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DIARIO DE LECTURAS

Cartas sobre la mesa (Cards on the table)
de Agatha Christie    -  1936

cardsonthetable.gif (4977 bytes)cartassobrelamesa.jpg (5825 bytes)Puedo considerar a Cartas sobre la mesa, sin temor a exagerar, como mi novela favorita de Agatha Christie.   La he leído tantas veces que casi puedo contarla de memoria y hasta con detalles.  Me parece una de sus novelas mejor estructuradas, más finamente desarrolladas y por su formato, el paradigma perfecto de su estilo: la novela policiaca de grandes incógnitas, un crimen imposible, sospechosos con coartadas inexpugnables y la mente de un policía brillante intentando descifrar el enigma.  De hecho, en esta novela, la autora llegó al límite, pues estrechando el cerco al máximo, cuando era factible que borrara el elemento sorpresa, logra sorprender al lector de todas formas y por el camino más insospechado.

¿De qué trata?  Cuatro personas jugando bridge, todas con antecendentes criminales no descubiertos por la policía.  El único hombre que los conoce está sentado a pocos pasos de ellos, en su sillón frente a una chimenea.  En otra habitación, otras cuatro personas también están jugando bridge. Es un superintendente de Scotland Yard, un agente del Servicio Secreto, una escritora de novelas policíacas (Ariadne Olivier, por supuesto) y Hércules Poirot.  Y mientras transcurre el juego, el hombre del sillón muere asesinado. ¿Quién lo mató? ¿Son cuatro culpables? Es ilógico. ¿Cómo hizo el asesino para matar a su víctima en medio de una partida de naipes? Es asombroso. Y más asombrosa aún la manera en que Poirot descubre al culpable y resuelve el misterio. En el transcurso de la acción, nos enfrentamos a su ética incuestionable y su humanista manera de ver la realidad.  La víctima ha sido en realidad un ser despreciable, pero inofensivo.  Su mayor pecado había sido el de jugar un juego peligroso.  Una vez muerto, y aunque le ha repugnado, Poirot no duda en lanzarse a la cacería de su asesino hasta darle alcance.  Entretanto, no juzga ni censura a la mujer que ha envenenado a su marido, pero no le tiene piedad a la muchacha que mata cada vez que se siente acorralada.  La primera habrá tenido razones muy fuertes para haber procedido así, pero la segunda es una criminal despiadada y peligrosa.  Sabe creer en la palabra de un hombre cabal, perseguido por la mala suerte, y es duro con el hombre que se aprovecha de la inocencia o de la ingenuidad de personas que han creído en él.  El caso es tan interesante como humano, tan sorprendente como fluido.  Es maravilloso y lo recomiendo decididamente.

(Abril, 2006)

 

 

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