CELOS
(III
parte y final)
Justo
cuando abría la puerta de la tienda, sin embargo, sintió una mano pesada y poderosa que
caía sobre su hombro. Y justo en ese momento, de un vistazo, se hizo consciente de dos
hechos preocupantes: uno, que el hombre que estaba en aquel momento con
Valeria, y que se volvió sobresaltado al mismo tiempo que ella, no era Javier. Dos, que
la rodeaba prácticamente todo el personal de seguridad del hotel y que el hombretón de
grueso bigote que acababa de aparecer en la puerta de la tienda era muy posiblemente el
gerente. Al instante siguiente, todo se precipitó. Sandra se vio envuelta en un
pandemónium de exclamaciones de sorpresa, enojo, demandas de respuestas, y amenazas a su
seguridad física, mientras su atribulada cabeza intentaba poner orden en sus ideas, y sus
ojos angustiados trataban de localizar a Javier sin éxito.
-¡Señorita!- exclamaba el gerente, con una voz tan ronca como el bramido de un trueno-
¡Espero que tenga una explicación para este atropello, pues si no tendrá que rendir
cuentas en la comisaría!
-¿Sandra?- preguntaba Valeria, mirándola sorprendida- ¿Sandra Cortés?
-Lo... lo siento tanto- dijo Sandra, sintiendo que los guardias la flanqueaban
ominosamente, prestos a lanzarse sobre ella como perros de cacería- Oh, Valeria, Valeria
Manrique, ¡qué confusión! Yo... yo...
-¿Conoces a esta señorita, Valeria?- preguntó entonces el gerente, con los ojos
relampagueantes, mientras tomaba bruscamente a Sandra de su brazo izquierdo.
-Pues... sí, don Rodrigo- le dijo Valeria apuradamente- Es una vieja compañera mía de
estudios, de hace tiempo. ¡Pero no tengo idea de qué ocurre y por qué está aquí
y... y... todo esto!
Todos se volvieron hacia Sandra. La joven
pensaba angustiosamente, casi con dolor, en las terribles consecuencias de aquel acto suyo
tan inconsciente. Por supuesto, la furia se había desvanecido como espuma y sólo
quedaba una intensa preocupación y vergüenza.
-Dios mío- murmuró- Cuánto lo siento. Perseguía por la calle a una chica que me
había robado el...- y tragó saliva antes de decir la palabra "novio"- el... el
bolso, ¿entienden? ¡Ha sido terrible! Nadie me ayudó, la chica salió huyendo
calle abajo y me pareció verla entrar en el hotel. ¡Ni un policía acudió en mi
auxilio! Me he mojado una barbaridad, he perdido el rastro, he perdido mis documentos y mi
dinero... y ahora la vergüenza. ¡Cuánto, cuánto lo siento! Vale, chica, qué
terrible. ¡Te confundí con una ladrona!
Su expresión era patética. Destilaba gruesas
gotas de sus cabellos, y de su arrugado impermeable, sus zapatos chasqueaban agua y la
desolación se había adueñado de tal manera de su joven rostro, que el gerente terminó
por torcer el gesto y alejar a los guardias. No estaba muy contento con las acciones
violentas de la chica, mas considerando su difícil situación, le dijo que se secara y
que se fuera de inmediato. El guardia que había sufrido el puñetazo aún la miró
con desconfianza, pero no tuvo más remedio que alejarse, y los otros se alejaron
comentando las extravagancias de la gente que era asaltada y de los muchos incidentes
parecidos que ocurrían en la ciudada por aquellos días. Por su parte, Valeria le sonrió
conmiserativamente, luego le consiguió una toalla para que se secara, lo cual haría ella
también, e intentó infundirle ánimos, diciéndole que podría cancelar sus tarjetas con
el banco, recuperar la mayor parte de sus documentos y hasta conseguirse un bolso nuevo.
Allí Sandra supo que la joven trabajaba en aquella tienda. Luego, la misma Valeria le
comentó jocosamente que llevaba el impermeable de Javier, pues ella había perdido el
suyo en el restaurante donde había almorzado.
-Me rescató unas cuadras atrás- le dijo sonriente- Fue muy amable, considerando que
llevaba una prisa endemoniada. Me dejó justo en la entrada del hotel y siguió su
camino como un bólido. Me dijo también que estaba de novio contigo. ¡Mira nomás
y ahora nos encontramos tú y yo! ¡Era el destino! ¿no crees?
Sandra asintió miserablemente, sintiéndose
cada minuto que pasaba más estúpida. Lo peor de todo fue que recibió el encargo
de devolverle el dichoso impermeable al joven.
De vuelta en el bufete, la situación no fue
mejor. Don Abelardo la esperaba justo en la entrada, listo para propinarle la peor
reprimenda de su vida laboral. Lo único con lo que pudo rescatar su situación fue
con la historia del robo y la persecución calle abajo. Las mentiras fueron tan
largas, tan elaboradas y tan complicadas que Sandra se temió mucho que nadie se las
creyera, pero al menos su angustia y su sentimiento de culpa eran reales, y posiblemente
debido a este hecho, nadie puso en tela de duda su relato. Sin embargo, tendría que
quedarse trabajando hasta tarde, si quería conservar el empleo.
-Este era el momento de decirle que el maldito trabajo me vale un rábano podrido-
masculló enojada, de nuevo frente a su escritorio, con el cabello desastrosamente
ondulado y húmedo, los zapatos aún mojados y las miradas burlonas de sus compañeros
sobre su nuca- Ah, pero eres tan cobarde que no te atreves a decirle lo que piensas, es la
verdad- agregó para sí. Una lágrima amenazaba con estropear lo poco que le
quedaba de su dignidad y se la enjugó rápidamente. Podría haber hecho el
ridículo en el hotel y haber perdido el garbo con su jefe, pero no les daría a sus
malintencionados compañeros el placer de verla llorar.
La siguiente hora transcurrió en profunda
desolación para ella. Trabajaba mecánicamente, sin pensar en ello, puestos los
ojos de su mente en el joven atractivo y elegante que le sorbía el seso, y del que no
había sabido nada más después del hotel. Lo había visto saludando a Valeria tan
efusivamente... ¿sería verdad que no tendría nada con ella? ¿No sería Valeria una
zorra astuta que había sabido comprender la situación y había sabido manipularlo todo
para despejarse las vías del engaño? Tal vez Javier la esperaba en alguna
habitación del hotel. Tal vez... la habían visto cuando los perseguía... Tal
vez... Oh, ¿por qué no podía dejar de pensar? ¿Y dónde estaba Javier, en todo caso?
Eran cerca de las 6 de la tarde y ni siquiera la había llamado. No solía tardarse tanto
para comunicarse... ¿Y la historia de su abuela enferma? ¿No había sido una obvia
mentira para encubrir sus movimientos de aquella tarde, cualesquiera que fuesen?
De pronto, en su corazón más que en sus
oídos, pudo sentir los pasos de Javier entrando en la oficina, ahora vacía y silenciosa,
donde sólo ella permanecía con un documento en la mano y los ojos en la ventana.
-Hola, cariño- le dijo el joven, sonriendo tranquilamente, con su bello rostro iluminado
por alguna alegría secreta que hizo a Sandra pegar un respingo y sentir un dolor
repentino- Mira nomás dónde estás. Me dijo doña Marta, la de la recepción, que sólo
quedaban tú y uno de los abogados más viejos del bufete, que estabas
"castigada" y que no saldrías antes de las siete.
-Te dijeron bien- suspiró ella, levantándose para ir a su encuentro, intentando no
pensar en las deprimentes elucubraciones de los últimos sesenta minutos de su vida- Es
una larga historia... ¿Y tú? ¿Cómo estaba tu abuela?
Había mentido tanto aquella tarde y lo había
hecho tan bien, que la pregunta le salió natural, como si sólo eso hubiera tenido en la
cabeza aquel día. Javier no se alteró. Al contrario, le sonrió suavemente y
acarició su mano con cariño.
-Muy bien- le dijo con naturalidad- No tenía nada serio, como me figuré. Fui a verla en
la mañana, justo antes del almuerzo, para tener la tarde disponible para otros asuntos.
¿Quieres saber cuáles? Te advierto que son buenas noticias.
Sandra se sentó frente a él, mirándolo
expectante, mientras de nuevo los pensamientos le daban vueltas en una frenética carrera
insostenible, preguntándose si aquella respuesta inesperada no sería señal de
inocencia. Él, por su parte, sonrió satisfecho y extrajo una carta del bolsillo
interno de su saco, para extendérsela a su novia al instante.
-Léela- le dijo. La joven obedeció, aturdida. Era una invitación expresa de
la dueña de la galería de arte más importante de la ciudad, para que expusiera sus
obras en la próxima feria especial que la galería organizaba anualmente.
-Ja... Javier- susurró asombrada- Esto es... esto es increíble.
Ahora era evidente que Javier no cabía en sí
del orgullo.
-¿Verdad que sí?- exclamó- ¡Lo logré! ¡Te sorprendí! He estado en conversaciones
con esta dama para conseguir un espacio para tus pinturas. No me había prometido nada,
hasta que me citó esta tarde. No te dije sobre la cita, para no ilusionarte. De
hecho pasé temprando por aquí, y me aseguré de que permanecerías en tu puesto mientras
yo hablaba con la dama. He estado en esa galería casi toda la tarde, pero no me iba a ir
hasta conseguir esa invitación y ¡ahí está! ¡La tienes! Ahora, mi vida, sólo depende
de ti.
Sandra se abalanzó sobre él, emocionada y
feliz, olvidada de sus temores, de sus celos y hasta de sus acciones de aquella tarde,
pensando en la oportunidad que su novio le ofrecía, y lo cubrió de besos y abrazos
entregados. Él, por su parte, muy contento con aquellas manifestaciones de cariño,
que recibió encantado, se explayó luego contándole pormenores de su reunión, hasta que
tropezó con su propio impermeable, colgado dignamente del perchero de la esquina, y e
inquirió asombrado cómo lo tenía.
-Ah, sí- dijo Sandra, sobresaltada, preguntándose si tendría que soltarle a Javier la
misma mentira que a todos los demás. Casi enseguida, decidió que era mejor mentir
y con la habilidad del maestro, desgranó sin sonrojarse su historia del robo y su
encuentro casual con Valeria en el hotel.
Javier la escuchó muy atentamente, incluso se
indignó por el grave incidente del que supuestamente había sido víctima. Pero
luego, casi enseguida, le preguntó cómo había recuperado el bolso, que colgaba
tranquilamente de una silla del fondo. Sandra, cogida por sorpresa, se maldijo por
lo bajo, pero al instante respondió (admirándose consigo misma por lo embustera que
resultaba) que todo había sido un terrible error y que el susodicho robo no se había
perpetrado jamás.
-Imagínate la vergüenza que sentí cuando me topé con Vale ahí en el hotel,
habiéndole pegado al pobre guardia de esa manera tan escandalosa- concluyó sonriendo,
sin siquiera sonrojarse, mientras Javier asentía con las cejas arqueadas.
-Qué aventura- comentó éste entonces, con una sonrisa torcida- Sí, me encontré con
Valeria justo al otro lado de la calle, hecha un mar de agua, y casi llorando de pena. Le
ofrecí el impermeable y la llevé hasta el hotel, pensando que así se callaría, pero
nada. Habló y habló hasta que llegamos allá y ni quise que me lo devolviera. ¡Hubiera
perdido mi cita si la dejo que continúe! No sé cuánto la conociste en la universidad,
pero habla hasta por los codos cuando se lo propone- Sandra asintió pensativa,
considerando el largo discurso que la chica le había echado mientras se secaba, pero en
aquel momento, una sonrisa aún más torcida del joven le llamó la atención.
-¿De qué te sonríes, amor?- le preguntó.
-De nada importante- le dijo Javier encogiéndose de hombros- Pensaba ahorita mismo que
tengo una suerte enorme de que no seas como Carla, la novia de Fernando, mi colega.
Sandra frunció el ceño, sin comprender.
-¿A qué te refieres?- le preguntó- La vez que hablé con ella me pareció muy
agradable.
-Lo es- afirmó Javier asintiendo- ¡Pero es tan terriblemente celosa que el pobre
Fernando no puede ni respirar! Justo anteayer, se encontró con una exnovia en un
restaurante del centro. Íbamos los dos para un almuerzo de negocios y yo me
adelanté un poco para confirmar la reservación mientras él intercambiaba un breve
saludo con la chica. Te juro que ni la vio dos veces. No le importaba en absoluto.
La desgracia hizo que Carla estuviera precisamente ahí almorzando con un par de amigas y
lo viera. ¡No te imaginas la escena que le armó en medio restaurante! ¡Fue terrible!
Fernando no sabía qué hacer, la otra chica huyó asustada y Carla bramaba de furia,
amor. ¡Era irreconocible! ¡Por un saludo sin importancia! Pensaba eso porque
si tú hubieras sido como ella y me hubieras visto hoy con la tonta de Vale hecha un lío
con el aguacero, y tratando de que yo le prestara mi impermeable y hasta el saco si
hubiera podido, me habrías levantado un polvorín y yo me hubiera muerto de la
vergüenza. Fernando siempre me dice que soy afortunado. Que tú eres un dulce
y que confías tanto en mí que hasta que da gusto ser novio tuyo. Yo le agradezco
sus palabras, las cuales son ciertas, por supuesto, pero siempre le recomiendo que no las
diga enfrente de Carla. ¡No quisiera que viniera hecha una energúmena y te causara
algún daño!
-Ni por asomo- murmuró Sandra, impresionada, sintiéndose miserable.
-Claro que después de lo que me contaste- le dijo Javier en tono triunfal- no temo por
ti. Eres audaz, mi vida. ¡Qué manera de perseguir a una ladrona! ¡Y qué
afortunado fue ella que no la alcanzaras! Te felicito.
-Gracias- susurró la joven, sonrojándose, pensando en la "ladrona" y en el
objeto "robado".
-Los celos son una emoción terrible- añadió entonces Javier en tono grave y solemne-
Pueden arruinarle la vida a una persona. Me alegro mucho, mucho, que ni tú ni yo
padezcamos de tan terriblemente enfermedad.
-Tienes toda la razón- afirmó Sandra, aclarándose la garganta y sonriendo con
pretendida confianza. Si iba a haber secretos entre ella y Javier, aquella tarde sería
definitivamente, uno de ellos.
FIN
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