el Hada Madrina tenía antes algo que decir.

—¡No te corresponde guardar el sueño de esta princesa! ¡No intervengas!— exclamó la vieja dama, sentada en lo alto de una de las torres.

El Dragón, por toda respuesta, lanzó sus llamas poderosas sobre príncipe y bestia. Sin embargo, el joven se había visto envuelto en una gran burbuja cristalina que detuvo la acción de las llamas y que lo hizo elevarse hasta alcanzar la ventana de la torre más alta del castillo.

Sin dudarlo, Rodrigo saltó al interior de la recámara y corrió hacia el lecho. Éste se hallaba en el centro, rodeado de tapices adornados de flores y hadas sonrientes, sobre hermosas alfombras con diseños boscosos y bordes dorados. Un espejo redondo, de fina montura, se hallaba colgado en uno de los muros.

Y frente al espejo, una vieja bruja.

Rodrigo apenas tuvo tiempo de reaccionar. Corrió por la habitación, evitando los repentinos relámpagos estruendosos que salían de los dedos curveados de la bruja, la cual reía abiertamente.

—¿Crees que te permitiré que la despiertes?— gritaba con voz cascada— ¡Yo siempre seré la mujer más bella del reino!

Era improbable que el Espejo la declarara la mujer más bella del reino con aquel aspecto deplorable, pero Rodrigo no sería quien se lo dijera. Antes era preciso huir de sus hechizos, evitar que lo regresaran a la horrible forma de un sapo asqueroso.

Justo cuando se vio acorralado, con la bruja frente a él, el Lobo Feroz irrumpió en la habitación y de un salto se la comió entera.

—¡Es el momento!— exclamó el Hada Madrina— ¡Despiértala!

Rodrigo se acercó al lecho, donde yacía la hermosa princesa completamente dormida y con un gesto decidido, extrajo de su capa el fino zapatito de cristal y se lo colocó con gentileza en su pie derecho. La bella despertó entonces con una sonrisa y le tendió los brazos al joven.

—¡Eres mi salvador, mi bello príncipe!

—Y tú serás su esposa, Cenicienta— dijo el Hada Madrina, satisfecha.

Rodrigo sonrió complacido y a punto estuvo de besarla, cuando un timbre electrónico sonó en algún lugar fuera del castillo con estridencia impactante.

Entonces, Rodrigo despertó.

Era frustrante regresar a la realidad de golpe. Contemplar su habitación, impecablemente ordenada, saber que eran las seis y debía prepararse para ir a la oficina. Su esposa, una mujer baja y regordeta, de unos seis años menor que él, lo saludó desde la puerta del dormitorio y le avisó que su desayuno estaba listo.

Rodrigo se miró en el espejo. Pequeño, calvo, un vientre abultado por los años y las comidas excesivas, no era ni con mucho parecido a su visión nocturna. Lo sabía y no lo lamentaba. En realidad, no podía quejarse. Había disfrutado una noche entera de sueño reparador y debía estar agradecido.

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Copyright Laura Quijano