El mundo de Sofía (Sofies
verden)
de Jostein Gaarder - 1991
Cuando cursaba el último año de la secundaria, todos
nos resignamos a recibir Filosofía, como materia. Digo "nos resignamos"
porque la sola mención de la palabra filosofía evocaba en nosotros aburrimiento,
complicación extrema y sentido de absurdo. ¿De qué servía tener que hacer exámenes y
leer libros y todo eso en una materia que obviamente no iba a servirnos de nada? Y cuando
el curso inició, los peores temores de todos se vieron confirmados. No sólo era
una materia en extremo árida y a veces incomprensible, sino que la profesora de turno
resultó sumamente incompetente. Finalizado aquel año, se acabó la tortura y no
volví a acordarme de la filosofía hasta que años después tuve que enfrentarme a ella
de nuevo en Filosofía del Derecho, curso obligatorio para recibirme de licenciada en
Derecho. Otro martirio de aburrimiento e incomprensiones, que salvé no sé cómo y
del que me olvidé tan pronto terminó. En el transcurrir de los años, fue notable para
mí que mis sentimientos de adolescente y de estudiante universitaria eran compartidos por
una inmensa mayoría de estudiantes de filosofía como curso obligatorio no sólo en mi
país sino en muchos otros países de tradición occidentalizada. Y de hecho se ha
hablado y discurrido hasta la saciedad sobre la falta de actividad filosófica en las
postrimerías del siglo XX y principios del nuevo siglo. Como se puede ver, yo no hacía
ni pensaba nada diferente del promedio.
Me acerqué entonces a El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, cargada de
prejuicios. Sabía, y así lo proclamaba el subtítulo de la novela, que se trataba
de una obra de ficción basada en la historia de la filosofía occidental. ¿Por
qué lo compré? Bueno... no sé. Tal vez por seguir una corriente. Me habían
hablado maravillas de él, aunque sin precisar por qué, y me habían dicho hasta la
saciedad que era casi obligatorio para cualquier lector que se precie de serio el leer
dicha obra. Creo que cediendo a presiones externas más que a intereses realmente
personales, adquirí el libro y lo abrí. Y no pasé de las primeras diez páginas.
Era muy raro, o al menos eso pensé. Ya de buenas a primeras la protagonista
recibe un puñado de cuartillas donde se explica qué es la filosofía y cuál es la
actividad del filósofo. Mis prejuicios, tan arraigados, ganaron ese primer pulso,
cerré el libro y lo guardé. No me volví a acordar de él en unos dos años,
cuando menos.
Luego me impuse una nueva costumbre. Era una especie de deporte. No volvería a
abrir un libro mientras no hubiera terminado uno ya iniciado y me acostumbraría a leer un
libro por vez y no un montón al mismo tiempo, sin orden ni concierto. Como deseaba leer
uno que acababa de comprar, me impuse la tarea de terminar El mundo de Sofía,
como era lo debido, y con un nuevo entusiasmo (nacido de un redescubierto sentido de
responsabilidad), me decidí esta vez a terminarlo.
La sorpresa que experimenté fue cada vez mayor. Lejos de ser una vivencia
torturante en medio de aburridas concepciones filosóficas y un misterio de tibio interés
alrededor del padre de Sofía, la lectura de la novela me sumergió en un fascinante
entendimiento nuevo sobre la filosofía, la actividad filosófica y el significado de la
literatura en el medio. Lo que había comenzado con desgana, se convirtió en
profundo deleite de lectura, de aprendizaje y de nuevas comprensiones. ¿Por qué no tuve
yo un profesor que explicara la filosofía de aquella manera tan clara, tan lógica y tan
sencilla? Era increíble que pudiese entender la importancia real de cada filósofo, no
sólo porque un libro de historia lo afirmara así sino porque realmente comprendía su
importancia. Desde los primeros filósofos griegos hasta el pensamiento moderno
existencialista del siglo XX, la historia de la filosofía se deslizó frente a mis ojos
como un río caudaloso y rápido, lleno hasta el desbordamiento de información, tanta,
que era preciso volver sobre mis pasos, detenerme a pensar, reflexionar y analizar, y
luego releer y comprender. Y experimentar la satisfacción profunda de disfrutar
aprendiendo.
Al mismo tiempo, una historia progresivamente más misteriosa comienza a perfilarse
alrededor de la figura de Sofía, una historia extraña e intrigante. De pronto,
cuando creías adivinar de qué se trataba, te das cuenta de que la protagonista es en
realidad una figura literaria, una creación de la mente de otro padre, no el de Sofía,
sino el de Hilde, verdadera protagonista de la historia, pero al mismo tiempo, especie de
alter ego de Sofía. Y te haces una maraña indescifrable que se resuelve al final,
cuando a la luz de la filosofía puedes comprender el significado de Sofía y el valor de
su presencia. Es... magnífico.
¿Recomendada? ¡Definitivamente! Precioso libro, desde cualquier punto de vista,
iluminador, si se me permite decirlo, ideal para todo mortal común que, como yo, jamás
apreció la filosofía con la suficiente claridad y la sensibilidad necesarias. Un
libro para leer no una, sino muchas veces, para paladearlo, para degustarlo, y para
revivir. :)
(Mayo, 2006)
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