Las telarañas de Carlota (Charlotte's
Web)
de E.B. White - 1952
 Hasta hace poco
tiempo solía pensar que la literatura infantil se reducía a pequeños cuentos y poemas
cortos, cuyo público meta no alcanzaban más allá de los 8 años. Luego, mucho
tiempo después, descubrí una gama variadísima de lecturas destinadas a los niños de
todas las edades, de las que nunca había oído hablar y que hubieran hecho las delicias
de mi propia niñez. Casi podría decirse que ahora estoy, hasta cierto punto,
recuperando una pequeña parte de ese universo del que no gocé siendo niña. La
literatura anglosajona, por ejemplo, rebosa en títulos de muy variada naturaleza, muchos
de ellos correspondientes a novelas enteras que los niños entre los 8 y los 12 años
disfrutan enormemente y que adultos como yo pueden descubrir con los ojos abiertos y la
mente sin prejuicios. Muchas de esas historias son verdaderos clásicos, cargados de ideas
luminosas y de personajes entrañables.Confieso, pues, que mi primer contacto con
Carlota la araña fue cuando vi en cartelera la película con Dakota Fanning. Ah,
¿es que acaso el puerquito rosado, cuyas aventuras en la granja australiana yo había
disfrutado tanto mientras miraba Babe, era en realidad una versión modernizada y algo alterada del Wilbur que protagoniza la clásica
novela de E.B. White, publicada en su idioma original hace 55 años y de la que yo no
tenía la menor noticia? Menuda sorpresa. No sólo que existía la película
(tardía), sino que el libro se hallaba traducido al castellano desde hace mucho tiempo y
que se encuentra disponible en cualquier librería. Ni corta ni perezosa, lo
adquirí, esta vez para compartirlo con mis hijos.
La novela narra la historia de un cerdo, Wilbur, cuyo nacimiento se vio marcado por el
peligro desde el primer momento. Como el granjero lo vio tan enclenque, supuso que
no sobreviviría y se disponía a sacrificarlo cuando su hija de 8 años, Fern, se
interpuso para impedirlo. El granjero se dejó convencer cuando Fern le prometió
que se haría cargo del lechón. Y así lo hizo. Wilbur se salvó, y logró alcanzar
cierta madurez. Hasta aquí, ni rastros de Carlota. Era interesante, pasaba
casi como en Los Tres Mosqueteros, cuyo título no se corresponde con las
andanzas del verdadero protagonista, D'Artagnan, el cual sería el cuarto mosquetero no
mencionado.
Avanzando con la
lectura, Wilbur llega a la granja de los tíos de Fern, donde vivirá a partir de entonces
y donde finalmente conocerá a quien sería su mejor amiga y consejera, la araña
Carlota. El señor Zuckerman es un granjero práctico y destina al pobre cerdo a la
mesa de la cena de Navidad siguiente. Carlota entonces, con ayuda de su habilidad
tejedora y sus telarañas, se dispondrá a ejecutar un plan para salvar a Wilbur -por
segunda vez-. En esta parte el título adquiere dimensiones casi filosóficas.
La historia se desliza en un lenguaje rico, poético por momentos, salpicada de
divertidas anécdotas que deleitan al lector por su aire travieso, y se desarrolla sobre
un transfondo de pensamiento reflexivo, que nos invita a pensar sobre la estupidez humana
y la manera en que se deja llevar por rumores y creencias futiles, sobre la clave de una
verdadera amistad, que pasa por encima de defectos individuales o rasgos contrapuestos,
sobre la necesidad de aceptar la muerte como parte de la vida y de saber honrar la
existencia que tenemos. Todos en esta historia, al igual que en la vida misma,
tienen un papel que desempeñar, una parte que cumplir, así sean antipáticos y poco
confiables, como Templetón (la rata) o cariñosos y razonables, como la propia Carlota.
Creo que la impresión que me deja es que hay que leer esta historia con la intención
de divertirse, de deslizarse por las letras y a la vez, de querer entrañablemente a un
buen amigo. :)
(Octubre, 2007)
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