CELOS
(II
parte)
La lluvia golpeó su rostro contraído
apenas puso los pies en la acera, pero no acusó aquel helado recibimiento, tan furiosa
como estaba. Apuradamente, abrió su sombrilla, se acomodó a medias su impermeable
y comenzó a caminar calle abajo, con la vista fija en la pareja que ya se perdía entre
la multitud. Por su mente rodeada de relámpagos y erupciones volcánicas desfilaban
imágenes de tortura, muerte y venganza, a cual más macabra y cruel, cuyo principal
protagonista sería sin duda él, pues ya ni nombre tenía, de tanta cólera que
le inundaba el corazón.
Javier y Valeria cruzaron la siguiente esquina
rápidamente, pero un tumulto de transeúntes con rostros cansados se arremolinó justo
delante de Sandra, la cual se dio cuenta, frustrada, que el semáforo acababa de dar el
pase a los conductores y que ella, como peatona, tendría que esperar su turno.
Minutos preciosos en los que perdería de vista al infiel y a su cómplice. En
medio del aguacero, las lágrimas bañaron su rostro y podía sentir cómo se le encogía
el corazón de puro dolor. Javier ... tanto que lo adoraba... Era perfecto. Era...
maravilloso... Y ahora resultaba que no la quería. No como ella deseaba, al menos.
¡Qué desolados pensamientos pueden cruzar la mente atribulada en algunos minutos de
semáforo en rojo!
Finalmente, el apretado grupo de gente que
aguardaba para cruzar la calle se movió hacia adelante como un sólo ser vivo y la joven
se vio rápidamente del otro lado, otra vez corriendo, esquivando peatones, saltando sobre
alguna basura dejada en la acera, evitando un poste de luz o un basurero público. La
lluvia se volvía por instantes aún más cerrada, más violenta, y ella sabía que su
sombrilla de poco serviría para protegerla de aquel húmedo embate, a menos que la
colocara frente a ella, casi como un antiguo escudo de duras batallas.
¡Craso error! De un certero golpe derribó a
un pobre hombrecillo que salía de uno de los edificios que se erigían a su izquierda, y
con todo su peso fue a dar al suelo con un ruido seco.
-¡Púf!- exclamó Sandra sin mirarlo- ¡Disculpe! ¡Voy en un apuro...!
De un movimiento fuerte con su brazo izquierdo,
puso en pie al pobre hombre y siguió corriendo calle abajo. Otro anciano que
venía detrás del accidentado, se le acercó entonces con un gesto torvo. Era don
Abelardo.
-Esa niña- masculló malhumorado- Lo siento, señor juez. ¡Los jóvenes de hoy en
día...!
El señor juez, que en verdad era un insigne
señor juez, lo miró enojado.
-¡Me lo va a decir a mí!- exclamó- Por fortuna no me caí sobre mi pierna mala,
Abelardo, que si no llamo a la policía. ¡Delincuentes juveniles!
Don Abelardo sonreía comprensivo, mientras se
prometía un castigo ejemplar para aquella niñita indisciplinada. ¡Lástima! ¡Tan buena
que era para el ejercicio del Derecho! ¿Qué se traería entre manos?
La niña en cuestión acababa de vislumbrar a
su novio entrando en uno de los mejores hoteles de la ciudad, en compañía, claro está,
de su excondiscípula, y ardía de rabia más que nunca. Iba ya empapada, pues el
impacto contra el juez le había roto la sombrilla, y el agua se le colaba por el cuello
del impermeable, el cual tenía un lustro de carecer de gorro. Pero a Sandra no le
importaba. Lloraba y mascullaba, mirando entre atónita y dolorida, cómo Javier
trasponía las puertas del hotel, llevando a Valeria del brazo. ¡En un hotel! ¡Y de
cinco estrellas! ¡Esto era el colmo!
En la puerta, sin embargo, no la dejaron
entrar.
-¡Pero si he visto pasar a una mujer tan mojada como yo!- exclamó Sandra, ahora
indignada por la injusticia.
-No tengo idea de qué me habla- le contestó el portero, con su ceño fruncido y su aire
de importancia, enfundado en el elegante (y seco) uniforme del hotel en cuestión- Aquí
no se puede entrar así como está usted, señorita.
-¡Es urgente!- exclamó Sandra, que no podía ya ver por dónde andaba Javier, pues los
vidrios de la puerta estaban oscurecidos por un fino ahumado- ¡Urgentísimo! ¡De vida o
muerte!
-En ese caso, habríamos llamado a una ambulancia- le dijo el portero con una sonrisita de
autosuficiencia que enfureció a la joven aún más de lo que estaba (lo cual parecía
imposible un segundo antes).
Resopló furiosa, dio una patada en el suelo y
miró hacia la puerta. Allí pudo vislumbrar la grácil figura de Valeria, apenas
insinuada en la penumbra del vestíbulo. Entonces sintió que su sangre hervía
acalorada. Vio rojo. Rojo carmesí.
-¿Sabe qué?- le espetó al portero con la mirada acerada y los dientes rechinando- ¡No
me importa! ¡A un lado!
Y ante la sorpresa del hombre, que no se
esperaba un movimiento tan violento en una señorita tan menuda y aparentemente suave,
Sandra lo empujó hacia un lado y traspuso las puertas del hotel, corriendo de nuevo como
si en ello le fuera la vida.
Maldición. Valeria no se veía por
ninguna parte. A sus espaldas podía escuchar el pandemónium que armaba el portero
y casi podía sentir los pasos apurados de los guardias del hotel, que se agrupaban
acelerados para atrapar a la criminal. Profundamente asombrada de lo que hacía, sabiendo
que obraba impulsada por sentimientos nuevos y poderosos, hasta entonces desconocidos en
ella, Sandra avanzó rápidamente por el vestíbulo, sintiendo las miradas atónitas del
personal y de algunos huéspedes que transitaban casualmente por ahí, mientras buscaba el
rastro de su amor perdido.
De pronto, en la puerta que guiaba hacia las
tiendas de ocasión del hotel, vio a Valeria. Se había adentrado en aquel largo
pasillo y tan sólo se veía la sombra de su vestido. Sandra corrió en aquella
dirección, pero fue interceptada por dos guardias.
-¡Ah, no, señorita!- exclamó uno de ellos- ¡Usted no puede estar aquí! Si no se
retira de inmediato voluntariamente, nos veremos obligados a...
La joven jamás creyó que ella llegaría a
aquellos extremos. Pero ver rojo, y rojo carmesí, era nuevo en su vida. Con un
golpe certero propinado con su pie en el tobillo del hombre, lo dejó doblado de dolor
sobre sí mismo y casi al momento, se vio corriendo a través del pasillo, mientras el
otro guardia, momentáneamente sorprendido, emprendía su persecución.
Redobló su velocidad y su ansiedad creció
como la espuma. ¡Tenía que encontrarlos! ¡Tenía que...! ¡Que matarlo!
La tienda de ropa se abría al fondo del
pasillo. Trajes de ocasión, accesorios, zapatos, abrigos y hasta sombreros se
exhibían en su escaparate. Y allí estaba Valeria, riendo alegremente junto a un
hombre de espaldas, que la abrazaba por la cintura. Sandra sabía que era cuestión
de minutos llegar hasta allí
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