ASALTO A MANO ARMADA
(I
parte)
Cuando
doña Amalia García de Guillén experimentó el amargo trago de la viudez pensó
seriamente que su vida terminaría en pocos meses y que la soledad y la tristeza se
encargarían de marchitar su ya marchitado rostro y de canear su ya inmaculada
cabellera. Su vida matrimonial se había extendido por 60 gloriosos años de
felicidad y devoción, a pesar de haber sido su marido un hombre tan temperamental y tan
orgulloso, pues con ella se había entendido a las mil maravillas y había hecho de su
vida en pareja su fuente de inspiración y gozo. Su muerte, sin embargo, no podía
considerarse amarga. Don Rodrigo Guillén, ilustre magistrado de la corte, hombre
trabajador y responsable y dueño de una pequeña fortuna amasada con el sudor de su
frente laboriosa, había pasado a mejor vida en medio de un sueño profundo, cuando su
corazón había decidido que era hora de detener su andar cansino, y hasta sus enemigos
más enconados podían asegurar que les encantaría morir con aquella beatitud en el
rostro.
Sin embargo, doña Amalia contaba con una
familia valerosa y solidaria y rápidamente se vio rodeada del cariño y el apoyo de sus
cuatro hijos, de sus quince nietos y hasta de las sonrisas de sus pequeños bisnietos.
Por tanto, cuando don Rodrigo cumplió un año de haber fallecido, doña Amalia
descubrió asombrada que había logrado seguir viviendo y que posiblemente podría seguir
haciéndolo hasta que su propio corazón, u otra causa más oscura, decidiera poner fin a
su vida. La dulce anciana había descubierto amistad en muchos otros lugares
diferentes a su familia, había encontrado apoyo y admiración, e incluso se había dado
cuenta de que muchos recordaban con cariño a su propio marido, a pesar de que no le
había parecido así cuando él vivía.
A los dos años de haber quedado viuda, doña
Amalia era una activa dama de la buena sociedad y un digno ejemplo de esfuerzo cotidiano y
alegría de vivir. Sus nuevas actividades abarcaban desde la caridad organizada hasta el
voluntariado, desde las conferencias en los círculos de damas hasta hermosas tardes de
verano en compañía de sus bisnietos. Y por supuesto, nada de quedarse en casa a llorar
penas antiguas. Pasaba por el cementerio todos los domingos en la mañana, depositaba una
flor frente a la tumba de su marido y charlaba con él de todo lo que se le ocurría y
luego se marchaba tranquilamente a tomar el té con sus amigas más asiduas o con sus
hijas. Se desplazaba tranquilamente de un punto de la ciudad a otro, fuera en la tarde o
en la mañana, y hasta tenía tiempo para decorar su casa y vigilar que sus dos mucamas
cumplieran con sus obligaciones esmeradamente.
-Mamá- le decía su hijo mayor, Fernando, hombre de mediana edad y porte altivo, que se
parecía muchísimo a su difunto padre en su gravedad, pero a su madre en su dulce
expresión- ¿No crees que a tu edad deberías...?
-Ah, ah- denegaba doña Amalia con una suave sonrisa pícara, sabiendo de antemano lo que
Fernando se proponía decir- Ni por asomo. Estoy perfectamente bien. Ni siquiera tengo
problemas de colesterol o cansancio y el doctor Ruiz me recomendó que continuara con mi
activa vida porque me hacía mucho bien. No pienso quedarme en casa.
-No te iba a sugerir semejante cosa, no- le decía Fernando entonces, apuradamente- Es
sólo que me preocupa que andes sola en la calle. Asaltan mucho en estos días. La ciudad
no es jamás lo que fue cuando eras joven...
-Tonterías- respondía doña Amalia sonriendo confiada- Siempre viajo con don Roberto,
que me cuida mejor que tu padre, y ni siquiera pongo un pie en las tiendas del centro. Sé
cuidarme bien, Fer, no insistas.
-Al menos dejas tus joyas en casa, ¿verdad?
-¿Cuáles joyas, querido?- se extrañaba entonces doña Amalia, mirándose con asombro-
No uso más que unos viejos aretes de perla que ni valen un centavo y el reloj de tu
padre, por supuesto.
Fernando no aprobaba que doña Amalia usara
aquel reloj. Había sido el reloj de su abuela paterna y había estado unido a una
cadenita durante muchos años. Su padre lo había guardado después de la muerte de la
abuela y lo llevaba siempre en el bolsillo, pero una noche romántica de hacía 20 años,
lo había enviado a la relojería, le había puesto una bonita pulsera dorada, y se lo
había puesto a su mujer como acto de amor. Fernando consideraba aquel gesto digno
ejemplo del romanticismo de siglos pasados, y después de todo el reloj resultaba
demasiado grande para la delicada muñeca de su madre, pero ésta no se lo quitaba nunca,
y menos en sus años de viudez.
-El reloj tampoco tiene valor monetario, Fer- argüía- No éramos ricos entonces. Lo uso
por razones sentimentales. Y por supuesto, no me lo pienso quitar.
Fernando se encogía de hombros, resignado, y
se aseguraba de que don Roberto, el chofer, tuviera el auto de su madre en buen estado y
de que siempre anduviera con teléfono a mano y herramientas de trabajo por si sufría
algún percance. Entonces, rezaba para su capote para que a su madre no le ocurriera nada
malo en sus continuas salidas y siempre la llamaba para asegurarse de que llegaba a su
destino sana y salva.
-Mira- le decía ella sonriendo con esa picardía que había mantenido enganchado a
Rodrigo Guillén durante seis décadas- Hasta tengo unas tijeras. ¡Puedo defenderme de
los malos!
Fernando torcía el gesto. Unas tijeras de
costura comunes en manos de una anciana de 85 años no servirían de mucho si la asaltaban
en pleno corazón de la ciudad. Pero jamás ocurrió nada y doña Amalia consiguió
salirse con la suya...
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