Cartas sobre la mesa
De Agatha Christie (Cards on the table)
(1936)  Mi
novela favorita de Agatha Christie.
La he leído tantas veces que casi puedo contarla de memoria y hasta con detalles.
Cuatro personas jugando bridge, todas con atecendentes criminales no descubiertos
por la policía. El único hombre que los conoce está sentado a pocos pasos de
ellos, en su sillón frente a una chimenea. En otra habitación, otras cuatro
personas también están jugando bridge. Es un superintendente de Scotland Yard, un agente
del Servicio Secreto, una escritora de novelas policíacas (Ariadne Olivier, por supuesto)
y Hércules Poirot. Y mientras transcurre el juego, el hombre del sillón muere...
asesinado. ¿Quién lo mató? ¿Son cuatro culpables? Es ilógico. ¿Cómo hizo el asesino
para matar a su víctima en medio de una partida de naipes? Es asombroso. Y más
asombrosa aún la manera en que Poirot descubre al culpable y resuelve el misterio.
En el transcurso de la acción, nos enfrentamos a su ética incuestionable y su humanista
manera de ver la realidad. La víctima es un ser despreciable, pero
inofensivo. Una vez muerto, Poirot no duda en lanzarse a la cacería de su asesino
hasta darle alcance. Entretanto, no juzga ni censura a la mujer que ha envenenado a
su marido, pero no le tiene piedad a la muchacha que mata cada vez que se siente
acorralada. La primera habrá tenido razones muy fuertes para haber procedido así,
pero la segunda es una criminal despiadada y peligrosa. Sabe creer en la palabra de
un hombre cabal, perseguido por la mala suerte, y es duro con el hombre que se aprovecha
de la inocencia o de la ingenuidad de personas que han creído en él. El caso es
tan interesante como humano, tan sorprendente como fluido. Es maravilloso y lo
recomiendo decididamente.
(Abril, 2006)
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