CELOS
(I
parte)
Era
la tarde de un lunes lluvioso cuando Sandra se dejó caer frente a su escritorio con un
dejo de supremo hastío. No amaba aquel trabajo, ni en aquel momento, ni nunca, pero lo
enfrentaba estoicamente cada día con el ánimo puesto en un ahorro significativo que le
sirviera para lanzar su carrera artística. Una carrera que cada día se le antojaba
más y más lejana.
La habitación, estrecha, mal iluminada,
rodeada de estantes viejos saturados de gruesos tomos, poseía una única ventana, de
forma rectangular, que daba a la calle, siempre atiborrada de gente, caminando apurada en
diligencias múltiples, completamente inconsciente de su entorno inmediato. Y dentro,
apiñados de manera casi imposible, seis escritorios diminutos, de madera indefinible,
donde seis jóvenes se afanaban leyendo escritos legales de intrincada redacción,
intentando dilucidar el sentido, si es que lo tenían.
Sandra torcía el gesto cada vez que paseaba su
vista por sus compañeros. Eran todos casi de su misma edad y hasta de su misma
procedencia, cuatro hombres y una mujer, recién salidos de los hornos universitarios,
donde habían cursado la vetusta carrera de Derecho, ingenuamente creyentes de la ley y el
orden. Parecían creerse muy afortunados de ser los asistentes legales de aquel
famoso bufete en el que se hallaban, como si hubiesen abierto una puerta inmensa que
guiaba hacia el prestigio, la fortuna y el éxito. ¡Fortuna!, murmuraba la joven,
pensando que les habían destinado la peor habitación de aquella casa vieja, y que nunca
les dirigían la palabra más de dos veces al día. ¡Fortuna! ¡Pamplinas! ¡Esclavos
ingenuos de vejetes aprovechados!
Suspirando de nuevo con fastidio, apartó un
mechón de su cabello negro y trató de enfocar su mirada sobre el escrito que tenía
delante. Imposible. Sólo el redactor podría saber qué diablos
pretendía. Con un nuevo resoplido, entonces, desvió su mirada castaña hacia la
ventana y miró melancólicamente cómo la lluvia empapaba hasta el último reborde del
vestido de una pobre muchacha sin sombrilla y sin impermeable. ¡Qué pena! De seguro
aquella maldita lluvia repentina la había cogido por sorpresa con un vestido veraniego de
profundo escote y falda liviana. Claro que, siendo tan bonita, aún mojada como estaba, no
se veía mal y bien que había llamado la atención de varios caballeros en la
avenida. Uno de ellos resultó ser más afortunado, pues la joven le sonrió
cálidamente, como si no estuviese tiritando de frío ni empapada hasta los huesos.
De pronto, Sandra frunció el ceño. El
caballero en cuestión la abrazaba amistosamente, demasiado amistosamente quizá, y luego
le sonreía y la cubría con su propio impermeable, con un gesto tan galante como preciso.
En ese momento, reconoció tanto a la joven víctima de la lluvia como a su
salvador. Ella era realmente hermosa, ciertamente, y respondía al nombre de
Valeria. Había sido compañera suya en los primeros cursos de la universidad y era
conocida por su aplastante capacidad para conquistar a cualquier hombre que se le
antojara. Él era Javier, el novio de Sandra, tan guapo y elegante como el que más,
adoración de la joven y difícil conquista. Había sido novio y amante de Valeria
en el pasado y Sandra siempre había dudado seriamente de que la hubiera olvidado.
¡Bueno, pues! ¡Todo parecía indicar que no
la había olvidado en absoluto! ¡Qué atenciones, por favor! ¡Qué cariñoso abrazo,
maldita sea!
Sin darse cuenta, Sandra había retorcido el
documento legal que tenía que revisar y estaba casi a punto de lanzarlo por la ventana
con el afán de golpear al infiel, cuando escuchó la voz pastosa de su jefe, un abogado
viejo, pequeño y muy delgado, que la miraba con duros ojillos brillantes.
-Señorita Cortés- le dijo- ¿Tiene ya a punto la demanda que le di a revisar?
-Lo... lo siento, don Abelardo- contestó Sandra precipitadamente, levantándose con
violencia, mientras escondía el papel en su espalda- No he podido aún llegar a una
conclusión, pero le aseguro que...
-No quiero más retrasos, niña- le dijo don Abelardo en tono ácido- Me voy a mi cita con
el doctor Núñez. Regreso en dos horas. Para entonces, ya sabe.
-Sí, señor, faltaba no más- contestó ella apuradamente, mientras el anciano
desaparecía por la puerta sin dirigirle una segunda mirada a los otros asistentes.
Éstos miraban a la joven con una sonrisa torcida y satisfecha, como si aquella reprimenda
fuese un triunfo. Sandra torció el gesto y se sentó de nuevo frente a su
escritorio. Claro que era un triunfo. Ella jamás era reprendida, mientras que
ellos cometían continuos errores. Ella era la estrella del grupito de asistentes y
éstos la odiaban, de seguro, por ser tan perfecta.
Olvidada por completo de aquellos seres
despreciables, miró por la ventana de nuevo. Alarmada, se dio cuenta de que Javier y
Valeria se alejaban por la calle, debajo del paraguas de él, muy juntos. Era
inaudito. ¿Es que Javier había olvidado que ella trabajaba ahí no más, al otro lado de
esa misma calle? ¿O es que en su aturdimiento por Valeria ni siquiera lo había tomado en
cuenta? ¿Y no le había dicho el muy mentiroso que aquella tarde iría a visitar a su
abuela enferma y que por eso saldría temprano de su trabajo? ¡Abuela enferma! ¡Ja!
¡Buena cosa!
La joven sintió que la cólera hervía dentro
de su cabeza y por un momento sólo tuvo ojos para la pareja que se alejaba calle abajo,
bajo la lluvia.
Dos segundos más, y perdió la compostura. De
un salto, llegó hasta la percha de donde pendía su abrigo y su sombrilla, y ante la
mirada estupefacta y complacida de sus compañeros de trabajo, salió corriendo de la
oficina. ¡Dos horas le había dicho don Abelardo! ¡Dos horas! ¡Tiempo suficiente para
coger al maldito por el cuello y retorcércelo con fiereza!
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