El hombre invisible (The
Invisible Man)
de H.G.Wells - 1897
 Al
concluir la lectura de El hombre invisible, te quedas con una extraña sensación
de fatalismo en la mente. No existe la menor fe en el género humano, ni moral, ni ética,
ni siquiera grupal. No hay verdaderas lealtades ni sentimientos de consideración
hacia el prójimo. La ciencia, mal entendida, puede volverse mortal y dañina, y realmente
peligrosa si cae en manos de un ser absolutamente egoísta e irresponsable, además de
megalómano, que sin parar mientes en los daños que causa, deambula por el país
intentando llevar a cabo una especie de dominación masiva, gracias a un terrible
descubrimiento que lo ha vuelto invisible.La historia de Wells no inspira ni compasión
ni cariño. No se interesa por lograr una identificación del lector con el personaje
principal o con alguno de los secundarios. No hay una comunión íntima con los
personajes, como sí se logra con otras historias. Es un frío relato de sucesos
crudamente descritos que obtienen como resultado lograr que el lector se sienta disgustado
y hasta indignado con las acciones del protagonista. Una especie de
antihéroe. Y en este sentido, la historia es magnífica.
La ciencia ficción del estilo de Jules Verne trataba la investigación y la ejecución
de disciplinas científicas desde un punto de vista progresista. En Verne, el
optimismo es palpable. La ciencia es maravillosa, porque acerca al hombre a la verdad
y al dominio de la naturaleza, y el científico es en esencia un ser admirable,
desprovisto de contaminantes ideológicos, motor del progreso de las naciones y de los
individuos. En el caso de Wells, en cambio, vemos al científico de cara a su faceta más
oscura. Y es que, bien pensadas las cosas, ¿no es una visión más realista, más
apegada al mundo? ¿Quién dijo que los científicos no son humanos, seres de carne y
hueso, con complejos y debilidades, que podrían muy bien caer en conductas aberrantes y
utilizar la ciencia no como una palanca de progreso sino como un arma para sus propios
fines? Y con escalofriante seguridad, Wells retrata precisamente un ser abyecto como
ese, que sin poderes especiales, más que una inteligencia prodigiosa, descubre el secreto
de la invisibilidad y lo usa en perjuicio del prójimo.
La historia fue escrita en 1897, pero el encuadre de la historia es escalofriantemente
actual. No hay una ubicación histórica de importancia. La invisibilidad sigue
siendo tan teórica y ficticia como entonces y el tipo humano que la desarrolla en el
relato es estremecedoramente moderno.
Su pulso es firme, su ritmo casi frenético. Magnífica, de principio a fin. Para
el amante de la ciencia ficción, lectura obligatoria, pues no es posible ya leer las
nuevas producciones sin antes presentarse con los maestros y fundadores. H.G. Wells
me causó precisamente ese impacto. :)
(Abril, 2006)

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