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MIS RELATOS

ASALTO A MANO ARMADA

(III parte)

 

        Con el corazón en la boca, horrorizada internamente de lo que estaba haciendo, doña Amalia extrajo disimuladamente sus tijeras del bolso y aproximándose al hombre de la ventana, casi se apoyó en él.  No miraba hacia el hombre.  Su expresión continuaba tan neutral y fastidiada como hasta el momento y no parecía que alguno de los otros pasajeros hubiera pensado en poner atención a lo que hacía.  Esta situación le dio el valor que necesitaba. Pronto llegaría a su destino y no podía dejar ir su reloj de aquella manera.
-Ponga el reloj en el bolso- ordenó en un susurro perentorio y amenazador, mientras clavaba la punta de sus tijeras en el costado derecho del hombre.
        De inmediato, sintió cómo el cuerpo entero de su víctima se estremecía y se ponía rígido.  Doña Amalia, sin embargo, no cejó.   Se le iba la vida en aquella extraña acción. El corazón amenazaba con salírsele por la boca, pero ella estaba decidida a recuperar su reloj.
-Ponga el reloj en el bolso si no quiere que le clave el puñal en el mismo riñón- añadió entre dientes, intentando imprimirle a su voz, de natural dulce y pícara, una entonación tan dura como la roca.
        Mientras decía aquellas abominables palabras, que le golpeaban la conciencia, abría su bolso al lado del hombre y presionaba aún más con sus tijeras sobre lo que calculó podría ser su riñón derecho.
        El hombre no dijo nada ni ella se ocupó de verificar si la escuchaba.  Tan sólo fue consciente de que realizaba un movimiento rápido y de que algo caía dentro de su bolso.  Ahí estaba.  Lo había logrado.
-Ahora actúe con normalidad- añadió en el mismo tono amenazador mientras cerraba delicadamente el bolso con su mano derecha, libre de momento- Si emite una sola palabra, le juro que le atravieso las costillas.
        El hombre no pareció acusar aquella amenaza, pero no dijo nada ni realizó ningún movimiento en ningún sentido.
        Justo en ese momento, doña Amalia advirtió de que llegaba a su parada. Rápidamente, regresó las tijeras a su pequeño bolso y se puso en pie.
-¿Sería tan amable de pulsar el timbre?- le preguntó con su voz más inocente a la mujer gorda que le obstaculizaba el paso.
        La mujer asintió sin cortesía y con un movimiento de su mano derecha, pulsó el timbre de llamada al chofer.  El autobús se detuvo entonces frente a la parada que se erigía justo frente al centro de ayuda social al cual se dirigía doña Amalia, y la anciana aprovechó para descender lo más rauda que pudo de aquel infernal vehículo.
        Nadie más descendió con ella.  Y lo agradeció.  El corazón le latía desaforadamente.  Sudaba frío y las piernas le temblaban. Había corrido un riesgo enorme.  ¿Qué ocurriría si el hombre decía algo ahora?  Pues nada. Ladrón que roba a ladrón, cien años de perdón, rezaba el dicho popular. Pero doña Amalia se sentía inquieta de todas maneras.  Jamás, jamás había cometido un acto contrario a la ley, en toda su vida. Jamás. O al menos, del que fuera consciente.
-¡Pero había circunstancias atenuantes!- se dijo en un temblor, mientras subía lentamente la escalinata del centro- Soy una anciana desvalida... y ¿cómo podría haber recuperado el reloj de otra forma?
        Ningún argumento parecía válido de momento. Sentía un peso de conciencia tan grande que ni siquiera se atrevió a sacar el reloj del bolso para lucirlo otra vez, como siempre.
-Dios mío- susurró una vez traspuesto el umbral- ¿Podré ponérmelo otra vez sin sentirme criminal? ¿No fue un acto de valor? ¿Qué hubiera pensado Rodrigo de todo esto? ¡Oh, Dios, si él estuviera conmigo...!
-Mamá- dijo entonces Fernando, apareciendo justo en el vestíbulo del centro, donde doña Amalia se encontraba, aún debatiéndose entre la duda y el remordimiento- ¡Qué alivio! Me llamó don Beto.  Me dijo que habías corrido a tomar un autobús, que no pudo detenerte. ¡Estaba tan preocupado!  Pero, ¿ocurre algo?  Te veo rarísima...
-No es nada, no es nada- dijo doña Amalia, sonriendo forzadamente y tratando de erguirse con orgullo- La carrera, ya sabes. Mira, tengo que apurarme.  Ya deben de estarme esperando.
        Fernando asintió, indeciso, mirándola con preocupación, pero su madre era una mujer muy decidida, y sin admitir ulteriores comentarios, se apuró a llegar al salón de conferencias donde debía dar el discurso.   El reloj, para su tranquilidad y su buen ánimo, se quedó en su bolso, a resguardo.
        Nadie pudo advertir ningún cambio en doña Amalia.  Su discurso fue hermoso, digno de largos aplausos.  La dama, gran benefactora, viuda de un magistrado, madre de un juez, era admirada y bien querida en el centro y recibió gran cantidad de parabienes y felicitaciones.  Pero ella, sintiéndose cada vez peor, rehuyó los halagos y tan sólo pensó en regresar a su casa.
        Fernando volvió a tropezarse con ella en el vestíbulo cuando abandonaba el edificio.
-Ah, no- le dijo jocosamente- Ahora no te me vas así.  Yo te llevo a casa, mamá.
-Claro, Fer, gracias- murmuró la madre, sonriendo débilmente- Qué cabeza la mía...
-Por cierto, te quedó de maravilla el discursito- le dijo Fernando, tomándola galantemente del brazo para llevarla hacia la salida- y ni siquiera tuviste que contar con tu amuleto.
-¿Con mi amuleto?- preguntó doña Amalia, con extrañeza.
-Sí, el reloj de papá- le aclaró Fernando, indicando con un gesto la muñeca vacía de doña Amalia.  Ésta suspiró asintiendo.
-Ah, sí- dijo- El reloj... no... no me lo puse.
-Hubiera sido imposible, señora distraída- le dijo Fernando jocosamente, mientras extraía el hermoso reloj antiguo de doña Amalia de su propia chaqueta- Te lo dejaste esta mañana en casa, después de tanta alharaca de que nunca lo perderías y ni siquiera te diste cuenta de que no lo tenías hasta ahora, ¿eh?  Yo lo vi sobre la mesita del recibidor cuando fui a recoger los paquetes del centro esta tarde y me lo traje por si te angustiabas por él... Oye, me miras de forma muy rara, mamá.
        Doña Amalia clavaba entonces la vista horrorizada sobre el reloj que Fernando le mostraba. ¡Su reloj! ¡Su precioso reloj!   ¿Entonces...?
        Rápidamente, con las manos temblorosas, abrió entonces su propio bolso y allí estaba: ¡un brillante y pesado reloj plateado de hombre, con sus manecillas brillando refulgentes en medio de la oscuridad de su escondite! ¡El digno botín de un asalto a mano armada!

FIN

 

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