logo.jpg (4886 bytes)


MIS RELATOS

AL PIE DE LA ESCALERA

(I parte)

 

       Eran casi las 4 de la tarde y el calor no parecía querer amainar. La clase entera estaba inmersa en una espesa atmósfera de aire caliente y asentado que aumentaba la sensación pegajosa de tener la ropa incrustada y no simplemente puesta sobre la piel. La voz pesada y gangosa del viejo profesor desgranaba datos con una monotonía desesperante, mientras los minutos parecían haberse enredado en las manecillas del reloj.
        Raquel, sentada justo en medio del pequeño salón, rodeada por varios compañeros de clase, sudorosos y fastidiados, echó de reojo una rápida mirada a su reloj de pulsera y comprobó desalentada que tan sólo habían transcurrido unos cinco minutos cuando pensaba que llevaba ya una media hora.   Sentía que la blusa se le había adherido a la espalda y que el rostro entero se le había cubierto de un rubor causado por el excesivo calor de aquel día.  Había recogido su largo cabello oscuro en lo alto de su cabeza, prensado de cualquier manera con un lapicero, y luchaba por ignorar la horrible sensación pegajosa de su entrepierna.
        Justo a su lado, Marco cambiaba de posición, incómodo y molesto, y volvía a mirar su reloj completamente frustrado. Las 3 y cincuenta y siete minutos y el maldito viejo no daba trazas de querer callarse. ¿De qué servía que hablara y hablara casi sin respirar si no iba a dar marcha atrás con los resultados de los exámenes?  Estaba decidido a fregar a todos con la próxima prueba y no quería atender razones.  Lo odiaba.  A muerte.  Era un viejo amargado y recalcitrante, frustrado y arrogante.
-No pongas esa cara- le susurró Raquel- Si te la ve, te reprueba sin hacer el examen.
        El joven masculló una maldición y trató de componer su expresión. Si no fuera porque la materia era tan importante para poder graduarse, se levantaría ahí mismo y se marcharía sin remordimientos.  Pero necesitaba el condenado diploma para ganarse el puesto en el bufete y pagar su nuevo auto, cuya pérdida sí le causaría mucho sentimiento.
-¿Cómo tengo la cara ahora?- le susurró a Raquel.  Ella lo miró de soslayo y sonrió divertida.
-Un poquito mejor- le dijo en un murmullo- Ahora pareces sufrir los efectos de un terrible estreñimiento...
-Muy graciosa- masculló él.
        Jaime, justo detrás de Marco, se echó una risita burlona, pero no acusó la furibunda mirada de su compañero de clase, mientras miraba con parsimonia a su viejo y odiado profesor.  Marco se preguntó de pronto por qué tendría aquella satisfacción tan extrañamente pintada en el rostro.  De inmediato supuso que su amigo se traía algo entre manos.
        El profesor Rogelio Benavides dio fin a su largo discurso, justo en aquel momento.  En sus vivaces ojillos, de aguda mirada, casi se podía leer la malsana satisfacción del que se dispone a asestar un golpe mortal y lo disfruta. Acababa de desfilar los temas del examen del lunes siguiente y sabía que sus alumnos sufrirían indeciblemente todo el fin de semana, devanándose los sesos con aquellos intrincados problemas filosóficos y doctrinarios, pero los haría pasar por aquel calvario de todas maneras.
-Disfruten su fin de semana- dijo de pronto, con su voz gangosa, sembrada de oscuras intenciones- Adiós.
        Los alumnos prorrumpieron en súplicas y demandas.  Los temas eran impensables. Las dudas inmensas.  Aquel examen no sería una prueba, sería una ejecución.   Pero el profesor no se molestó siquiera en mirarlos a la cara y con su paso cansado pero decidido, salió del salón, mientras atrás quedaba una pequeña multitud agobiada por el miedo.
        Jaime, sin embargo, sonrió con desdén, y enviándole una mirada significativa a Marco, se quedó sentado donde estaba, esperando que todos abandonaran el salón. Éste quedó prácticamente vacío en pocos minutos. Tan sólo quedaron Marco, Raquel, Jaime y la novia de éste, una chica pizpireta llamada Carolina, que se acercó a los tres con una carita momentáneamente compungida.
-Estamos fritos- declaró, sentándose al lado de la otra chica, que se soltaba el cabello y lo balanceaba de un lado a otro con una expresión auto complacida- Nos reprobará fácilmente, aunque revolquemos la biblioteca entera y tomemos tutorías con los abogados más connotados de la ciudad.
        Marco gruñó su aprobación, pero Jaime, que contemplaba a Raquel divertido, se volvió hacia los otros y se levantó despacio.
-Amigos míos, yo creo que ha llegado el momento de violar la ley- declaró.
-¿Matamos a Benavides?- preguntó al instante Marco con los ojos luminosos.
-Violar la ley suena melodramático- apuntó Carolina entornando los ojos.
        Raquel dejó que su largo y hermoso cabello le acariciara la espalda y arqueó las cejas.
-¿Quieres robar el examen?- preguntó en tono inocente.
-Por supuesto- le dijo Jaime sonriendo otra vez divertido- Admiro la tranquilidad con que asumes la situación, Ra.  Estás tan frita como nosotros.
-Sí, es verdad...- dijo ella con el aire de quien no intenta molestarse por asuntos tan nimios- No sería la primera vez que tenga que repetir una materia difícil, de todas maneras.
-Yo no puedo darme ese lujo- dijo entonces Marco frunciendo el ceño- Pero robar el examen es poco menos que imposible, Jaime.  Sabes lo cuidadosos que son.
-Lo sé- dijo el otro en tono satisfecho- Pero tengo información de primer orden de que el examen de Benavides ya está en la oficina de revisión y de que allí permanecerá hasta el lunes, cuando Benavides lo recoja para aplicárnoslo.  Es fácil ingresar a esa zona, una vez que doña Paquita se ha ido para su casa, y los guardias están más preocupados por cuidar la oficina del director con su caja fuerte y sus trofeos que las oficinas administrativas, incluyendo la de revisión.  Propongo una adecuada incursión mañana por la noche.
-¿Por qué mañana por la noche?- preguntó Carolina al instante, que parecía estarse emocionando mucho con la perspectiva.
-Porque mañana por la noche no habrá nadie- contestó Jaime en tono de quien considera obvias esas cosas- Los sábados por la noche no se aparece nadie por aquí ni de broma.   Tú y yo lo sabemos, Caro.
        Carolina arqueó las cejas asombrada, pero luego, con un nuevo pensamiento originado en algún pícaro recuerdo, sonrió asintiendo.
-¿Y no sería mejor pedirle ayuda a doña Paquita...?- insinuó Raquel entonces dulcemente- Ella es tan buena y comprende tan bien lo que nos ocurre con Benavides...
-Doña Paquita no sería capaz de robarse un examen ni de violentar las normas, Ra- le dijo Marco en tono serio- No seas absurda.
-No hablaba del robo...- comenzó Raquel en voz baja, pero su voz se ahogó con la de Carolina.
-Ya se intentó obtener la ayuda de doña Paquita- dijo- y ella declaró que Benavides había seguido las pautas legales para confeccionar su examen y demás.  No nos ayudaría.
-Está decidido- dijo Jaime- Mañana por la noche resolveremos este problema con Benavides.
        Y así quedó el plan esa tarde.  Raquel tenía sus dudas de que pudiera funcionar y aún pensaba que era mejor comentar el asunto con doña Paquita, la coordinadora general del departamento de Filosofía y Filosofía del Derecho, pero nadie quiso ni oírla hablar del asunto.  Robar el examen sería una medida desesperada pero efectiva.

 

Página siguiente

2  3

 

PÁGINA PRINCIPAL
BITÁCORA
DIARIO DE LECTURAS
MIS RELATOS
MIS FAVORITOS
PELÍCULAS Y LIBROS
ESCRÍBEME
LINKS

 

-

 

-

 

 

Copyright 2006


Weblog Commenting and Trackback by HaloScan.com
.