El Hobbit
(The Hobbit)
de J.R.R. Tolkien
- 1937
 Esta es, para mí,
una obra alegre, optimista. Comienza de una manera memorable, el tipo de inicios que
uno recuerda con facilidad y hasta se vuelve significativo... "En un agujero en el
suelo, vivía un hobbit..." Te invita de golpe a pensar en qué puede ser un hobbit,
y por qué extraña razón vivirá en un agujero. De hecho, a continuación, pasa a
detallar el agujero en cuestión y el relato se torna por momentos más y más
interesante. Y pronto caemos en la cuestión de qué clase de criatura es un hobbit
y cómo podemos describirlo.
El cariño que el autor muestra hacia los hobbits es innegable. Se les
describe con detalle, apuntando a sus costumbres, a su forma de vivir y hacia el
protagonista de la historia, la cual se llama El Hobbit por la simple razón de
que los acontecimientos girarán exclusivamente alrededor de un hobbit promedio, el
estimado señor Bilbo Bolsón.
Bilbo Bolsón se embarca en una aventura que parece demasiado grande para él y que
resulta a la medida de sus capacidades. La narración se desliza con fluidez, plena
de detalles, de descripciones precisas y hasta complacientes con un paisaje rural de
ensueño, posiblemente nostálgico. El ritmo de acción es relativamente pausado, en
especial en la primera parte del libro, pues no parece apurarse en contar acontecimientos
en medio de un frenesí tan propio de nuestra época, sino más bien es como si encontrara
un enorme placer en el paladeo de las palabras y sus combinaciones, llegando por momentos
a niveles casi poéticos. No por casualidad resulta un libro tan hermoso y ejemplar de
buena literatura. La acción también está allí, claro está. Las aventuras son
imaginativas, por momentos angustiantes, y te llevan hacia el final del libro con
agradable soltura. El desarrollo de los acontecimientos resulta altamente lógico (dentro
de los parámetros trazados por la propia historia) y el final lo suficientemente
satisfactorio como para justificar mi afirmación de que es un relato alegre en general.
Tiene sus defectillos, claro está. Por ejemplo, la continua referencia a los
niños que supuestamente escuchan o leen la historia. Se vuelve enojoso y
molesto. Pero tales alusiones fueron inclusive objeto de arrepentimiento por parte
del autor mismo y bien se entiende por qué. Por otro lado, en algunas partes el
libro se vuelve más lento de lo necesario, especialmente cuando se refiere al periodo de
descanso entre la aventura de los trolls y el paso por las Montañas Nubladas.
Aunque Rivendel es muy hermoso y Elrond les da buenos consejos, suele resultar un
capítulo un tanto lento y a veces en exceso descriptivo, pero no se le puede negar que
tales descripciones resultan hermosas, armoniosamente construidas.
En otros análisis se han destacado varias contradicciones e inconsistencias que
encontré acertadas, muchas de ellas derivadas de que originalmente este relato no era
parte real de la vasta mitología que Tolkien estaba creando. Algunos le critican que
mostrara algunos anacronismos inexplicables, como el hecho de que Bilbo poseyera un reloj,
en una sociedad enmarcada como medieval. Ya se sabe que no es una historia emplazada en
nuestra Tierra y en nuestro medioevo real, pero dentro de la verosimilitud y coherencia
interna de la historia, resulta un anacronismo inútil. También se le critica el
infantilismo de los orcos, tratados aquí como goblins (en las traducciones al
español se les llama trasgos, pero bien podían haber sido traducidos como duendes,
lo cual no encajaría para nada en la mitología tolkeniana), cantando (¡cantando!) y
hasta jugando (a su manera). Los orcos eran en realidad seres oscuros y retorcidos,
cuya última ocupación habría sido la de cantar. Además, los Elfos de Elrond
también resultan demasiado ligeros, y los del Bosque Negro demasiado hostiles y vanos,
sin guardar una relación estrecha con los Elfos que conoceremos en El Señor de los
Anillos y El Silmarillion, criaturas sabias y maravillosas que
extraordinaria visión, en nada afectas a infantilismos sin sentido o a hostilidades
inútiles.
Estos apuntes acerca de la obra, sin embargo, no la desmerecen. Son tan nimios que
bien pueden ser considerados como simples detalles que no entorpecen el disfrute de la
obra ni su calidad, por lo que resultan fácilmente olvidables mientras el lector se
sumerge en la lectura.
Un clásico delicioso, que puede ser disfrutado desde la niñez hasta la ancianidad, y
que recomiendo sin duda para todos aquellos que aman la buena literatura.
(Abril, 2006)

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